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Discriminación natural

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Vie, 08-03-2013

En un mercado de trabajo libre y sin prejuicios, las personas serían contratadas y pagadas de acuerdo con la concordancia entre sus características y las exigencias del trabajo. Cualquier trabajo requiere una mezcla de talentos cognitivos (como habilidad matemática o lingüística), rasgos de personalidad (como la toma de riesgos o la cooperación), y tolerancia a sus demandas de estilo de vida (horarios rígidos, relocalizaciones, actualización de habilidades). Y ofrece una mezcla de recompensas personales:  personas, gadgets, ideas, actividades al aire libre, orgullo. El salario está influido, entre otras cosas, por la oferta y la demanda: ¿cuántas personas desean el trabajo?, ¿cuántos pueden hacerlo?, y ¿cuántos puede el empleador pagar para hacerlo?. Puestos que se llenan de postulantes se dan el lujo de pagar menos, puestos difíciles de cubrir pagan más.

La gente varía en los rasgos que son relevantes para un empleo. La mayoría de la gente puede pensar de manera lógica, trabajar con otra gente, tolerar conflictos o alrededores desagradables, y así sucesivamente, pero no en un grado idéntico. Cada persona tiene un perfil único de fortalezas y gustos.

Ahora bien, teniendo en cuenta toda la evidencia de las diferencias entre los sexos (algunas biológicas, otras culturales, algunas ambas), es improbable que las distribuciones estadísticas de fortalezas y gustos en hombres y mujeres sean idénticas. Si se comparan estas distribuciones con la distribución de las exigencias de los puestos de trabajo en una economía, la probabilidad de que la proporción de hombres y de mujeres en cada profesión sea idéntica, o que el salario medio de los hombres y de las mujeres sea idéntico, está muy cerca de cero - incluso si no hay obstáculos ni discriminación.

Nada de esto implica que las mujeres tengan que salir en desventaja. Depende del menú de oportunidades que una sociedad hace disponibles. Si hay más puestos de trabajo bien remunerados que requieren típicas fortalezas masculinas, (por ejemplo, una mayor disposición a ponerse en peligro físico, o un mayor interés en máquinas) puede irles mejor a los hombres en promedio. Si en cambio hay más puestos que necesiten típicas virtudes femeninas (por ejemplo, mayor habilidad lingüística, o un mayor interés en la gente), puede irles mejor a las mujeres en promedio. En cualquier caso, se encontrarán miembros de ambos sexos en ambos tipos de trabajo, sólo que en diferentes números.

Es por eso que algunas profesiones relativamente prestigiosas están dominadas por mujeres. Un ejemplo es mi propio campo, el estudio del desarrollo del lenguaje en los niños, en el que las mujeres superan a los hombres por un amplio margen. En su libro "El primer sexo: los talentos naturales de las mujeres y cómo están cambiando el mundo", la antropóloga Helen Fisher especula que la cultura de negocios en nuestra economía globalizada e impulsada por el conocimiento pronto favorecerá a las mujeres. Las mujeres son más articuladas y cooperativas, no se obsesionan con rango, y son más capaces de negociar situaciones win-win. Los lugares de trabajo del nuevo siglo, predice, exigirán cada vez más estos talentos, y las mujeres pueden superar a los hombres en status e ingresos.

En el mundo actual, por supuesto, la diferencia favorece a los hombres. Parte de la diferencia se debe a la discriminación. Los empleadores pueden subestimar las habilidades de las mujeres, o suponer que un lugar de trabajo con sólo hombres es más eficiente, o preocuparse por que sus empleados hombres se resistan a tener supervisoras mujeres, o temer resistencia de clientes prejuiciosos.

Pero la evidencia sugiere que no todas las diferencias en el resultado profesional de los dos sexos son causadas por estas barreras. Es poco probable, por ejemplo, que entre los académicos, los matemáticos estén extraordinariamente sesgados en contra de las mujeres, los psicolingüistas del desarrollo extraordinariamente sesgados en contra de los hombres, y los psicólogos evolutivos inusualmente libres de sesgo.

En algunas profesiones, las diferencias de habilidad pueden jugar algún papel. El hecho de que más hombres que mujeres tengan habilidades excepcionales para el razonamiento matemático y para manipular mentalmente objetos en 3D puede explicar un ratio hombre-mujer distinto de 50-50 entre ingenieros, físicos, químicos orgánicos y profesores de algunas ramas de las matemáticas (aunque por supuesto eso no quiere decir que la proporción de mujeres deben estar para nada cerca de cero).

