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Un monumento a la ingratitud

Carlos Daniel Lasa
Profesor de Filosofía en la U.N.V.M.

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Mar, 09-09-2014
En 1944, el propio Juan Domingo Perón afirmaba que España nos legó, con la cruz y con la espada, una gran riqueza espiritual. Pero la llegada a la Casa Rosada de una conciencia signada por el resentimiento no pudo dejar que aquel recuerdo de gratitud se petrificara. Debía ser arrancado de la conciencia de los argentinos. El monumento a Colón no podía permanecer allí por mucho tiempo más.

Hace más de cien años los argentinos quisieron dejar impreso en mármol, para la posteridad, un recuerdo (monumentum) de la figura de Cristóbal Colón, de aquel navegante que había descubierto para la conciencia europea un nuevo continente. Esta empresa humana, como todo aquello en lo que interviene la mano del hombre, se encuentra mezclada de luces y de sombras, de aciertos y de errores. No obstante los errores, los argentinos que festejaron los cien años de la mal denominada revolución de mayo, consideraron que muchas habían sido las bondades recibidas y que por eso no podían dejar de reconocer en la figura de Colón todo aquello que habían heredado gracias a su descubrimiento: la lengua, las costumbres, la universidad, la fe cristiana.

En el decreto del Presidente Hipólito Irigoyen declarando Fiesta Nacional el día 12 de octubre se afirma, entre otras cosas, que el descubrimiento de América ha sido el acontecimiento más trascendental que ha realizado la humanidad a través de los tiempos y que España volcó sobre el nuevo continente el valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios y el derrame de sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana. De allí que sea un acto de justicia, afirma Irigoyen, consagrar la fecha del 12 de octubre en homenaje a España.

Años después, otro presidente argentino, Juan Domingo Perón, en el discurso que pronunciara el 28 de junio de 1944, afirmaba que España nos legó, con la cruz y con la espada, una gran riqueza espiritual y que cada argentino debiera pronunciar, con acento criollo y fe cristiana, estas palabras: “¡España, Madre Nuestra, hija eterna de la inmortal Roma, heredera dilecta de Atenas, la grácil, y de Esparta la fuerte, somos tus hijos de claro nombre; somos argentinos, de la tierra con tintineos de plata; que poseemos tu corazón de oro! ¡Como bien nacidos hijos salidos de tu seno te veneramos, te recordamos y vives con nosotros!”.

Sin embargo, la llegada a la Casa Rosada de una conciencia signada por el resentimiento no pudo dejar que aquel recuerdo de gratitud se petrificara. Debía ser arrancado de la conciencia de los argentinos. El monumento a Colón no podía permanecer allí por mucho tiempo más. Era preciso quitarlo de inmediato.

Sucede que el resentido es aquel que considera siempre que no es tratado por los demás como en realidad se merece. Esta reacción emocional frente al otro no es pasajera sino que, como acertadamente lo señala Max Scheller, sobrevive y se revive y penetra cada vez más en el centro de la personalidad. El resentido vuelve a vivir la emoción misma y, por eso, es un volver a sentir, un re-sentir[i]. El resentido tiene siempre presente, siempre tiene delante de sí eso que considera como una ofensa que han cometido para con su persona. Por eso la esencia de la política de un corazón resentido, como lo señala Luciano Pellicani, consiste en no querer dialogar con el otro y en buscar, por todos los modos posibles, de golpearlo y humillarlo[ii].

El gobierno nacional ha decidido quitar la estatura de Colón del lugar que generaciones pasadas de argentinos le habían asignado. De este modo, el acto de golpear y de humillar, por parte del gobierno nacional, recae sobre todos aquellos argentinos, incluido el mismísimo Perón, en los cuales el sentimiento noble de gratitud hacia España, personificada en la figura de Colón, se había plasmado en un monumento que quería perpetuarse. La presencia en el gobierno nacional de una conciencia resentida, fundada sobre un doloroso sentido de no ser tratado según las propias expectativas, traducido en una propensión a la agresión y a la violencia, es incapaz de todo sentimiento de gratitud.

El resentimiento da paso a la elaboración de una ideología que da satisfacción permanente a la agresión y a la violencia. Ni siquiera la memoria histórica escapa a esto. Es preciso tener presente que, en el caso de la memoria histórica, el acto de memorar no implica sólo recibir una imagen del pasado (momento pasivo) sino también el de buscarla, el de “hacer memoria”. De allí que el ejercicio de la memoria, el uso de la misma, implique la posibilidad de su abuso[iii]. Y ello sucede cuando el acto de memorar está animado por una conciencia dominada por la ideología, la cual tiende siempre a legitimar el relato que surge del resentimiento; de este modo, la memoria resulta instrumentalizada y, por eso, tergiversada.

La violencia se ejerce, como puede advertirse, a través de un deliberado olvido que no afirma, no otorga, no reconoce lo debido al otro. En este caso, no sólo lo debido a Colón, y a lo que Colón representa, sino a todos aquellos argentinos que tuvieron la necesidad de dar a conocer al mundo su gratitud para con España.

El acto de no reconocimiento, el acto de negación deliberada, es una forma de una violencia profunda por cuanto implica, esencialmente, la negación del otro. El otro no es mi prójimo, el otro ni siquiera tiene el rango de compatriota: a él sólo le corresponde, en el mejor de los casos, la humillación y la descalificación.

La conciencia resentida, como se advierte, es una conciencia esencialmente injusta que niega, de modo sistemático, todo aquello que le corresponde al otro. Por eso este sentimiento es tan pernicioso tanto para quien lo padece[iv] como para quienes lo sufren, y conspira contra la necesidad, en una República, de una paz y una amistad social necesarias para que cada ciudadano, de modo libre, pueda abrazar una vida buena.




[i] Cfr. Max Scheller. El resentimiento en la moral. Bs. As., Espasa-Calpe, p. 10.

[ii] Cfr. Luciano Pellicani. I rivoluzionari di professione. Milano, Franco Angeli, 2008, nota 29, p. 109.

[iii] Cfr. Paul Ricoeur. La mémoire, l’histoire, l’oubli. Paris, Éditions du Seuil, 2000, p. 68.

[iv] Max Scheller califica al resentimiento como de auto-intoxicación psíquica (El resentimiento en la moral, op. cit., p. 14.)

Fuente imagen: minuto1.com

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