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Un país de pueblos rurales

Agustín Bastanchuri
Asociación Responde

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Vie, 13-01-2017
Argentina es un país de pueblos rurales. Hay más de 2.500 pueblos, que representan el 80% de los centros habitados del territorio. Sin embargo, cuando nos pensamos, estos pueblos rurales no aparecen. Negarnos a pensar la posibilidad de un futuro en estos lugares tiene un costo. Un costo para la sustentabilidad de nuestro presente, pero, sobre todo, para el futuro y la riqueza de un país que es muchísimo más que campo y luces. 

“Que increíble país, Argentina. La soledad del campo y, sin ánimo de continuidad, algunas de las ciudades más bellas del mundo”.

Argentina es un país de pueblos rurales, es decir de menos de 2.000 habitantes. Son más de 2.500 pueblos, que representan el 80% de los centros habitados del territorio. Es uno de los países con mayor cantidad de este tipo de pueblos en el mundo.

Sin embargo, cuando nos describimos como país, cuando nos representamos, y -sobre todo- cuando nos pensamos, estos pueblos rurales no aparecen. Esta forma de habitar el territorio y de vivir el mundo simplemente no está. 

Nuestros pueblos rurales son increíblemente distintos, tan heterogéneos como su geografía, su historia, su gente: cada pueblo es un mundo en sí mismo. Los hay con más de 400 años de historia, como Aicuña (La Rioja), y más jóvenes que la mayoría de nosotros, como Casa de Piedra (La Pampa) –fundado en 2006-; sobre el mar, como Camarones en Chubut, o a 4.000 metros sobre el nivel del mar, como Olacapato, en Salta. Hay de todo… para todos.

Los afectan dinámicas enormemente complejas, relacionadas a su distancia y conectividad a su ‘ciudad cercana’ -donde se hacen los trámites y se compran bienes y servicios-, a la economía regional que integran, al diseño institucional de su provincia -en algunas, sus vecinos eligen sus propias autoridades políticas; en otras, los delegados son nombrados por el poder municipal-, entre muchas otras variables históricas, climáticas, ambientales, sanitarias y más.

Aún así, comparten características y pueden ser analizados como categoría. Así es como lo vemos desde la ONG RESPONDE, a partir de los más de 120 pueblos con los que trabajamos en nuestros 17 años de vida. Podrán llamarse “Heavy” u “Oasis”, “El Pueblito” o “Las Vegas”,  “EL Hoyo” o “Villa Libertad”,  “Paraíso” o “Los Hornillos”, “Dragones” o “Las Moscas”, pero tendrán -en su mayoría- su escuela -muchas veces con su secundaria-, su Iglesia –y su templo-, su centro de salud, su club –y su clásico rival-, su sociedad de fomento, su delegación municipal, su policía, sus cooperadoras, alguna cooperativa y siempre, siempre, algún emprendedor empujando. Todos sus habitantes dirán que una de las principales características de su pueblo es “la tranquilidad y la seguridad” y -ante el mínimo intercambio con el observador- se podrá leer que el vínculo con sus “recursos naturales” -su arroyo, su sierra, su monte- es mucho más que eso: son lugares con nombres e historias, donde sus padres y abuelos también jugaron de chicos.  

Los pueblos rurales argentinos tienen, además, desventajas que les son comunes. En el 2010, el 18% de la población rural se encontraba bajo la línea de pobreza, contra el 8% de la población urbana –medida solo por “ingresos”, como se mide en Argentina-. Es decir, un chico que nace en un pueblo rural tiene más del doble de posibilidades de ser pobre -por ingreso- que uno que nace en una ciudad. Más de la mitad de los hogares urbanos argentinos tenía una computadora en su casa en 2010; en los hogares rurales sólo un 20%. La calidad de la vivienda, el acceso al agua, a la electricidad y a internet, también son peores ahí que en las ciudades. La tasa de jóvenes de entre 15 a 17 años escolarizados a nivel nacional era, en 2009, del 49% y, en el ámbito rural, 28% (DINIECE, 2009). He aquí solo algunas de las desigualdades por haber nacido en un pueblo o en una ciudad.

Es decir, somos un país de pueblos rurales, que no vemos y que olvidamos. Los pueblos rurales -desde hace décadas- pierden población, y algunos desaparecen.

Las ciudades, por su parte, se congestionan. Casi el 40% de los argentinos vive en el 0,14% del territorio nacional. Más del 60% de los habitantes del país vive en solo 15 ciudades-asentamientos. La mayoría son ciudades que no fueron diseñadas para este crecimiento y eso genera problemas serios. En términos ambientales: pérdida de vegetación y tierra fértil, mayor contaminación de agua, desechos sólidos y líquidos, polución. El consumo de agua y la producción de basura se multiplican por habitante en una ciudad. Son estos centros urbanos las principales fuentes emisoras de gases de efecto invernadero a la atmósfera (Asian Development Bank, 2006) y, si bien ocupan el 1% de la superficie de la tierra, consumen el 67% de la energía producida (OECD/IEA, 2008).

