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Una economía en busca de consensos

Miguel Kiguel
Economista

Licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires y Ph.D. in Economics por Columbia University. Actualmente es director ejecutivo de EconViews. Realiza tareas docentes y de investigación en la Universidad Di Tella y es asesor académico de FIEL.

Sebastián Kiguel
Lic. en Historia (UTDT)

Escribió su tesis sobre ideas económicas en la década de 1920. Fue ayudante de la cátedra de Historia Económica en la misma universidad y además dio clases de historia, política y economía en diversos colegios. Actualmente cursa una Maestría en Políticas Públicas en Columbia University.

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Lun, 24-08-2015
Una de las grandes debilidades de la economía argentina es la falta de consensos básicos. Gobiernos que tuvieron ideologías y visiones económicas muy diferentes fracasaron de igual manera. Establecer consensos básicos no es una tarea fácil, pero habrá que buscar un equilibrio entre Estado y mercado.

Extracto de "Las crisis económicas argentinas", de Miguel y Sebastián Kiguel. Sudamericana, 2015. 

La Argentina tiene el dudoso honor de ser el país que más crisis macroeconómicas sufrió durante los últimos setenta años en toda América Latina e incluso en gran parte del mundo. Es un caso paradigmático, lo que lo ha llevado a convertirse en el laboratorio preferido de los economistas para el estudio de temas como la inflación y las crisis cambiarias, bancarias y de deuda pública.

¿Por qué la Argentina? Esta es la gran pregunta. Cómo explicar el hecho de que sea el país con más recesiones, incluyendo la más traumática, la Gran Depresión económica del 2001-2002, durante la cual el producto per capita cayó 25% en cuatro años. Cómo entender un país en el que la inflación ha sido una de las más altas y más volátiles del mundo, aquella que culminó en el brote hiperinflacionario de 1989 y convirtió a la Argentina en miembro del selecto club de los países que sufrieron una hiperinflación. Cómo concebir que en el lapso de solo veinte años el país haya vivido dos defaults de deuda, acompañados por profundas crisis bancarias y depresiones económicas, y crisis de balanza de pagos recurrentes y desestabilizantes.

No hay duda de que algo ha funcionado mal. Lo paradójico y misterioso es que esta incapacidad de lograr un mínimo de estabilidad macroeconómica ocurre en una nación que cuenta con abundantes recursos naturales y que ha mantenido uno de los más altos niveles de ingreso de Latinoamérica. Una nación que tiene una población con un elevado nivel de educación, que se ha destacado en las ciencias, las artes y la cultura y que ha mostrado una gran capacidad de estar en la frontera del conocimiento y de la innovación en áreas complejas, como la energía atómica, la medicina y la tecnología. Una nación que, además, genera ídolos mundiales en el deporte y ha dado luz al primer Papa de una nación emergente. Importantes individualidades que hasta ahora no han podido funcionar como sociedad. ¿El problema serán los políticos, los economistas, los jueces, los sindicatos, los empresarios, las instituciones, el marco legal o la imposibilidad de ponernos de acuerdo sobre reglas de juego? 

No faltan hipótesis para explicar el fracaso macroeconómico de la República Argentina. Una cuestión central ha sido la falta de consensos básicos en la sociedad respecto del “modelo” económico, lo que puede explicar los fuertes volantazos observados en la política económica. Los cambios de gobierno se han transformado en hechos traumáticos: los nuevos presidentes suelen tirar por la borda todo lo que hizo el anterior e introducen un nuevo paradigma, cambian las reglas de juego y destruyen tanto lo que no servía como también lo que sí servía.

En cuanto a la política económica, los fracasos tienen numerosas explicaciones y hay para todos los gustos. Algunos argumentan que han sido las políticas ortodoxas o neoliberales, mientras que otros le atribuyen la responsabilidad al  populismo. La lista de culpables casi no tiene límite, e incluye la “adicción” a los déficits fiscales y cuasi fiscales —los del Banco Central—; la permanente y, muchas veces, desbocada emisión monetaria; los frecuentes episodios de atraso cambiario que terminaron en maxidevaluaciones y desestabilizaron la inflación; la abultada deuda pública; la puja distributiva que busca recomponer los ingresos o las rentas solo a través de aumentos de precios y de salarios; la falta de competitividad de sectores que se refugian en la protección del estado y no hacen esfuerzos para exportar y generar dólares; y la lista podría seguir y seguir. 

