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Sobre víctimas y derecho penal

Betina C. Riva
Lic. Historia (UNLP)

Doctoranda en Historial (UNLP). Becaria Conicet.

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Mié, 12-04-2017
El Derecho penal tiene una larga y rica historia que al ser conocida permite entender, un poco mejor, por qué algunas cuestiones continúan repitiéndose hasta nuestros días. En este sentido, la historia legal permite comprender sucesos del hoy y, quizás comenzar a cambiar prácticas o ideas que llevan tanto tiempo en la sociedad que parecen “naturales” o “indiscutibles” porque se han vuelto “de sentido común”.

 A través de la historia del derecho se puede encontrar que, en verdad, algunas de las ideas subyacentes a todo ese universo de conceptos siguen siendo bastante similares a las del siglo XIX o incluso anteriores. Esto no quiere decir que el mundo del derecho no se renueve ni cambie, pero lo hace lentamente y pocas veces al mismo ritmo que lo hace la sociedad o el mundo normativo. A veces incluso lo hace con excesiva lentitud para los problemas contemporáneos. Algunos ejemplos de esta dificultad pueden verse en los casos de violencia sexual o doméstica con víctimas no sólo femeninas sino masculinas, entre parejas del mismo sexo, de mujer a mujer medie o no vínculo afectivo, donde un miembro es transexual, o en los casos de violencia sexual hacia una prostituta. Por otro lado, tampoco resulta sencillo aceptar la violación dentro del matrimonio en sí mismo sin un contexto de violencia general. 

En el siglo XIX se consideraba que la mujer, biológicamente definida (se entendía así, por sus genitales) era la principal víctima de los crímenes sexuales, no sólo porque su cuerpo era aquel sobre el que podía cometerse “naturalmente” el delito sino por otras características que tenían que ver con la imagen de lo que una “mujer” especialmente joven, era: pasiva, inexperta, con poco deseo sexual. Además, era central que la víctima hubiera sido virgen antes del ataque, si no lo era, sólo por eso, era sospechosa, aunque algunos doctrinarios ponían esto en tensión. Si estaba casada, podía denunciar el delito si era cometido por un tercero (e incluso entonces podía no ser atendido su reclamo si su marido no acompañaba la denuncia), aunque era discutido en los textos académicos. Si se trataba de una prostituta, cuyo ataque estuvo penado específicamente hasta 1886 aunque con penas muy inferiores, se hablaba de la dificultad de la prueba (en tanto no había virginidad) y sobre los peligros inherentes a la profesión, aunque se rescataba específicamente que no por dedicarse al meretricio había perdido el derecho a disponer de su cuerpo. Más tarde se consideró que ella quedaría contemplada en la figura genérica de la violación. Sin embargo, la prostitución masculina, aunque conocida desde antiguo, no recibía la misma protección.

Más difícil era el caso de los hombres. Hasta 1903 el ataque sexual sobre ellos no se codificó específicamente (que no quiere decir que no se persiguiera y castigara en algunos casos, invocando la figura de sodomía, que en estos tomaba un significado particular). Y después de esa fecha sólo se protegía al menor de hasta 12 años. Es decir a partir de esa edad, el varón no podía ser violado para el derecho penal, no podía ser una víctima.

El varón menor, igual que la mujer, podían ser “corrompidos” figura que hasta hoy presenta serios problemas de interpretación ya que la definición de qué es la corrupción sexual, sus medios y consecuencias son materia de debate[1]. En cambio, se consideraba que sólo la mujer podía ser prostituida por la fuerza o el engaño. Hoy aún resulta muy difícil pensar esta cuestión y la trata con fines de explotación sexual en el varón.

