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Una educación que nos prepare para la vida

Melina Furman
Dra. en Educación (Universidad de Columbia)

Profesora de la Escuela de Educación de UdeSA. Investigadora del CONICET.

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Mié, 01-03-2017
¿Cómo preparar a los chicos para el mundo de hoy, y el que se viene? Necesitamos educar para un mundo incierto, en el que la capacidad de ser aprendices para toda la vida va a determinar en buena medida nuestro éxito futuro. Para ello, hay dos grandes alternativas: mejorar lo que ya venimos haciendo, o refundar el modelo de escuela.

En pocos días empiezan las clases y, como cada año, las familias hacemos una nueva apuesta por la educación de los chicos. Por esos chicos que, todos los días, pasan una parte fundamental de sus vidas en la escuela. Pero, quizás hoy más que nunca, como sociedad nos enfrentamos a una pregunta nada sencilla de responder: ¿cómo preparar a los chicos para el mundo de hoy, y el que se viene? 

Para empezar a responderla, les propongo hacer un ejercicio mental. Hagan una lista: ¿qué aprendizajes sienten que les resultaron fundamentales para su vida personal y profesional? (¡No vale contar hablar, leer, escribir y hacer operaciones matemáticas básicas, que sobre eso no suele haber demasiado debate!). 

Ahora, vuelvan a esa lista y marquen: ¿cuáles de ellos aprendieron en la escuela?

Suelo hacer esta pregunta ante audiencias muy diversas y, en general, encuentro que la mayoría de la gente coincide en un diagnóstico común. La discrepancia entre lo que necesitamos aprender para llevar una vida plena (y aquí seguramente haya menos consenso en lo que esto significa, pero no importa tanto) y lo que aprendimos en los años que todos hemos transitado en la escuela pareciera ser grande. Demasiado.

Si sumamos esa distancia al hecho de que el futuro cercano (¡y ni hablar del lejano!) se nos presentan con enorme incertidumbre, la pregunta de qué vale la pena aprender hoy cobra mucha más urgencia. 

Una de las respuestas más interesantes a esta pregunta la da el pedagogo de la Universidad de Harvard David Perkins en su reciente libro “Sabios para el futuro: educando a nuestros niños para un mundo cambiante”. Perkins propone que la escuela debería enseñar saberes “que valgan la pena para la vida” (lifeworthy, en inglés). Y los define como aquellos saberes que "tengan altas chances de importar en las vidas de los alumnos". Claro, después vendrá el desafío de ponernos de acuerdo sobre qué es aquello que vale la pena para la vida (¡pueden volver a consultar sus listas!) y, especialmente, plasmarlo en el contexto de los distintos campos del conocimiento. Pero, al menos, nos da un buen horizonte para empezar a andar.

Mirando nuestro punto de partida, Perkins diagnostica dos grandes epidemias de los sistemas educativos actuales. Una es la de "elementitis", en la que aprendemos conocimiento fragmentado, como si fueran las piezas del rompecabezas pero sin jamás entender qué imagen forma todo junto. En las clases de ciencias naturales, mi área de investigación, aprendemos una y cien veces los órganos de los sistemas del cuerpo humano, con sus nombres técnicos (¿se acuerdan de las tres partes del intestino delgado: duodeno, yeyuno e íleon?) pero rara vez terminamos de entender cómo funciona el organismo en conjunto, ni qué pasa cuando algo funciona mal. 

La segunda epidemia que describe Perkins es la de "sobre-itis", es decir,  de aprender sobre el rompecabezas, describiendo sus piezas al detalle, pero sin haberlo tocado ni tratado de armar jamás. Volviendo a las clases de ciencias naturales, por ejemplo, los chicos aprenden sobre las distintas componentes del "método científico" como las preguntas, las hipótesis y las conclusiones (la "sobre-itis"), pero pocas veces viven en carne propia el placer que conlleva diseñar y llevar a cabo una investigación junto con otros.

Hoy necesitamos educar para un mundo incierto, en el que la capacidad de ser aprendices para toda la vida va a determinar en buena medida nuestro éxito futuro. Necesitamos urgentemente que los chicos y jóvenes puedan construir marcos conceptuales que les permitan interpretar la lluvia (¡tormenta!) de información que recibimos a diario, resolver problemas complejos y tomar decisiones propias. Encender y mantener viva la chispa del aprendizaje implica que, para cada campo del quehacer humano, podamos hacer visibles los desafíos, las grandes preguntas, los problemas a resolver, las ideas centrales. Requiere que podamos mostrar a quienes aprenden por qué es apasionante, necesario, valioso.  

