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Una democracia liberal desde abajo para Medio Oriente

Sebastián Zírpolo
Periodista

Lic. en Comunicación Social en la Universidad del Salvador. Escribe en la revista Brando. Trabajó y colaboró en los diarios Perfil, Ambito Financiero, Infobae y El Cronista, y en la revista Noticias. Ex Director editorial de BASTION Digital.

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Jue, 15-01-2015
Hay una idea instalada de que en los países con mayoría de población musulmana la democracia liberal no es posible por culpa de la religión. Pero algunos ejemplos contradicen esta idea. Si tengo que apostar, la expansión de democracias liberales en la mayoría de los países con población musulmana vendrá desde abajo y naturalmente, por la presión de sus clases medias. 

 Lo único que se empieza desde arriba es un pozo

sabiduría popular

Escribo esto mientras espío en twitter las repercusiones del pedido de procesamiento de la presidente, ministros y dirigentes políticos por encubrimiento en el caso AMIA. Al fiscal Nisman, leo, lo acusan de sionista, así como días atrás leía, tras el horrible ataque a Charlie Hebdo, declaraciones bien intencionadas sobre la libertad de expresión acompañadas con una catarata de prejuicios sobre los musulmanes y el islam, cuando no una celebración del aumento de la islamofobia. Mostrarse abiertamente islamofóbico, sin temor a sanciones morales públicas (y sin recibirlas, de hecho), sin pudor, se convirtió en algo políticamente correcto.

De todos los argumentos que leí en los últimos días sobre cuál debe ser la estrategia de Europa en particular y occidente en general para enfrentar al terrorismo que quiere radicalizar y socavar sus democracias, el que más me llama la atención es el que equipara al islam con el terrorismo, al islam con el rechazo a la democracia y a los musulmanes, así bien en general, con los valores incompatibles de occidente. “Viva occidente” es el slogan que sostiene la idea de que lo mejor de la civilización está en esta parte del mundo y que debería extenderse sobre los países con mayoría de población musulmana en general y los estados islámicos en particular, aún a costa de la violencia y el imperio de la fuerza militar. 

En muchos aspectos estoy de acuerdo. Basta con mirar nuestras propias vidas occidentales para confirmar que básicamente podemos hacer lo que queremos, sobre todo desde que nos liberamos de la moral católica, en un proceso que fue muy costoso para occidente.

Así fue que al ideal de familia le construimos un piso arriba, en el que los lazos humanos están sobre la sangre y la procreación natural. Al mandato de la descendencia le sumamos la alternativa de la planificación de la vida personal. Nos quitamos de encima la idea de la sexualidad natural, no dejamos más que nadie se meta en nuestras camas. Claro que todavía falta, como nos muestra la parálisis en la mayoría de los estados occidentales sobre las legislaciones sobre el aborto. A mi gusto, la victoria más contundente sobre las leyes de la religión es que occidente (aunque no solo occidente, también Japón o China) rompió con la idea mal engarzada de que la ética estaba por debajo de la moral religiosa. El etcétera es muy largo, tantos como cantidad de personas que escriban su propia lista, y creo que se entiende el punto: en líneas generales (no es lo mismo Europa que Estados Unidos, ni éstos que América latina, sobre todo porque si América latina es parte de occidente o no es materia de discusión) podemos hacer lo que queremos sin temer al escarnio público, y cuando éste sucede, nos resguardamos en la condena social, que se hace sentir. El repudio.

Otra vez a riesgo de generalizar, pero vale el riesgo, todos estos cambios vinieron de abajo hacia arriba. No hubo un Estado que decidiera, por ejemplo, que las personas podían divorciarse y eso provocó que las personas se pusieran a pensar en la calidad de sus matrimonios y que concluyeran que debían divorciarse: simplemente las parejas habían decidido ya no vivir más juntas y habían vuelto a formar parejas y los estados occidentales debieron responder a eso, esquivando incluso la presión de las religiones. Para cuando lo hicieron, la conducta estaba naturalizada. Esta historia es personal y por tanto científicamente imposible de generalizar, pero ilustra un poco esto que vengo diciendo. Nací en una familia incorrecta para su época, con padres que venían de divorcios (no legales, Argentina en los años 70) de matrimonios anteriores, con medios hermanos por todos lados. Era muy difícil explicar para mí sin sentir vergüenza por qué mis hermanos mayores tenían el apellido de otro papá. Una familia ensamblada era vista como una fuente de confusión de identidades, de inconductas, en fin, un quilombo (que lo era, pero no por ensamblada sino por mal llevada). Esa tensión que sentía cuando alguien me preguntaba algo sobre mi familia se fue disipando durante los noventa (post ley de divorcio), cuando “las familias ensambladas” llegaron a los diarios . Me acuerdo de una tapa de la revista Viva que decía “los tuyos los míos y los nuestros” y mostraba cómo vivían las “nuevas” (SIC) familias ensambladas. Me reí con los de “nuevas” y después me mentí, para agregarle un poco de épica a mi vida, que es tan normal como la de la mayoría, que fui parte de la primera familia ensamblada de la Argentina. Una pavada, un juego de la mente, pero lo que entendí es que sólo una mezcla de tiempo, maduración y presión social hace posibles o no los cambios.