Para la mayoría de las profesiones, las diferencias promedio en capacidades son irrelevantes, pero las diferencias promedio en las preferencias pueden poner a los sexos en diferentes caminos. El ejemplo más dramático proviene de un análisis realizado por David Lubinski y Camilla Benbow de alumnos de séptimo grado precoces en matemática, seleccionados en una búsqueda de talentos nacional. Los adolescentes nacieron durante la segunda ola de feminismo, fueron alentados por sus padres para desarrollar sus talentos (todos fueron enviados a programas de verano en matemáticas y ciencias), y estaban plenamente conscientes de su capacidad de destacarse. Pero las chicas superdotadas le dijeron a los investigadores que estaban más interesadas en la gente, en "valores sociales" y en metas humanitarias y altruistas, mientras que los chicos superdotados dijeron que estaban más interesados en cosas, "valores teóricos", e investigaciones intelectuales abstractas. En la universidad, las chicas eligieron una amplia gama de cursos en humanidades, artes y ciencias, mientras que los chicos fueron geeks que se apegaron a las matemáticas y a la ciencia. Y, por supuesto, menos del 1 % de las chicas siguieron doctorados en matemáticas, ciencias físicas o ingeniería, comparado con el 8% de los chicos. Las chicas estudiaron medicina, derecho, humanidades y biología.

Esta asimetría es re grande en encuestas masivas de valores relacionados con el trabajo y las opciones de carrera, otro tipo de estudio en el que los hombres y las mujeres expresan qué realmente quieren en lugar de que los activistas hablen por ellos. En promedio, la autoestima de los hombres está más ligada a su condición, su salario y su riqueza, como también lo está su atractivo como pareja, como se revela en el estudio de lo que la gente busca en el sexo opuesto. No es sorprendente que los hombres digan que están más dispuestos a trabajar más horas y sacrificar otras partes de sus vidas: vivir en una ciudad menos atractiva, o dejar a amigos y familiares cuando aceptan un pase para subir la escalera corporativa o lograr celebridad en sus campos. Los hombres, en promedio, están más dispuestos a someterse a la incomodidad física y al peligro, y por lo tanto tienen más probabilidades de encontrarse en puestos de trabajo sucios pero relativamente lucrativos como reparando equipos de fábricas, trabajando en plataformas petroleras, y martillando la parte interior de tanques de petróleo. Las mujeres, en promedio, son más propensas a elegir trabajos administrativos de apoyo que ofrecen salarios más bajos en oficinas con aire acondicionado. Los hombres son mayores tomadores de riesgo, y esto se refleja en sus carreras, incluso dadas las mismas calificaciones. Los hombres prefieren trabajar para corporaciones, las mujeres para agencias gubernamentales y organizaciones sin fines de lucro. Los médicos varones son más propensos a ser médicos generales a sueldo en hospitales y clínicas. Los hombres son más propensos a ser gerentes en fábricas, las mujeres más propensas a ser gerentes de recursos humanos o de comunicaciones corporativas.

Las madres son más apegadas a sus hijos, en promedio, que los padres. Eso es cierto en las sociedades de todo el mundo y, probablemente ha sido así para nuestros ancestros desde que los primeros mamíferos evolucionaron hace unos doscientos millones de años. Como Susan Estrich dice, "esperar que se rompa la conexión entre sexo y crianza de hijos es esperar a Godot". Esto no quiere decir que las mujeres, en ninguna sociedad, se desinteresen por el trabajo; entre los cazadores-recolectores, las mujeres realizan la mayor parte de la recolección y algo de la caza, sobre todo cuando se trata de redes en lugar de piedras y lanzas. Tampoco significa que los hombres, en ninguna sociedad, sean indiferentes a sus hijos; la inversión masculina en la crianza de los hijos es una característica conspicua y zoológicamente inusual del "homo sapiens". Pero sí significa que el trade-off biológico omnipresente entre criar a los hijos y trabajar para mantenerse sano (en última instancia para engendrar o invertir en otros hijos) puede tener distintos puntos de equilibrio en hombres y mujeres. No sólo son las mujeres el sexo que amamanta, sino que están más atentas al bienestar de sus bebés y, en encuestas, otorgan un valor más alto a pasar tiempo con sus hijos.

Así que incluso si los dos sexos valoran trabajar y valoran a los hijos, ponderaciones diferentes pueden llevar a las mujeres, con mayor frecuencia que a los hombres, a tomar decisiones de carrera que les permitan pasar más tiempo con sus hijos - horario reducido o flexible, menos traslados, habilidades que no se vuelvan obsoletas tan rápidamente – por menores salarios o menos prestigio. Como señala la economista Jennifer Roback: "Dado que observamos que la gente sacrifica ingresos pecuniarios por otras cosas agradables, no podemos inferir casi nada comparando los ingresos pecuniarios de una persona con otra persona". El economista Gary Becker ha demostrado que el matrimonio puede magnificar los efectos de las diferencias entre los sexos, incluso si son pequeñas para empezar, por lo que los economistas llaman la ley de ventaja comparativa. Las parejas en las que el marido puede ganar un poco más que la mujer, y la mujer es un poco mejor padre que el marido, pueden llegar a decidir racionalmente que ambos estarán en mejor situación si ella trabaja menos que él.

Repito: nada de esto significa que la discriminación haya desaparecido, o que esté justificada cuando se produce. El punto es que las brechas de género en sí mismas no dicen nada sobre la discriminación a menos que las mentes de los hombres y de las mujeres estén en blanco, y no lo están.


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