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Una película para ir a ver

Isabel Peña
Artista visual

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Vie, 15-08-2014
La forma exacta de las islas (de Daniel Casabé y Edgardo Dieleke) sugiere que las relaciones humanas y lo inesperado en la vida pueden exceder al arte, y nutrirlo para ser mejor.

 La estudiante Julieta Vitullo viaja en 2006 a las islas Malvinas para terminar su tesis doctoral sobre cómo se construye el espacio de Malvinas entre la literatura y el cine. Allí conoce casualmente a Carlos Enriori  y Dacio Agretti, dos excombatientes.

El esquema inicial de un viaje intelectual se hace trizas contaminado de vida. Y lo paradójico es que la experiencia termina constatando como si fuera ciencia dura los postulados de la tesis de Julieta.

Chau figuras épicas, nuestros soldados eran chicos pensando en sus regalos de cumpleaños número 19. La vida se parece a veces a una guerra, o a sus vestigios. Y seguimos adelante. Sin ánimos de convertirse en héroes los protagonistas aquí se entregan a la vida y al arte. Aunque en teoría se intente refutar imágenes heroicas, la valentía en una forma muy singular de cine dicen presente. Los protagonistas se exponen y su fragilidad resulta admirable, generosa, humilde.

El documental hila la frescura de filmaciones caseras de Julieta con la mirada profesional Daniel Casabe y Edgardo Dieleke. Los directores rescatan como un hallazgo ese material que es el germen de la película y le suman una serie de buenas decisiones. Acompañan a los protagonistas y vuelven a viajar.

Se intercalan imágenes de Puerto Argentino. El ruido a viento no se tapa. La guerra se toca por la tangente. Los encuentros fortuitos dan frutos. Los kelpers tienen rostros, amabilidad  y opiniones.

Las conversaciones por momento se silencian. Y paradójicamente el doble canal hace mas fuerte nuestra experiencia. El silencio nos induce a escuchar mejor. A sentir ese viento y abrirnos a lo inesperado.

Los recursos y los seres locales y visitantes conviven con armonía en tiempos y lugares distintos. La forma de las islas es, por lo pronto, polifónica.

En Malvinas se constata la realidad con el recuerdo, con el otro, con el paisaje árido. Los más autorizados, los que pusieron el cuerpo durante la guerra, debaten sus opiniones sobre la soberanía.

Es interesante que la obra misma da cuenta de sus procesos mutantes. La película es sensible a los cambios que les incumben entre el 2006 y el 2010. Se escribe el guión en función del montaje que estructura lo que cambia. La experiencia recicla constantemente el film. Nos involucran en el proceso de parto, que se disfruta y se sufre. La representación del dolor va de la mano de la poesía.

El sol quema todo. Se visitan trincheras. A muchos nos resulta inevitable llorar a moco tendido como elaborando nuestras pérdidas. Sanamos como los que vuelven a las islas.

No hay golpes bajos ni academicismos herméticos. Entre citas a Darwin,  Fogwill y Gamerro, la simpleza de la realidad en las islas nos envuelve en un clima raro, repleto de capas.

La belleza inesperada lo atraviesa todo, hasta a los cuartos de hoteles sin gracia. Gracias a las personas. La luz viaja lenta sobre composiciones de enormes extensiones de territorio. El viento es otro recurso del plano sonoro que corre las cosas de lugar.

Pero pasa algo más que no sabemos bien qué es hasta el final.

Julieta vuelve como sus protagonistas, a sanar, a tejer con su tiempo una manta nueva y mas blanca sobre ese paisaje. Entrevista a algunos isleños con templanza y sensibilidad. Hasta el final no sabemos cuál es su duelo, pero su presencia va hilando. Como los cuadraditos de lana que tejíamos en el colegio para mandar a los soldados, sin miedo, con amor.

Al final de la película, los paisajes remiten a la luz de las pinturas de Matisse. De golpe un borde costero parece Niza con viento y sin gente, la luz es extraña hasta en las tomas nocturnas, el silencio nos regala algo de estabilidad isleña. El movimiento sutil en la fotografía de esta peli es la forma exacta en la que se enrarecen el tiempo y la luz.

La muerte va de la mano de la vida y se visitan las islas con coraje mercenario de arte que cobra rugidos del viento para cerrar el circulo.  

Se agradece la libertad de los directores de hacer una segunda película tan diferente a su anterior Cracks de nácar, (nominada a los Premios Cóndor, en la categoría Mejor Documental). A pesar de esa audacia, lo que persiste en ambas es que se corren los límites de lo que es realidad ficcionada o dramatizada y documental. No es fácilmente clasificable. 

Los kelpers

La soledad y la actitud isleña es peculiar. La película tiene la noble capacidad de no juzgarla. La playa blanca y llena de viento revisitada como en un recreo nos hace pensar más aun en el tiempo en el que ahí sucedió una guerra.

Aunque intuyamos que hay también algo careta en la politeness de los kelpers, sus actitudes sacuden nuestros prejuicios. Se abren al encuentro y se hace fácil admirar su capacidad de seguir adelante.

La experiencia

Yo les diría que no se la pierdan y que se entreguen a la experiencia. Al terminar las funciones los directores nos regalan la oportunidad de dialogar con ellos. La misma obra menciona también la necesidad de hablar que surge en las personas al atravesar pérdidas.

Al terminar  de verla en la sala del Malba, los espectadores nos moríamos de ganas de hablar. Como si no hubiera sido suficientemente ominosa la peli, tuvimos la suerte de escuchar entre el público la voz de una tataranieta de la primera chica que nació allí, Malvina Vernet.

Contaba que viajó con su marido, hoy tienen alrededor de 60 años. Vio las ruinas de lo que fue la casa de su antepasada. (¿No es una pena que Rosas no les haya dado bola cuando los Vernet pidieron ayuda ante la depredación inglesa?) Cuestión que en 1833 echaron a los pobladores argentinos. Malvina quedó exiliada en Oslow para siempre. Como tantos, su descendiente también necesitó volver. Señaló que muchos ingleses ex combatientes vuelven también a las islas. Habiendo oficiado de traductora entre ingleses y argentinos, reflexionó conmovida por la película que de algún modo todos necesitan volver, “que los cura estar ahí”.

Y contó que muchos de los que pelearon esa guerra habían considerado que su primer enemigo era la oficialidad argentina, el segundo era el clima y en tercer lugar estaban los ingleses.

En la película hay una pérdida misteriosa. En el ultimo paisaje junto a la luz abrumante hay una nube enorme y oscura.

Frente al paisaje urbano me pregunto si la gente que habita este lugar duerme siestas de 10 horas. Lo ideológico es desplazado por lo vivencial. Algo fuerte de lo que se sintió, se siente allá en las islas y vibra en primer plano.

Se visita lo remoto como si las islas fueran un lugar de respuestas. Se señala el como si.  Revisando el pasado se abre los ojos al presente y al otro.

Quizás la potencia de la película y sus cuotas de dramatismo lúcido residan en su compromiso con la vida. La soberanía es de la realidad.

“La forma exacta de las islas” puede verse en el INCAA GAUMONT todos los días a las 17.30hs. Av. Rivadavia 1635, y en el MALBA los sábados  de agosto a las 18hs. Av. Figueroa Alcorta 3415.

Fuente imagen: laformaexactadelasislas.com

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