En este libro, nuestro objetivo es ayudar al lector a entender por qué la Argentina ha fracasado a lo largo de siete décadas en conseguir la estabilidad macroeconómica y por qué ha sido mucho más inestable en términos de crecimiento, inflación, tipo de cambio y otras variables económicas que el resto de los países de América Latina y que la gran mayoría de los del mundo. También buscamos comprender por qué la Argentina no ha logrado superar, como sí lo hicieron Brasil, Chile, México, Uruguay y muchos otras naciones emergentes, los temores a una nueva crisis de balanza de pagos, a otra fuerte recesión, a que se escape la inflación o a otro default de la deuda pública. 

Lo curioso es que, en el caso argentino, comparten el mismo resultado gobiernos que tuvieron ideologías y visiones económicas muy diferentes: fracasó la ortodoxia o el llamado neoliberalismo, como lo muestran las crisis de principios de los ochenta y de los años 2000. También fracasaron las políticas “progresistas” o expansionistas que, en muchos casos llegaron al populismo económico, como en el Rodrigazo de mediados de los setenta, la hiperinflación de fines de los ochenta y, en forma menos dramática, la política económica actual. 

Es difícil desprenderse de la sensación de que en la Argentina nada funciona y de que es un país sin solución. Para comprender esta afirmación en mayor profundidad, basta con repasar lo ya dicho: la Argentina es uno de los pocos casos en la historia mundial que sufrió una hiperinflación traumática con fuertes efectos negativos sobre el nivel de empleo y la pobreza. Sin embargo, quince años después, su población vuelve a tolerar la inflación. 

Es un país que se tropieza dos veces con la misma piedra. No parece aprender de sus errores ni logra aplicar reglas básicas que gozan de amplio consenso entre los economistas. Por ejemplo, todavía no comprendió que los déficits fiscales hay que financiarlos y que, si se lo hace con emisión monetaria desenfrenada, se acaba en inflación y en una crisis de balanza de pagos. Tampoco entendió que el atraso cambiario puede resultar atractivo desde un punto de vista político para estimular el consumo y el nivel de actividad en el corto plazo, pero que las experiencias de monedas sobrevaluadas terminan mal, con un alto costo económico que derrumba ministros y gobiernos. Es, incluso, un país en el que algunos piensan que la inflación es solo un fenómeno estructural que nada tiene que ver con la política monetaria. 

Desde 1950 en adelante, la volatilidad macroeconómica y las recurrentes crisis de balanza de pagos han llevado a que la Argentina se rezagara respecto del resto de los países de la región y que perdiera el liderazgo económico que mantuvo durante la primera mitad del siglo pasado. 

El fracaso macroeconómico de la Argentina no tiene una explicación única y sencilla. Para entenderlo en toda su dimensión, seguramente habría que desarrollar un enfoque interdisciplinario que incluyera visiones sociológicas, políticas, psicológicas y, por supuesto, económicas. El nuestro será más limitado; utilizando elementos de la economía y de la economía política, buscará analizar los factores que explican las crisis macroeconómicas argentinas, las dificultades que ha encontrado el país para conseguir estabilidad y el impacto que estas crisis han tenido sobre el crecimiento y el bienestar de la población.

La historia de los ajustes y desajustes de la política económica  rige el análisis que llevamos a cabo en este libro, en el que hemos adoptado como hilo conductor las crisis macroeconómicas de los últimos setenta años y, a partir de ellas, intentamos entender las dificultades que enfrentó el país para mantener políticas económicas prudentes que favorecieran la estabilidad a mediano plazo. También, mostramos cómo las frecuentes crisis fueron mellando la estructura económica y financiera, haciendo que fueran cada vez más intensas, más complejas y más disruptivas para el funcionamiento de la economía.

* * *

La crisis del 2001 representa, sin lugar a duda, la gran Depresión económica argentina, en la que el desempleo llegó al 25%, la pobreza al 55% y la indigencia al 27% de la población. Fue un evento sin precedentes en el que los problemas financieros tomaron una dimensión nunca vista. La Argentina venía de una década de convertibilidad cambiaria, con tipo de cambio fijo establecido por ley en un peso por un dólar y con un sistema financiero dolarizado, es decir que la mayor parte de los depósitos y de los créditos estaban denominados en dólares. 

