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Trump hasta ahora

Sybil Rhodes
Directora de la Maestría en Estudios Internacionales (UCEMA)

Ph.D. y M.A. en Ciencia Política (Stanford University). Lic. en Estudios Latinoamericanos (University of North Carolina at Chapel Hill). Especialista en relaciones internacionales y política comparada.

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Vie, 10-03-2017
Hasta ahora, Trump tuvo algo de reformador audaz y de republicano conservador, bastante de nacionalista xenófobo, y mucho de capitalista de amigos. Fue fundamentalmente, un líder que parece guiarse más por impulsos de su personalidad narcisista y por las obsesiones personales que la acompañan, que por convicciones ideológicas propias o de su partido. 

Las inconsistencias y las contradicciones de la campaña presidencial del candidato Donald Trump produjeron predicciones diversas sobre su estilo de gobernar. Se decía que un presidente Trump sería un constructor de puentes entre los dos partidos tradicionales, un reformador audaz, un republicano conservador tradicional, un nacionalista xenofóbico al estilo europeo, un populista que destruiría la economía y las instituciones, un capitalista de amigos par excellence, y un dictador personalista y/o desequilibrado.

Ahora que hemos presenciado más de un mes de su gobierno, aunque no se haya resuelto el enigma básico de la naturaleza y los objetivos de este presidente, sí pueden decirse algunas cosas más concretas. ¿Cuál es el verdadero Presidente Trump? ¿Alguna de aquellas siete personas ha dominado hasta ahora? ¿Desempeña el presidente algunos de estos papeles más que otros? 

Por el momento se puede eliminar una categoría completamente, la de constructor de puentes. Hasta ahora Trump no ha buscado colaboración con el partido Demócrata, ni siquiera durante el discurso inaugural, un momento que históricamente los presidentes han usado para promover, al menos retóricamente, la unidad nacional.

Los que quieren que sea un reformador audaz pueden señalar algunas evidencias, en el sentido de que ha sido propenso a implementar cambios drásticos. La orden de congelar y luego reducir las regulaciones económicas, incluyendo la eliminación de ciertas restricciones ambientales que impedían grandes inversiones en infraestructura (por ejemplo, el oleoducto Keystone XL), se puede ubicar en esta categoría.

Algunas de estas últimas medidas también son consistentes con la postura de un republicano conservador tradicional. Hay varios gestos de Trump que quedan en esta categorización. Uno de los más visibles es la nominación de Betsy DeVos (activista a favor de la educación privada y especialmente la religiosa) como Secretaria de Educación. Es tradicional pero no una reforma audaz porque la educación en los Estados Unidos se lleva a cabo de una forma muy descentralizada. Seguramente podrá impulsar un debate pero DeVos no puede implementar una revolución educativa porque no tiene la autoridad.  

¿Es Trump un nacionalista xenófobo de extrema derecha? Está claro que ha abierto un espacio a grupos a favor de causas como el nacionalismo blanco y cristiano. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la selección de Steven Bannon como jefe de estrategia, y en la primera medida migratoria que implementó el gobierno: la prohibición de entrada al país a todos los refugiados y las personas de varios países con mayorías musulmanas.  El sistema judicial ha frenado este decreto por el momento. No se puede descartar que la tendencia ultra nacionalista crezca en influencia dentro del gobierno. Sin embargo, la diversidad de la población y la tolerancia básica de la sociedad estadounidense deberían poder limitarlo.

Llegamos a la categoría de populista destructor de economía e instituciones. No hemos visto gastos insostenibles todavía (si viene será cuando presente el presupuesto al congreso en algunas semanas). El proteccionismo ya está: tenemos el ejemplo de una obligación de usar acero “Made in America” para construir oleoductos.  El presidente ha dicho abiertamente en sus comunicaciones personales que no quiere respetar los controles judiciales. Las instituciones de pesos y contrapesos ya están siendo sometidas a una dura prueba. Sin embargo, han resistido desafíos antes y probablemente puedan también procesar institucionalmente los peores impulsos extralegales de Trump.

Quizás hay mayor peligro para las instituciones internacionales que para las nacionales. Si bien es cierto que se registra mucha hipocresía en la cooperación internacional, el liderazgo por parte de los Estados Unidos de un orden global liberal tiene también muchos méritos. Algunas de las acciones de Trump, como anunciar que el país se retira del Trans Pacific Partnership pueden ser interpretadas como el abandono simbólico de una política externa que Estados Unidos ha mantenido desde finales de la segunda guerra mundial. Sin embargo, en la política externa Trump está enfrentando la oposición no solamente del partido Demócrata sino también la de algunos republicanos. 

Con la excepción de la crítica que el presidente hizo a la tienda Nordstrom por dejar de vender la línea de ropas de su hija, todavía no tenemos un gran ejemplo de capitalismo de amigos de Trump pero sí mucho potencial. Llegarán más oportunidades todavía si se concretan las reformas de infraestructura. 

Sus críticos alegan que el presidente Trump es un autoritario personalista y/o desequilibrado. Sin embargo, aunque él quiera serlo, no se convertirá un dictador si las instituciones y la sociedad lo siguen controlando. Sí, ya ha mostrado que tiene una personalidad narcisista y autoritaria. Se manifiesta en colgarle el teléfono a líderes de países aliados importantes y en sus Tweets ridículos y mentirosos demasiado numerosos para contar.

En conclusión por ahora: nada de constructor de puentes, algo de reformador audaz y de republicano conservador, bastante de nacionalista xenófobo, y mucho de populista y capitalista de amigos. Y, fundamentalmente, un líder que parece guiarse más por impulsos de su personalidad narcisista y por las obsesiones personales que la acompañan, que por convicciones ideológicas propias o de su partido. 

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