Al mismo tiempo, vale la pena empezar a poner el foco sobre lo que algunos llaman "habilidades blandas" como la resiliencia, la empatía, la autorregulación, la creatividad y la colaboración. Por mucho tiempo no se consideró que la escuela tuviera que dedicarse deliberadamente a enseñar esas capacidades. Hoy, sin embargo, las evidencias nos dicen que son fundamentales tanto para el éxito en la trayectoria educativa de los chicos como para su futuro fuera de la escuela.

Si coincidimos en este gran horizonte, la gran pregunta que se nos abre es, entonces, por el cómo. Y aquí tenemos dos grandes alternativas: mejorar lo que ya venimos haciendo, o refundar el modelo de escuela. 

Sobre la primera alternativa (¡por suerte!) hay mucho escrito ya. Se trata de revisar el qué, pero especialmente el cómo, de la enseñanza actual. De darle una “vuelta de tuerca” a los modos de trabajo con los alumnos a partir de estrategias muy probadas como el uso de secuencias potentes que orienten la indagación sobre temas en profundidad, el trabajo sobre casos y "preguntas para pensar”, o la generación de espacios de reflexión sobre el aprendizaje. Hacia allí se suelen orientar muchas iniciativas, de mayor o menor escala, de la formación docente en muchos países del mundo, incluido el nuestro.

La segunda alternativa es más ambiciosa, porque implica repensar el modelo de escuela actual. Y aunque la respuesta no es única, en diversas partes del mundo hay educadores que están empezando a ensayar cómo hacerla realidad.  

Les traigo dos ejemplos como botón de muestra. El primero viene del Reino Unido. Son las Studio Schools (o "escuelas atelier"), escuelas estatales del nivel secundario de modalidad "charter" (en este caso, gestionadas por una Fundación) que basan la mayor parte de su curriculum en la realización de proyectos anclados en la vida real, en conjunto con organizaciones de la comunidad. En el comienzo sus creadores se preguntaron: ¿qué pasaría si el trabajo, la creación y el aprendizaje fueran dimensiones inseparables del crecimiento personal? ¿Cómo sería una escuela en la que los alumnos aprendieran a través de proyectos auténticos? En las Studio Schools la mayor parte del curriculum se plasma en la realización de proyectos que integran a varias disciplinas escolares y tienen conexión con alguna organización comunitaria asociada a la escuela. La clave es el trabajo por proyectos auténticos, y la concepción de aprender haciendo a lo largo de toda la escolaridad.  Fundada en 2010, hoy la red ya tiene 35 escuelas, y los resultados de aprendizaje de los alumnos en las evaluaciones nacionales son muy prometedores. 

El segundo ejemplo es Horizonte 2020, la red de escuelas fundadas por los jesuitas en Barcelona. También en ellas los alumnos trabajan la mayor parte de su tiempo escolar en el marco de proyectos, en aulas grandes de hasta 60 alumnos guiados por 3 docentes que planifican y enseñan en conjunto. Sus fundadores hablan de una escuela que conecte con el proyecto vital de los alumnos como punto de partida. Ver a los estudiantes en acción en una clase es inspirador. Conmueve el nivel de confianza con el que los chicos explican aquello que están aprendiendo, sumado al orgullo con el que los profesores describen su tarea (al tiempo que confiesan que esta modalidad lleva más trabajo, sí, pero que no volverían a enseñar como antes). 

Hay otros ejemplos más. Sin irnos tan lejos, en la provincia de Córdoba en 2014 se inició el proyecto PROA (Programa Avanzado de Educación Secundaria), que comparte algunas similitudes con los ejemplos anteriores y se basa, también, en un replanteo de la organización escolar. 

A veces, en educación, sentimos que nunca nada cambia demasiado, que es un gran "paquidermo" que cuesta enormemente mover. Mucho se ha dicho sobre que un aula hoy poco se diferencia de una del siglo XIX, y seguramente haya bastante de cierto en eso. Pero también es cierto que estamos en un momento de cambio, que nos presenta un espacio de oportunidad.  

La filósofa Hannah Arendt decía en 1954 que la educación es ese terreno en el cual decidimos si amamos a nuestros niños lo suficiente para acercarles lo mejor de nuestro mundo, pero "sin sacar de sus manos la chance de emprender algo nuevo, algo impensado por nosotros, preparándolos de antemano para la tarea de renovar un mundo común”.  Y hacia allí vamos, ojalá, con un ojo puesto en el futuro. 

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