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Julio había llegado a Costa Rica invitado a dar unas conferencias en el Teatro Nacional. Desde la finca Las Brisas, donde vivía Coronel Urtecho, cercana al río San Juan, se llegaba en bote hasta el puerto de San Carlos, y de acuerdo al santo y seña acordado entre la familia Coronel y los guardias del puesto nicaragüense, se hacía un giro con el bote y así se podía seguir hacia el Gran Lago sin necesidad de bajar en el muelle para los trámites de migración. Julio entró a Nicaragua sin que la dictadura de Somoza se enterara. Con alguna frecuencia yo iba a Las Brisas en un viejo bimotor DC-3 de tiempos de la segunda guerra mundial. En ese mismo avión antediluviano viajaba una vez a San José un ofidiólogo con dos jaulas portátiles donde dormían unas mortíferas serpientes barba amarilla, destinadas a ser ordeñadas de sus glándulas para sacarles el veneno y obtener suero antiofídico, y en pleno vuelo una de ellas despertó y logró salir de la jaula para aparecer en el respaldo del asiento de una pasajera, y la mujer se levantó dando un grito, corrió hacia la cabina del piloto, los demás pasajeros corrieron con ella en desconcierto, la culebra asustada los siguió, en tanto el técnico trataba de cazar a la culebra con una vara hasta que logró paralizarla por la cabeza; la risa de Julio ante esa historia era de nunca parar.

Aseguran que Truman Capote vivió más del pasado y de la promesa de futuro que del presente que vivía. Yo creo que siempre fue aquel niño nacido hace 90 años en Nueva Orleans, el 30 de septiembre de 1924, que jugaba solo mientras anhelaba que alguien apareciera para invitarlo a jugar: él a ellos o ellos a él. Sus piezas no inauguraron la unión de periodismo y literatura, pero sin duda creó un estilo y señaló vías por donde los periodistas podían entrar sin miedo. Enseñó, y ese es tal vez su principal legado, e invitó a mirar por un prisma la realidad, a perder el miedo a la hora de concebir una historia y de escribirla. Lo que fue y quiso ser como autor el propio Capote lo contó en el prefacio de Música para camaleones, en uno de cuyos pasajes dice: "Creo que la mayoría de escritores, incluso los mejores, son recargados. Yo prefiero escribir menos. Sencillo, claramente, como un arroyo del campo". Mentado por todos, escritores y periodistas, Truman Capote fue precoz en la creación literaria, fue despiadado,ingenioso, cruel, vanidoso, tierno, astuto, eficaz, orgulloso, audaz, talentoso... Vivió la orfandad del creador. Siempre es un placer leerlo.

Sebastián Bonaudo Periodista que escribe y produce televisión

Los hijos de Robin Williams damos por terminada una era. Su muerte es la del Peter Pan adulto de Hook, una rosca melancólica que también nos obligará a madurar. Aceptemos esta muerte y que nadie se vaya más de gira en los discursos, simplemente quedan personajes lindísimos de películas que vale la pena mirar.

Se llama clinofilia y es “un término utilizado en medicina para designar la tendencia de un paciente a permanecer tumbado sin que exista una enfermedad orgánica que lo justifique”. Exacto: permanecer tumbado sin ninguna enfermedad que lo justifique, es decir, sin excusas. La clinofilia es propia de pacientes depresivos y esquizofrénicos, pero también de escritores. Los clinofílicos son muchos y muy variados. Por ejemplo, Clarice Lispector parece invertir el orden: no disfrutaba de la cama mientras escribía, sino que fue la lectura de El lobo estepario quien le provocó una fiebre, y esa fiebre, la escritura, y en la cama, por supuesto, ya que estaba enferma. No sabría decir si para la escritura necesitan la cama, o ya desde la cama necesitan la escritura. En cualquier caso, es una situación ideal de espera y recibimiento, y la literatura también tiene algo de eso. Proust, Pascal, Descartes, Soseki, Onetti, Aleixandre, Wilde, Twain, Unamuno y Valle-Inclán (que recibían a los amigos en la cama), Simic… Catherine Millot. Todos necesitaban de la cama, con nombre para esa necesidad que sentían o no, por un motivo superior: por comodidad algunos, de acuerdo, pero también por alejarse de las obligaciones sociales, para poder dedicarse a ellos mismos.

