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En 1985, DC Comics se encontró ante tal desmadre en sus publicaciones que decidió arrancar de tajo todo lo que sobraba y comenzar de cero, respetando algunos elementos inamovibles de su mitología. La intención era eliminar personajes repetidos o con pasados confusos, continuidades difusas, universos paralelos. Así nació Crisis en las tierras infinitas —hay que reconocer que el nombre es pegajoso—, el primer gran crossover superheróico en la historia de los comics: un evento de presuntas magnas consecuencias en el que todos, o una gran parte de los héroes de las compañías, se ven involucrados —y afectados. Las películas de superhéroes mainstream tienen varios elementos que restringen a sus creadores. El más claro es el hecho de que están basadas en personajes muy populares, lo que implica luchar contra una imagen preconcebida que de ellos existe en el gran público. El segundo es la necesidad de superar el presupuesto con el que se filmó. Pero el más grande obstáculo para realizar una buena película de superhéroes es el sistema de producción de películas de superhéroes. “¿Hay demasiadas películas de superhéroes?”, preguntaron hace poco en Criticwire Survey. Los más simplones contestaron que sí, basados en el cansancio que sienten de ver tantas cintas con seres superheróicos. Los más inteligentes, sin embargo —los más disciplinados, intuye uno también—, fueron más allá: Richard Brody, de The New Yorker, afirmó: “Una mala película de superhéores no es peor que una mala adaptación de una aclamada novela o que un mal drama político”.

El cine no debería ser una línea de montaje en cadena porque no se puede manufacturar una película como el que ensambla un coche. Esto no significa que no se haga y que —muchas veces— les salga un Frankenstein que anda y balbucea, pero el límite lo marca la paciencia del espectador. Las sagas de películas antológicas revelan el modus operandi que rige hoy los grandes estudios cinematográficos, donde la idea de la nostalgia (que no la nostalgia) sirve de gancho. Lo que para el espectador de los setenta o los ochenta era un ancla que te llevaba al cine una y otra vez es ahora un cebo: picas una vez, y otra, y otra. Hasta que un día te cansas y rompes el hábito ¿Por qué Los Goonies 2 no parece una buena idea? Simplemente, porque los Goonies, los de verdad, eran hijos de una época, de un contexto, de La isla del tesoro, de la pandilla, de las bicis montaña abajo. Son parte de un tiempo donde aburrirse era obligatorio y esos momentos de mirada perdida constituían una parte imprescindible de la vida: todos los que nos aburrimos íbamos al cine con el entusiasmo de un niño, incluso ahora, que tenemos treinta o cuarenta, seguimos atrapados en el truco de magia. Tratar de obligarnos a tragar con esta epidemia de remakes, reboots, secuelas y precuelas, es asesinar definitivamente la parte que nos queda de creyentes, de devotos de esa manera de entender el cine. Lo que Hollywood nunca ha entendido es que la autenticidad siempre ha sido y siempre será un factor al alza en el mundo del arte y que ni siquiera ellos pueden enterrar eso, por muy luminosas que sean las marquesinas, invasivos los banners y espectaculares los anuncios.

Lo primero que me llamó la atención es que el tipo de cambio oficial, dispuesto por el gobierno, es un robo para nosotros los mexicanos. Me di cuenta de eso en el aeropuerto al pagar en dólares el taxi que nos llevó a la ciudad desde el distante aeropuerto que está al sur. Lo mejor fue que el taxista venía escuchando una estación de rock, y no la Ke Buena, a la que nos tienen acostumbrados los taxistas mexicanos, siempre tan pintorescos. Una cosa me llamó la atención, todo lo que he visto de Buenos Aires, desde las zonas que mis amigos llaman peligrosas, hasta las zonas comerciales y de clase media, todo, estaba cubierto de grafitti (y no del que es arte, aunque de este hay muy buenos ejemplos). La zona de Palermo, tan cacareada, estaba llena de grafittis y de negocios cerrados. La casera, y la trabajadora de la arrendadora, dos matronas argentinas, dulces y amables, se encargaron de meterme toda clase de miedos: que no lleve el pasaporte, que saque fotocopia y la lleve conmigo, que no ande de noche, que era bueno que yo pareciera argentino, porque así no me iba a pasar nada, etcétera. No hubo tiempo de hacer muchas cosas el primer día. De regreso me senté en un restaurante donde comí una de las mejores pizzas que he probado en mi vida, muy al estilo argentino, totalmente diferente.