Esto sin contar las consecuencias humanas y sociales: el desarraigo, la pérdida de capital social de los migrantes a las ciudades y las condiciones a las que se enfrentan en sus nuevos entornos, por las capacidades no desarrolladas en sus pueblos. Los lugares a los que llegan, en general, no los esperan, no los contienen. En la zona urbanizada de la Ciudad de Buenos Aires, los jefes de hogar migrantes desde el interior de Argentina representan el 25,8%, en los asentamientos informales, el 27,2% (DINIECE, 2009). Es decir, entre los universos de población es mayor la proporción de migrantes desde el interior del país que va a la Capital Federal y termina viviendo en un asentamiento informal. No hace falta agregar mucho al informe que produjo TECHO (2016) sobre las condiciones de los asentamientos humanos en Argentina: constituyen la “máxima expresión de vulneración de derechos humanos y desigualdad en nuestro país”. 

Hoy el mundo está pensando en estos temas. En cómo van a crecer sus ciudades, en cómo van a absorber territorialmente el crecimiento. En su impacto humano y ambiental. En cómo romper círculos de pobreza -y desventajas- y permitir que más personas puedan vivir bien.

El Banco Mundial estima casi 10.000 millones de habitantes para el 2050. Las Naciones Unidas centra su agenda global de desarrollo sustentable en objetivos como el “fin de la pobreza”, el “hambre cero” -apoyando el desarrollo de las gentes de campo y la protección del medio ambiente-, la “reducción de la desigualdad”, la “construcción de infraestructura”  -para lograr el desarrollo sostenible y empoderar a las comunidades-. Las comunidades religiosas, lo mismo: la encíclica Laudato SI habla de “empleados rurales que terminan emigrando a miserables asentamientos en las ciudades”, “cambiar la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y cuidar la naturaleza” y la “atención a las culturas locales” (Concilio Vaticano II, 2015).

Nosotros vivimos en el octavo país en extensión del globo. Tenemos una capilaridad territorial fenomenal -aunque terriblemente desventajosa- de más de 2.500 pueblos distribuidos a lo largo y ancho de climas, culturas e historias distintas. 

Podríamos pensar en estas desventajas como una oportunidad. Oportunidad para igualar en posibilidades a quienes nacen en pueblos rurales; oportunidad para crear más opciones a quienes no quieren emigrar de sus pueblos. Oportunidad de construir una serie de posibilidades estructurales que permitan una vida digna en más lugares de nuestro territorio nacional. Con esto, además, estaremos cuidando las ciudades, sus habitantes y ayudando a cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU a los que estamos comprometidos como país.  

Es verdad que la tendencia a la urbanidad es una regla en el mundo. Cada vez más gente deja de vivir en el campo. Pero la realidad de los pueblos rurales de la Argentina es -y podrá ser- muy distinta a esa “idea” de la vida rural, del aislamiento absoluto, de la rusticidad y del atraso cultural y tecnológico. Los pueblos rurales son pequeños centros urbanos, con capacidad de producir económica y culturalmente. Y podrán ser cada vez más y mejores lugares para vivir... si así lo buscamos. Si los pensamos. Si nos animamos a generar modelos de desarrollo que se adapten a nuestras condiciones y necesidades como país federal. 

Hay mucho por hacer. Potenciar de forma estratégica a los pueblos como una herramienta para cuidar nuestros recursos: aire, agua, tierra -sin residuos-. Sumar los beneficios del contacto comunal y del contacto con la naturaleza como elementos del desarrollo humano. Aceptar la tranquilidad y la seguridad -dos elementos que caracterizan a los pueblos-  como externalidades positivas para el desarrollo de una vida y una familia. Hacer de ese registro ‘del otro’ un hecho posible y valorable. Sin hablar, por supuesto, de la riqueza en sí mismo que tienen estas 2.500 formas de ver y entender el mundo desde ahí, desde ese rincón de la tierra. Son razones poderosas, al menos, para hacernos pensar en estos pueblos rurales, mirarlos, saberlos, intentar entender sus dinámicas. 

Generemos una mayor cantidad y calidad de posibilidades a quienes nacen en un pueblo, crearemos ahí mayores libertades… eso es “desarrollo” (Amartya Sen, 1999). Miremos a los pueblos, escuchémoslos para entender qué necesitan, aprendamos de ellos, invitemos a los pueblos a pensarnos y a pensarse, nos lo debemos. 

Pensar la tecnología. Que, por supuesto, cambió las matrices de empleo de las zonas rurales, pero también cambió sus posibilidades -de acceso, de información, de empleo remoto, hasta de salud-…aunque en un proceso muchísimo más lento y sin grandes incentivos.

Pensar los incentivos. Económicos, en el desarrollo de mercados locales, en productos con mayores estándares ecológicos, que normalmente requieren mayor mano de obra y capacidades específicas. En incentivos políticos, que desalienten la toma de decisiones exclusivamente por  cantidad-de-votos/habitantes que afectan -y solo generan más y más oportunidades para zonas ya superpobladas-. 

Pensar en las representaciones. En incluir estos ‘lejanos’ mundos de vida en el proceso de las configuraciones y evitar la visión exclusivamente urbana como posible. No solo para que esas realidades se vean; también, para verse ellos mismos y poder cuestionar a la vida en una gran metrópoli como la única posibilidad de ‘un futuro’. 

Negarnos a pensar la posibilidad de un futuro en estos lugares -desde estos lugares- tiene un costo. Un costo para la sustentabilidad de nuestro presente, pero, sobre todo, para el futuro y la riqueza de un país que es muchísimo más que campo y luces.

El problema, al final, no es que alguien vea en Argentina solo campo y grandes ciudades. El problema es que en algún punto nos lo creímos y corremos -realmente- el riesgo de transformarnos sólo en eso. 

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