Pablo Ottonello Escritor y realizador visual

Un director de cine (Rafael Ferro) viaja al litoral con una actriz (Pilar Gamboa) para investigar el mito de una mujer especial, una erudita recluida en el campo de la que se saben algunas historias y se inventaron otras. Entonces, ¿qué es Fauna?, ¿quién es Fauna?

Me sorprendió enterarme de que las escenas en Game of Thrones donde los personajes hablan en idiomas inventados no son producto de improvisación sino de (cierto) estudio filológico. ¿Pueden creer que haya alguien encargado de escribir tal calibre de galimatías? Me sorprendió porque esos momentos son sin duda lo peor de la serie. La memorización fonética resulta en diálogos hablados con la fluidez del engrudo, mientras vemos a los actores esforzarse como en un examen de primaria para recordar qué palabra va después de Torgo Nudo. En sus últimas películas Peter Jackson lleva ese recurso al ridículo. Cada vez que hablan en elfo durante The Desolation of Smaug debo contener el impulso de comprar un boleto a Nueva Zelanda y agarrar a palos a Peter Jackson. ¿De veras alguien se ofendería si los elfos conversaran en inglés? Al menos J. R. R. Tolkien, eminente filólogo, se dio a la tarea de perfeccionar su “idioma” a través de los años. El Dothraki no suena mucho mejor.. Lo peor de esta tendencia es que los creadores de estos mundos fantásticos parecen orgullosos de sus pavadas.

Ese junio yo había cumplido 21 años y no sabía qué quería de la vida. El Mundial me resbalaba. Estaba descubriendo el Centro, fumaba Imparciales y tomaba ginebra. Los fines de semana iba a ver a Sumo o a Los Redonditos de Ricota. Estaba mudando de piel: casi no veía a los amigos del barrio y había sepultado el fútbol debajo de la excitación del festín democrático. El día de la muerte de Borges, Silvina me dijo que sí y con esa boca roja me dio un dulce beso. Yo escamoteaba mi costado futbolero. Empezaba el Mundial y la selección de Bilardo no enamoraba. El debut contra Corea lo vi como quien cumple un viejo ritual. Contra Italia me impactó el salto de Maradona definiendo al segundo palo de Galli, pero no llegó a sacudir mi modorra existencial. El 2 a 0 contra Bulgaria fue un trámite. El 14 de junio, Silvina me dio un beso y me dijo que Symns le había tirado onda, pero que yo le gustaba desde que me había visto en el Café de Agosto. A los dos días fuimos juntos a La Verdulería, un extraño sitio de música y tragos en la esquina de Riobamba y Corrientes. Esa noche me enamoré. La dejé en su casa y lo primero que hice fue preguntarle a un canillita de Puente Saavedra cómo habían salido Argentina y Uruguay. "1 a 0, partido chivo. Ahora nos cruzamos con Inglaterra". Sabemos lo que pasó. Estábamos siendo felices y no lo sabíamos. Éramos eternos y la ciudad se abría de piernas con su territorio liberado de bares, plazas llenas, rock, banderas políticas, hippies, punks, ginebra y clericó.

“Hace algunos años padecí de un insomnio pasajero, atribuible a una impresión dolorosa, y ese insomnio me obligó a salir a pasear por las calles durante toda la noche y por espacio de varias noches”. Así empieza la compilación “Paseos nocturnos” (Editorial Taurus), en el que Charles Dickens se convierte en un cronista de la madrugada. No se trataba de un capricho ni de una excentricidad ni de una tarea periodística, él quería enfrentarse a la horas sin sueño, caminar hasta agotar sus fuerzas para que al regresar a su casa nada le evitara reconciliarse con su cama. Era marzo, “con tiempo húmedo, nuboso y frío”. El paseante se convertía en un hombre que carecía de hogar “por pura afición”. Era libre para vagar hasta las cinco y media de la mañana, hora en la que el sol gobernaba de nuevo. En sus primeros pasos aún alcanzaba a ver cómo la ciudad se preparaba para dormirse. En dos horas, Londres se llenaba de quietud y era el momento en que “el anhelo del alma del sin hogar lo llevaba a buscar cualquier manifestación de gente despierta”.

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