El protagonista de la novela Esperanza: una tragedia está obsesionado con encontrar las últimas palabras perfectas y por eso acumula en sus libretas apuntes con sus mejores ocurrencias. Le obsesiona tener algo con lo que aprovechar su último aliento en el momento en el que alguien se presente en su casa con una guadaña y ciertas prisas. El hombre repasa mentalmente algunas de las citas finales más repetidas de personajes ilustres y llega a simpáticas conclusiones, como el deducir que probablemente a la hora de palmarla el ser humano se va a encontrar más ocupado intentando asimilar la ridícula causa de su muerte que buscando la frase adecuada con la que descolgar el telón. En el fondo, y aunque no existen estadísticas oficiales, la razón lleva a determinar que en el top ten de palabras pronunciadas segundos antes de morir nos encontraríamos, por encima de las despedidas lacrimógenas y las románticas declaraciones de cariño, con varios «Aaaaaaaaah», algún «Oh», y una abultada colección de tacos. Pero frente a la oratoria pop en el lecho de muerte la historia se enorgullece en presentar a una serie de personalidades que tuvieron la decencia de demostrar que un epílogo en ocasiones bien merece un texto para enmarcar. Una feliz selección a continuación.

María Negroni Directora de la Maestría en Escritura Creativa. Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Aprender a escribir consiste en desaprender, dejar de lado clichés, hábitos y pensamientos que el lenguaje acarrea. Se puede enseñar a oír lo que el lenguaje cancela, suplanta, tergiversa o simplemente, no dice. También se puede mostrar que la única forma de escapar de las convenciones del lenguaje es a través del lenguaje mismo.

Pablo Plotkin Periodista. Escritor.

En la sección deportiva vi mi cara impresa a tres columnas. Era una hermosa foto blanco y negro que me habían sacado un año atrás, una mañana fría entre los escombros de la tribuna del Club Atlético Manhattan Sur. La nota se titulaba: En busca del trovador barrabrava.

El mundo que retrata Game of Thrones es no solo aterrador. Es repugnante. En el universo de Game of Thrones la justicia no existe. Corrijo: la justicia sí existe, pero solo entendida como venganza. El mundo de George R. R. Martin es desalmado, pero es algo peor: es bárbaro y tan premoderno que, me parece, desafía incluso el lado más oscuro de nuestra Edad Media, la que realmente existió y la que, claramente, inspira a Martin. El de Game of Thrones es un mundo donde el fuerte arrebata y el débil sufre sin ninguna posibilidad de retribución o justicia más que la venganza ejercida en los mismos términos violentos. Es la Ley del Talión hecha universo. La serie, por ejemplo, es tremendamente sexista. En Game of Thrones las mujeres son prostitutas, indefensas o ingenuas. El sexismo es solo una de las variables que me parecen horrendas del universo de Game of Thrones. La afinidad por la tortura es otra, sin duda. Si el lector conoce la serie, piense en Theon Greyjoy y sabrá a qué me refiero. Nadie, ni siquiera los niños, se salva. ¿Qué explica la oscuridad de la serie? La verdad es simple: desde el principio, la intención de Martin fue crear un universo desolado.

Luciano Zampa Conduce Mundo Paralelo en FM Blue de lunes a viernes de 10 a 13.

 

 

 

Es increíble que cada letra de Cerati tenga relación con algún momento de la vida de hoy o de ayer, no importa el día exacto ni la hora puntual. No todos los sonidos ni todos los artistas generan eso, al menos a mí. Y tal vez esa es la clave que nos atrapa con un tempo en particular para convertirse en nuestro mundo interior más bello.

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