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Trabajadoras invisibles

Mercedes D'Alessandro
Doctora en Ciencias Económicas (UBA)

Nació en Posadas y actualmente reside en Nueva York. Dio clases en la UBA duran te más de quince años, principalmente en el campo de la Epistemología de la Economía. Fue directora de la carrera de Economía Política de la Universidad Nacional de General Sarmiento. En 2015 lanzó el sitio Economía Femini(s)ta.

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Mar, 22-11-2016
Ni Adam Smith ni quienes lo siguen en la historia consideran que el trabajo cotidiano en el hogar tiene un precio, por tanto, tampoco tiene un lugar en el mercado—que es el reino del análisis económico moderno—. Queda en una especie de limbo teórico. Pero el trabajo doméstico es una de las bases del funcionamiento del mundo en el que vivimos, y su peso recae mayoritariamente sobre las mujeres. 

Extracto del libro "Economía feminista" de Mercedes D'Alessandro (Editorial Sudamericana).

Lo que marca el inicio de la Economía como ciencia —en ese larguísimo tratado que publica Adam Smith— es la aparición de su objeto de estudio: la sociedad capitalista naciente. A veces todos parecemos olvidar que el capitalismo es un sistema social con fecha de inicio, y que previo a él hubo otras formas de organizar la sociedad y su producción: sociedades sobre la base de la servidumbre o la esclavitud; mundos en los que el dinero desempeñaba un rol secundario (si es que había) y en donde la dominación de unos sobre otros se justificaba a través de la religión, el poder físico, atributos suprahumanos, entre otros. Smith, contemporáneo de Newton y fascinado por la teoría de la gravedad, encuentra en el mercado su propia ley de gravitación universal: hay algo que hace que los precios se muevan alrededor de un punto de equilibrio y converjan a él. Más aún, ¡hay precios! ¿Por qué una cosa se intercambia a un determinado valor y no más o menos? ¿Cómo es que productores que quizá ni se conocen o que trabajan de maneras distintas (en tiempo o capacidad) terminan ofreciendo una cosa al mismo precio que el otro? En definitiva, ¿cómo diablos se determinan los precios? ¿De dónde salen? Smith encuentra leyes, ordena conceptos, expone un sistema, enuncia cómo se comportan estas leyes en ese sistema y orienta la discusión económica fuera del terreno de la opinión: ahora se trata de indagar los fundamentos y mecanismos que desenvuelve el mundo ante nuestros ojos. Para Smith, los humanos tenemos una propensión natural al intercambio y es el mercado el que ordena mágicamente cuánto, cómo y qué producir, es quien resuelve todas las incógnitas de trabajadores y capitalistas en un precio de equilibrio. Pero en el idilio mercantil de Smith hay varias cosas que no aparecen. A lo largo de sus miles de páginas enfocadas en el sistema de precios, omite preguntarse los trabajos que hace una gran parte de la población, que quedan situados fuera del mercado. Esta es una discusión conceptual, que tiene que ver con la construcción de la teoría económica no solo de Smith, sino de casi todas las teorías que continúan sus ideas o las critican (todas, básicamente). Ya en este punto inicial del viaje de la ciencia económica podemos encontrar un primer traspié teórico.

Por eso es que Katrine Marçal apunta muy bien sus cañones cuando plantea en su ensayo “¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?”. Ni Smith ni quienes lo siguen en la historia (neolibe-rales, keynesianos, marxistas o austríacos y sraffianos, entre otras tantas corrientes de pensamiento económico que quizá no son tan famosas) consideran que el trabajo cotidiano de hombres y mujeres en sus hogares no tiene un precio, por tanto, tampoco tiene un lugar en el mercado —que es el reino del análisis económico moderno—. Queda en una especie de limbo teórico.

El trabajo doméstico es una de las bases del funcionamiento del mundo en el que vivimos: hay que preparar la comida, para eso hay que hacer las compras, tener las ollas y sartenes limpias; alguien se ocupa de eso. Nadie va a su trabajo con la ropa toda sucia y sin comer (bueno, en general), por eso estas tareas tan fundamentales como ineludibles llevan muchísimas horas de esfuerzo y si bien es posible pagar por ellas, en general se hacen gratuitamente como parte de una actividad familiar. Pero como vimos antes en una colección de datos de todo el mundo, la carga de su ejecución está asimétricamente distribuido y su peso recae mayoritariamente sobre las mujeres. Así es como, en consecuencia, las mujeres tienen menos posibilidades de incorporarse en el mercado laboral y, cuando lo hacen, es en peores condiciones, con salarios menores y mayor informalidad. 