Hay una idea instalada de que en los países con mayoría de población musulmana la democracia liberal no es posible por culpa de la religión. Es cierto que la mayoría de los países con población musulmana que tienen en sus instituciones referencias religiosas (en mayor o en menor medida), carecen de democracia. Muchos son en su mayoría dictaduras, y muy probablemente lo vayan a ser por mucho tiempo. Pero que existan algunos países con mayoría de población musulmana que al mismo tiempo sean democracias en funcionamiento permite relativizar el papel de la religión en su sistema político.

El 95% de la población de Senegal es musulmana y es una democracia bastante consolidada. Desde que se independizó de Francia en 1960 no sufrió ningún golpe de Estado (es la única nación africana que se puede jactar de eso) y en parte esto lo logró por el respeto de los senegaleses por su sistema político. Cuando en 2011 el entonces presidente Abdoulaye Wade intentó y logró una reintepretación de la Constitución para volver a postularse hubo revueltas populares que terminaron por desactivar esa suerte de golpe institucional que se estaba gestando. Un dato no menor es que Wade era apoyado por líderes religiosos musulmanes. En 2012 se eligió presidente, elección a la que Wade no se pudo postular, y ganó Macky Sall, su actual presidente. Claramente no es una democracia que haya dado respuestas en todas sus dimensiones de desarrollo e inclusión: la mitad de sus habitantes están debajo de la línea de la pobreza, pero a la hora de dar cuenta de la libertad tiene, según Freedom House, la misma puntuación en libertad y derechos civiles que Argentina. Una interesante revisión de la experiencia democrática senegalesa puede leerse en el siempre completo blog Africa no es un país.

Indonesia también es una democracia, aunque la tiene más complicada. Es el país con mayor cantidad de musulmanes del mundo (88% de 240 millones de habitantes) y aunque ha pasado por regímenes autoritarios, desde 1998 viene manteniendo alternancia de presidentes y respeto por los ciclos democráticos. Su convivencia con la tensión religiosa (es un estado teocrático), producto de la presión de grupos islámicos conservadores, está muy bien contada en este artículo. Así y todo se las arregla para ser la tercera democracia del mundo. Una cita corta: “Las exitosas elecciones presidenciales de 2004 en las que se eligió por voto directo a Susilo Bambang Yudhoyono, y su reelección en 2009, consideradas como la culminación del experimento de democratización de Indonesia. Internacionalmente, ambas elecciones se consideraron un instructivo ejemplo que debería ser imitado por otros muchos países musulmanes, sobre todo los de Oriente Próximo, donde el autoritarismo religioso continúa profundamente arraigado”. El presidente de Indonesia, recién elegido, en octubre de 2014, es un carismático ex gobernador llamado Joko Widodo que se define a sí mismo como un musulmán devoto, pero que no imprime a su discurso ni a su gestión rasgos religiosos. Un perfil interesante de Widodo fue publicado hace unos meses en el Spiegel. En materia de libertad, Freedom House coloca a Indonesia al nivel de las democracias de Bolivia y de Paraguay para compararlas con democracias conocidas por nosotros.

Es cierto que hay muchos otros ejemplos no democráticos. Turquía es una democracia mucho más tradicional que Senegal e Indonesia pero en 2014 eligió a Recep Tayyip Erdogan como presidente, un político que hace unos años, cuando era alcalde de Estambul, definió a la democracia como un tranvía: “vas en ella hasta donde necesitas ir y luego te bajas”. La postura islamista de Erdogan está contada con algunos detalles acá y es un retroceso en la calidad de la democracia turca, tolerancia religiosa y libertades civiles. La puntuación de Freedom House, si lo tomamos como referencia válida, da cuenta de eso: tiene la misma puntuación que Colombia, y mejor que Venezuela.

Jeffrey Sachs dice que no es que medio oriente sea incapaz de generar democracias, sino que las democracias que genera no le gustan a occidente. “Los expertos afirman que los árabes no saben gestionar la democracia. En realidad, a los EE.UU. y a sus aliados no les gustan, sencillamente, los resultados de la democracia árabe, que con demasiada frecuencia produce gobiernos nacionalistas, anti-Israel, islamistas y peligrosos para los intereses petroleros de los Estados Unidos. Cuando los votos se orientan en esa dirección, los EE.UU. se limitan a hacer caso omiso de los resultados de las elecciones (como hicieron, por ejemplo, en 2006, cuando Hamás obtuvo una gran mayoría del voto popular en Gaza)”.