Una serie de eventos externos complicaron la sostenibilidad del tipo de cambio fijo, que fueron justamente los que eventualmente forzaron la devaluación y llevaron a la crisis. Hacia finales de los años noventa, comenzó una secuencia de ataques especulativos contra las monedas de varios países emergentes que eventualmente forzaron devaluaciones y el abandono del tipo de cambio fijo. Los episodios empezaron en los países asiáticos en 1997, siguieron en Rusia en 1998 y llegaron a Brasil en 1999. A estas crisis cambiarias se le sumaron una fuerte caída en los precios de nuestras exportaciones, subas en las tasas de interés en EE.UU. que complicaron el acceso al mercado de capitales, a lo que hay que agregar las debilidades intrínsecas que la Argentina tenía en ese momento, principalmente, la gran dependencia del mercado internacional de capitales, lo que le generó problemas al país para financiar los déficits fiscales y refinanciar los vencimientos de la deuda pública. Además, el sistema bancario argentino tenía una vulnerabilidad que se originaba en el hecho de que el 70% de los depósitos bancarios eran en dólares, pero los bancos que no contaban con un banco central que pudiera emitir esa moneda y darles liquidez para afrontar una posible caída en los depósitos. El Banco Central solo podía emitir pesos, con lo que en la práctica no podía cumplir la función de ser prestamista de última instancia de los bancos, que es indispensable para brindarle estabilidad al sistema bancario y de esa forma evitar una corrida de depósitos.

La Argentina había tenido muchas veces crisis financieras, había sufrido recesiones importantes y muchos episodios en los que las tasas de inflación estuvieron en tres dígitos o más, y si bien eran fenómenos complejos y costosos, en alguna medida, eran parte de una historia conocida. Lo nuevo en el 2001 fue que incluyó niveles de desempleo y de pobreza muy elevados y generalizados que cambiaron la realidad de las crisis y dejaron cicatrices profundas en la población y que marcaron la política económica de la primera década del nuevo siglo. Una de las consecuencias fue que el miedo al desempleo superó ampliamente al miedo a la inflación y esta visión tuvo un impacto decisivo en el diseño de la política económica en los años que siguieron. La sociedad argentina volvió a aceptar los riesgos que implicaban la adopción de políticas macroeconómicas expansivas con tal de asegurar empleo. El kirchnerismo recibió este mensaje que tuvo una influencia muy importante en el diseño de las políticas económicas durante su gobierno.

* * *

En verdad, los problemas que analizamos en este libro no se refieren solo a errores de política económica, esa sería una visión limitada. La Argentina tiene deficiencias de fondo relacionadas con la forma en la que los gobiernos han encarado el diseño de la política económica y en la que la sociedad civil ha reaccionado.

Una de las grandes debilidades del país fue la falta de consensos básicos, que se convirtió en una preocupación constante, especialmente después de la Gran Depresión en los años treinta, cuando se empezó a abandonar el modelo agroexportador liberal en pos de una estrategia de sustitución de importaciones más intervencionista. Así convivieron durante mucho tiempo dos modelos de país: uno más liberal que promovía la competitividad y otro más intervencionista que buscaba la protección de la producción local. Las controversias aumentaron durante el peronismo, cuando el Estado comenzó a desempeñar un rol más importante en la economía, proveyendo servicios públicos, regulando precios y controlando el comercio exterior. De esta forma, se gestaron dos visiones de la economía que a grandes rasgos siguen en disputa hoy en día. 

La Argentina necesita establecer consensos básicos. No es una tarea fácil en un mundo en el cual tanto el paradigma tradicional de la economía de mercado como el de la planificada están ampliamente cuestionados. La caída del muro de Berlín ha desacreditado las economías con un alto nivel de intervencionismo estatal, mientras que la crisis de Lehman Brothers introdujo cuestionamientos sobre las consecuencias de liberalizar todos los mercados. Sin duda habrá que buscar un equilibrio entre Estado y mercado, pero dentro de un modelo capitalista y en un mundo en el que es necesario ser competitivo e innovador.

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