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Innovación, el presente del futuro

Enrique Avogadro
Subsecretario de Economía Creativa de la Ciudad de Buenos Aires.

También al frente del Centro Metropolitano de Diseño (CMD).

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Vie, 28-11-2014

Estamos asistiendo en primera persona a una de las revoluciones más significativas de la historia de la humanidad, única no sólo por su impacto, sino por su capacidad de reinventarse todo el tiempo y de generar cambios que ocurren a un ritmo cada vez más rápido. Podríamos hablar de cientos de pequeñas revoluciones diarias, pero lo cierto es que el foco ya no esta puesto sólo en lo digital, sino en la innovación en general.

Es importante detenernos, en este punto, a pensar unos minutos en qué estamos diciendo cuando hablamos de innovación, porque no nos referimos a proyectos científicos épicos que cambian todo para siempre, ni a los grandes avances tecnológicos, informáticos o espaciales en los que trabajan las mentes más adelantadas del planeta; al contrario, nos referimos a una característica que es trasversal a todos los aspectos de la vida cotidiana de las personas, los gobiernos, las empresas y los países: la capacidad de implementar cambios y buscar nuevas formas de hacer las cosas, ajustando el rumbo cada vez que sea necesario.

Como hicieron Corea del Sur e Israel, por ejemplo, que en menos de 20 años lograron superar contextos económicos desfavorables apostando a la innovación y hoy, a pesar de ser referentes globales a la hora de hablar del impacto y potencial de la economía del conocimiento, siguen invirtiendo tiempo, dinero y recursos en desarrollar un marco innovador en el que puedan potenciarse al máximo los proyectos, los emprendimientos y las ciudades de cara a un futuro que ya está aquí y nos exige estar permanentemente actualizados.  

Hace apenas algunas semanas, sin ir más lejos, la presidenta de Corea del Sur,  Park Geun-hye, reforzó la necesidad de apuntalar el desarrollo creativo del país con el objetivo de generar mayores puestos de trabajo de alto valor agregado y revitalizar la economía local, transformando las buenas ideas en negocios sólidos a través de la ciencia, la tecnología y las tecnologías de la información. Al mismo tiempo, su ministro de finanzas anunció la implementación de un fondo dedicado a financiar proyectos de investigación y desarrollo, en paralelo a la intención del gobierno de transformar Pangyo Techno Valley, un complejo industrial local, en un Silicon Valley coreano.

La de apostar a la innovación  y la economía del conocimiento como motores del cambio es una decisión que están tomando cada vez más países, y esto no es ninguna casualidad. Más allá del impacto económico evidente que trae aparejada –originalmente un país agricultor, Israel logró pasar de 305 startups en 1985 a  3850 en 2010, con más empresas en NASDAQ que cualquier país fuera de EE.UU., reactivando la economía y generando puestos de trabajo-, esta decisión tiene mucho que ver también con mejorar la calidad de vida de las personas. Y especialmente la calidad de vida en las ciudades, donde hoy vive el 54% de la población mundial, un número que seguirá creciendo cada vez más: según un informe de las Naciones Unidas publicado este año, para el 2050 dos de cada tres personas vivirán en un entorno urbano.  

La pregunta, a esta altura, resulta evidente: ¿Serán capaces las ciudades de absorber este boom demográfico de la mejor manera posible? La clave está en anticiparse y pensar soluciones innovadoras que sean capaces de asegurar que todas las personas puedan acceder a una buena calidad de vida. Esto es posible a través de muchas formas; aunque tal vez las más significativas hoy en día sean aquellas que se engloban bajo el fenómeno de las así llamadas “ciudades inteligentes”; urbes en las que la tecnología se pone al servicio de los ciudadanos para resolver o volver más eficientes cuestiones relacionadas con el día a día de una ciudad: transporte, sustentabilidad, agilidad a la hora de realizar un trámite, educación, energía, comunicación, conectividad y gobernanza son algunos de los aspectos más importantes que se pueden intervenir y mejorar a través de la incorporación de prácticas innovadoras.   

Es difícil imaginar un espacio en el que la innovación puesta al servicio de lo social no pueda hacer una diferencia; las posibilidades son infinitas y, en muchos sentidos, el camino recién empieza. Eso es una buena noticia para nosotros porque quiere decir que tenemos todas a nuestro favor. En Argentina contamos con talento emprendedor, flexibilidad innovadora a prueba a crisis y una impresionante cantidad de profesionales que inician negocios de alto valor agregado y los llevan adelante contra viento y marea. Hoy tenemos la única empresa de la región que cotiza en NASDAQ, y a nadie le caben dudas de que podemos tener muchas más.

Este año, dos representantes nacionales viajaron a estudiar la universidad más innovadora del mundo, Singularity University, y volvieron con proyectos que tienen un potencial increíble para impactar positivamente en la vida de miles de personas. Uno de ellos, además, resultó elegido el mejor proyecto de toda la cursada y se convirtió en  el primer argentino en recibir semejante distinción. El talento y la capacidad de nuestros emprendedores, junto con la calidad de nuestras industrias creativas y culturales son nuestra marca registrada en la región y el resto del mundo y son, además, las herramientas más poderosas con las que contamos a la hora de encarar el cambio que queremos ver.  

El desafío es animarse a cambiar y proponerse constantemente a pensar nuevas formas de hacer mejor las cosas, porque aunque los problemas se multipliquen, también lo hacen las soluciones. La clave está en tener los ojos y la cabeza abiertos para saber cuándo y dónde ajustar el rumbo, aunque sea sobre la marcha. Y si es sobre la marcha, mucho mejor.

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