En el mismo artículo dice que occidente debe retirarse y dejar que medio oriente se autoregule: “Ya es hora de que los Estados Unidos y otras potencias dejen que el Oriente Medio se gobierne a sí mismo de conformidad con su soberanía nacional y la Carta de las Naciones Unidas. Las intervenciones de los EE.UU., que han costado a este país billones de dólares y miles de vidas en el pasado decenio, siempre han desestabilizado a Oriente Medio, al tiempo que causaban un enorme sufrimiento en los países afectados. Los gobiernos de esa región –en Siria, Arabía Saudí, Turquía, el Irán, el Iraq, Egipto y otros–  tienen el incentivo y los medios para lograr acuerdos mutuos. Lo que los detiene es el convencimiento de que los EE.UU. o alguna otra potencia exterior (como, por ejemplo, Rusia) propicien una victoria decisiva en su nombre. Después de decenios de intervenciones cínicas –y con frecuencia secretas– por parte de los EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Rusia y otras potencias exteriores, las instituciones políticas de esa región están basadas en gran medida en la corrupción, la política sectaria y la fuerza bruta”.

Si tomamos como válida esta idea, esto no significa que occidente deba renunciar a que medio oriente tenga finalmente países libres que respeten los derechos humanos, que abandone la búsqueda de la libertad más allá de sus fronteras y que deje a su suerte a las minorías oprimidas en aquellos países. Un camino para hacerlo es fortaleciendo las democracias occidentales que reciben inmigración musulmana, atendiendo a su desarrollo y promoviendo la integración y aislando las expresiones y conductas racistas y xenófobas. “Existen distintos modelos de integración, desde el multiculturalismo hasta la integración total, pero ninguno ocurre sin el apoyo y la promoción activa del Estado. Son múltiples los ámbitos donde esto debe ser trabajado, desde los sistemas de educación y justicia, hasta la capacitación antirracista y políticas públicas para promover la diversidad y contra la incitación al odio”, dice Robert Funk.

Si para 2030 el 8% de la población europea será musulmana (hoy está en 6% según este artículo) y si la exclusión, la falta de oportunidades y la desconexión social que sufren los jóvenes europeos que se van a alistar a movimientos fundamentalistas musulmanes es producto, como dice Eva Hoffman, “de la falta de voluntad (de las democracias occidentales) para articular principios éticos organizadores o proyectar valores democráticos en la escena internacional”, entonces la respuesta está más en lo que occidente debe hacer en occidente que lo que debe hacer en medio oriente. En una parte de un extenso artículo, Ila Tuper acusa a Europa de complicidad con el extremismo por las condiciones de vida que le impuso a los inmigrantes musulmanes. Roger Cohen escribió, mucho antes del atentado en Francia, que “las naciones europeas con poblaciones descendientes de las ex colonias parecen incapaces de celebrar sus valores de libertad, democracia e imperio de la ley”.

En esos valores está implícita la autoregulación de las sociedades sobre los discursos discriminadores, que pueden no ser ilegales en términos de derechos de libertad de expresión, pero que en una sociedad atenta a las consecuencias de la estigmatización y el estereotipo de sus minorías es rechazado y dejado de lado. Dice David Brooks, en un artículo brillante sobre Charlie Hebdo. “Las sociedades sanas no silencian el discurso, pero conceden un estatus diferente a los distintos tipos de personas. A los eruditos sabios y considerados se los escucha con gran respeto. A los humoristas se los escucha con un semirrespeto desconcertado. A los racistas y a los antisemitas se los escucha a través de un filtro de oprobio y falta de respeto. La gente que desea ser escuchada con atención tiene que ganárselo mediante su conducta”.

Una democracia occidental de mayor calidad en los países con inmigración musulmana formará demócratas en lugar de yihadistas. Es cierto que la conversión no es simple (no todo joven musulmán desconectado socialmente termina en ISIS como no todo joven musulmán encantado con los resultados de la democracia en su propia vida terminará haciendo una revolución pacífica en el país de sus orígenes), pero sí es cierto que no podemos dejar sólo en manos del incremento de la seguridad pública y los presupuestos militares la respuesta al problema al terrorismo en forma de islamismo, sobre todo porque redunda en pérdida de libertades civiles, haciendo a occidente aún menos democrática.

Puedo ser un soñador, pero Vali Nasr escribe en su libro “Forces of Fortune: The Rise of the New Muslim Middle Class and What It Will Mean for Our World” (aquí comentarios del libro en inglés) que el cambio hacia la democracia en los países con población musulmana vendrá desde abajo y naturalmente, por la presión de sus clases medias. (Esta idea de desarrollo económico asociado a la libertad está presente en algún punto en el caso de Indonesia del que hablábamos antes ). “Si los valores globales de paz, seguridad, democracia, libertad y derechos humanos, moderación y tolerancia religiosa aún no han arraigado en tierras musulmanas, no es por el fundamentalismo del islam, sino porque la clase burguesa que debe encabezar el proceso de multiplicación de esos valores todavía es demasiado pequeña”, y asegura que ayudar a esa clase media (ayudar acá me parece la palabra clave) a crecer y dominar a sus sociedades “es la mejor manera de pavimentar el camino a la democracia”.

 

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