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Entre todos podemos cambiar el mundo

Enrique Avogadro
Subsecretario de Economía Creativa de la Ciudad de Buenos Aires.

También al frente del Centro Metropolitano de Diseño (CMD).

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Sáb, 09-05-2015

El retorno a lo colaborativo es sin dudas uno de los fenómenos sociales más interesantes que ha dado el siglo XXI gracias al poder de internet. La hiperconectividad posibilitó el acercamiento entre las personas de todo el planeta y cambió por completo nuestra manera de vivir.

Se trata de un retorno porque la colaboración entre unos y otros es una forma social ancestral. Sabemos que los pueblos originarios viven en comunidades y trabajan juntos en pos del bienestar común; precisamente ese es el pilar de su ideología, que afortunadamente en muchos casos ha sobrevivido al día de hoy, reflejándose tanto en su filosofía como en sus métodos de producción: el trabajo de la tierra en forma grupal y la división de las tareas según sus conocimientos y habilidades.

Según la escritora norteamericana Rachel Botsman, autora del libro “ Lo mío es tuyo: cómo el consumo colaborativo está cambiando la forma en la que vivimos”, en los últimos años hemos visto cómo términos como “reparar”, “reutilizar”, “reciclar” o “redistribuir” se han vuelto tendencia. Y creo que es muy bueno que eso suceda, porque significa que desde las sociedades contemporáneas y urbanas estamos empezando a repensar nuestro vínculo con las cosas, acercándonos a ellas de un modo más sustentable; y estamos también rehumanizando nuestra manera de consumir.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de consumo colaborativo? Hablamos lisa y llanamente de un modo de compartir e intercambiar bienes y servicios a través de plataformas digitales. Una versión aggiornada del viejo trueque, donde las personas se intercambiaban bienes y servicios en un mercado: ahora sucede lo mismo pero a través de la web.

Existen muchísimos sitios online que posibilitan este tipo de consumo, como el portal de alojamiento más grande del mundo, AirBNB, la siempre útil enciclopedia virtual, Wikipedia, el mercado más visitado de los últimos tiempos, Mercado Libre, el portal de videos y música más multifacético de todos, You Tube o  la agencia de consulta para viajeros, TripAdvisor, son solo algunos pocos ejemplos que funcionan sin intermediarios de ningún tipo, con la reputación como moneda de cambio y la confianza como única garantía.

Y todo indica que esta nueva forma se hará cada vez más extensiva hacia ámbitos muy diversos, como el del trabajo, donde cada vez es más usual compartir el espacio, acá conocido como espacios de “coworking”.  Así desde emprendedores y trabajadores independientes en general, hasta abogados y diseñadores, buscan compartir un mismo lugar de trabajo, para ahorrar costos en primer lugar, pero también para aumentar sus niveles de concentración y productividad, amen del ahorro energético que supone.

Dicho sea de paso, hace tan solo algunas semanas, Nesta, la fundación

Británica para la innovación, publicó un informe que indica que en el Reino Unido los lugares donde las personas pueden unirse para compartir recursos, construir o hacer cosas, más conocidos como los “makerspaces”, creció 10 veces en los últimos 5 años, pasando de los escasos 9 que sumaban en 2010  a los 97 que tienen hoy; asegura que el fenómeno es global, y por eso casi todas las ciudades cuentan con al menos uno. Como ejemplo en Buenos Aires tenemos el CMD Lab, un laboratorio de fabricación digital, que es público y abierto, es decir que cualquiera puede acercarse para conocer y aprender a manipular herramientas high tech que no suelen estar al alcance de la mano, como por ejemplo una impresora 3d.

Según este informe socializar, aprender y hacer, son los tres grandes motivos por los que las personas deciden reunirse en estos espacios de creación donde sus integrantes comparten el trabajo y multiplican el esfuerzo, con la premisa de que la unión hace la fuerza, o la comunidad puede más que el individuo. No se trata entonces solo de un cambio en el consumo, sino también en la producción; en síntesis, de la economía.

Y lo cierto es que el de la economía colaborativa es un modelo contrarrevolucionario que crece en el mundo a pasos agigantados, un tipo de consumo que - según el último cálculo del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) - parece ser capaz de mover hasta 110.000 millones de dólares al año, y hoy estima el valor de los intercambios en 26.000 dólares.

Cifras contundentes que impactan y nos interpelan sobre nuestros cambios de hábito y costumbres. Que destaca que una forma más democrática de relacionarnos no sólo es posible sino que es celebrada cada vez que se manifiesta. 

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