Además, la mayoría de las veces ello es a costa de una doble jornada laboral: en el mercado y en el hogar. Esto no aparece en el sistema teórico de Adam Smith, ni de los neoclásicos, ni en Keynes o Marx. Podríamos pensar que se debe al contexto histórico, con mujeres que —en el caso de Smith o Marx— ni siquiera tenían el derecho a votar. Sin embargo, tampoco lo ve Paul Krugman, o el último Premio Nobel de turno. Para todos ellos el foco del análisis está en las cosas que tienen precio. A partir de esta discusión que toma un elemento fundamental de la teoría económica como lo es el concepto de trabajo, se abren muchas otras. Marilyn Waring (1999) planteaba que el sistema de medición del Producto Bruto Interno, más conocido como PBI, es directamente arbitrario y desconoce en absoluto el aporte que las mujeres hacen día a día a la economía de un país. El PBI es una medida de lo que se produce en un país durante un período de tiempo; de hecho, una de las más importantes que destinado al trabajo social y el lugar destinado al trabajo privado, una de las más importantes que indica cuán grande y pujante puede ser una economía; pero en esta contabilidad se omiten las tareas que se hacen en los hogares de manera gratuita y se subestima así la contribución económica de las mujeres; las pone en las filas de los llamados trabajos no productivos. La mayor parte de la economía feminista coincide en la necesidad de medir y asignarle un lugar en las cuentas nacionales a los trabajos de cuidados. Para desempeñar esta función doméstica, las mujeres están dejando de estudiar, trabajar en el mercado, están perdiendo años de aportes para su jubilación del futuro y posibilidades de desarrollo y realización personal. Son costos muy altos. Pero además, el hecho de no incorporar su medición tampoco permite evaluar el impacto de medidas económicas y, muchas veces, se termina empeorando la situación de las mujeres, provocando mayor desigualdad: la variable invisible de un modelo es la primera que se ajusta (por omisión). Los recortes presupuestarios en salud o educación, por ejemplo, son absorbidos por las mujeres en sus casas: ellas son las enfermeras de sus hijos o padres mayores, son quienes tendrán que dejar sus propias ocupaciones para atenderlos porque no hay disponibles jardines maternales o geriátricos.

En muchos modelos económicos se supone que las decisiones que toman los individuos pasan entre trabajo y ocio, por ejemplo, y en ninguna de estas opciones aparece algo como el trabajo doméstico. No es ocio porque nadie podría decir que barrer, planchar y cuidar enfermos son actividades de descanso y distensión, pero a su vez tampoco se compran y venden, no tienen precio, ergo no son “trabajo”. Hay muchos esquemas de microeconomía laboral que explican (o intentan explicar) cómo se distribuye en cada hogar cuánto tiempo dedica cada miembro de la familia al trabajo en el mercado y al trabajo doméstico. “Básicamente, la decisión se toma basándose en las famosas ventajas comparativas de cada individuo: de esta manera, la elección racional sería que el que gana más dinero (que, como habrán adivinado, es el varón) tenga un empleo remunerado y la que gana menos se quede en la casa. Este tipo de razonamiento toma como dada la brecha salarial y adapta los comportamientos a ella”, comenta Magalí Brosio, economista feminista. Es que, en gran parte de la teoría económica, los factores culturales o educativos están aislados y parecen no formar parte de la investigación económica. También hay quienes distinguen trabajos femeninos (psicóloga, maestra,enfermera) de trabajos masculinos (ingeniero, programador, gobernador): las fuerzas de la oferta y la demanda hacen que los masculinos se paguen mejor y los femeninos peor. Al parecer, la mujer económica no es tan racional (o inteligente) como el homo economicus, que rápidamente se hubiese cambiado de carrera persiguiendo un mejor pago.

La crítica de Silvia Federici (de la segunda ola feminista en los setenta) también está dirigida al rol de la mujer en el proceso productivo: el hecho de que el trabajo doméstico aparezca como un atributo de la feminidad lo convierte en un trabajo que se hace por amor. En un mundo en que todas las cosas tienen precio, Federici reclama salario para esa ama de casa desesperada de la que hablábamos antes. Esto no solo le permite a la mujer participar en la lucha de clases (a la que antes solo estaba invitado su marido), sino que ese salario es una forma de poner a hombres y mujeres en pie de igualdad. “El simple hecho de reclamar un salario para el trabajo doméstico significa rechazar este trabajo como expresión de nuestra naturaleza y, a partir de ahí, rechazar el rol que el capital ha diseñado para nosotras”, explica Federici. Desde su perspectiva, el reclamo de lugares de cuidado, pago igualitario, lavaderos gratis y lo que se quiera no cambia en nada si no se ataca el problema de raíz, que es el hecho de que el trabajo doméstico no sea considerado lo que es, un trabajo. Una profesión tampoco implica una liberación para la mujer, “el segundo trabajo no solo aumenta nuestra explotación sino que reproduce nuestro rol en diferentes forma (…) No solo nos convertimos en enfermeras, sirvientas, maestras, secretarias —todas funciones para las cuales estamos bien entrenadas en casa—, sino que estamos en el mismo aprieto que entorpece nuestras luchas en el hogar: el aislamiento, el hecho de que dependan de nosotras las vidas de otras personas y la imposibilidad de ver dónde comienza y termina nuestro trabajo, dónde comienzan y acaban nuestros deseos. ¿Llevarle un café al jefe y charlar con él acerca de sus problemas maritales es trabajo de secretaria o un favor personal? El que tengamos que preocuparnos acerca de nuestra imagen en el trabajo, ¿es una condición laboral o resultado de la vanidad femenina?”. 

Estas críticas, entre tantas otras, todavía aparecen como elementos dispersos. Es justo aquí donde está el desafío conceptual de la economía feminista que necesita inscribirse en la teoría económica pero ya no como un capítulo aparte, un anexo, sino más bien como una pieza que hasta cierto punto reorganiza la construcción teórica. Es el momento en el que el homo economicus se cruza con la mujer económica, o que el obrero explotado se da cuenta de que, entre sus condiciones de explotación, hay más explotación aún —la de sus esposas e hijas—.

No se trata de “mujeres haciendo economía”, sino de científicos pensando su objeto de estudio desnaturalizando y rearmando sus ideas. Hay toda una revolución conceptual en puerta.

 

El libro va a tener varias presentaciones a lo largo de diciembre. Más información acá.

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