El cambio de denominación del título correspondiente en el código penal de delitos contra la honestidad a delitos contra la integridad sexual (ley 25.087 de 1999), pareció finalmente modernizar este universo al pasar de la protección de una “calidad” o “cualidad” de las posibles víctimas (su intangible “honestidad” o su tangible “virginidad”) a la libertad para disponer del propio cuerpo, a un ejercicio libre y no coercitivo de la sexualidad. Sin embargo, social y judicialmente los mitos de la violación (algunos recogidos magistralmente por Irene Intebi[2] y por Pedro A. Gutierrez[3]) continúan teniendo tanta fuerza como en el siglo XIX. Así, una mujer que sale de madrugada y es atacada por un desconocido resulta para algunas personas y representaciones mediáticas, o para cierto sentido común “menos víctima” que una mujer que salió de su casa o de su trabajo en una hora “menos sospechosa” y sufrió lo mismo. El temor a la mentira de la mujer o de los niños continúa siendo un rector, la idea de que hay más falsas denuncias que ataques verdaderos, resulta, como sostienen Intebi y otros autores, una fantasía que hace sentir a la sociedad más tranquila, más segura. Existen las falsas denuncias? Por supuesto. Puede generalizarse a partir de un o unos pocos casos? No, no se puede.

Por otro lado, los ataques sexuales a personas que no son pensadas como “víctimas principales” o “víctimas ideales” en términos de lo que se espera encontrar o escuchar de estos delitos, genera la idea de que el hecho es cuasi imposible. La llamada “violación inversa” de una mujer a un hombre ha despertado más burlas que un estudio serio de su realidad, quizás porque aún pensamos que la violación sólo puede ocurrir con el miembro del varón o porque creemos que una mujer no puede ser violenta, por la asociación todavía tan presente de la mujer como pasiva, protectora o maternal. Recién en 2015 apareció un primer fallo de casación que confirmó la condena a una mujer por el abuso sexual agravado de su hijo[4]. La violación de mujer a mujer es otro tema tabú, aunque no por eso completamente invisible[5].

En líneas generales, frente a estas problemáticas la respuesta más general es decir que las estadísticas no muestran a estas víctimas o no lo hacen en forma suficiente. ¿Cómo podrían hacerlo si la propia sociedad se ríe o minimiza la idea de que estos delitos puedan ocurrir en hombres (aunque se acepta un poco más que ocurre en niños siempre que el agresor sea varón), entre mujeres o hacia una trabajadora sexual? ¿Cómo podrían aparecer si la propia denuncia resulta a veces imposible? En este punto la ausencia de estadística no habla de la inexistencia del problema sino poca o nula de intención de verlo y de comprender que no sólo las mujeres son víctimas de violencia sexual por los varones. Que no quiere decir que no lo sean y que no lo sean en un gran número.

Es cierto que hoy los delitos sexuales se denuncian más. Indudablemente se discuten más y se hacen públicos. Sin embargo, todavía hoy los hombres y mujeres que intentan denunciar estas violencias de las que han sido víctimas se encuentran con que son ellas quienes deben “demostrar” que sufrieron un delito. Es su cuerpo el que sigue siendo la prueba principal, pero también su lenguaje, su forma de contar lo que les ocurrió. Y en estas cuestiones entran valoraciones subjetivas y personales de lo que distintos profesionales consideran un relato verídico o sincero. Se ignoran, en algunos casos, los tiempos del trauma (¿por qué no denunció antes?), se ignoran los mecanismos de defensa (¿Por qué cuenta todo con tanta frialdad? ¿Cómo puede ser que no recuerde cada detalle, cada minúsculo hecho del ataque?). Se espera de alguna manera que el tiempo vital de la persona quede detenido, siempre debe ser víctima, ese hecho debe definir toda su vida, no debe olvidar ningún detalle o su testimonio puede ser considerado poco creíble.

En este sentido, los imaginarios decimonónicos continúan bien afianzados en la sociedad. Es hora quizás de empezar a pensar, oír y mirar también a las “otras” víctimas, porque esto nunca implica dejar de hacerlo con las que finalmente pudimos empezar a escuchar.




[1] Un ejemplo interesante el fallo: “B.A.H.L. p.s.a. promoción de la corrupción de menores –Recurso de Casación”, Córdoba, 2012 o el tristemente célebre “Tolosa, Mario s/ Recurso de Casación”, La Plata, 2014 y la sentencia de la Corte bonaerense “Altuve, Carlos Arturo -Fiscal- y Roldán Jorge Armando -Fiscal-. Recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley en causa nº 53.810 del Tribunal de Casación Penal, Sala I, seguida a Mario Tolosa”, La Plata, 2016

[2] Intebi, Irene Abuso sexual infantil: En las mejores familias. Ed. Granica, Bs. As., 2013

[3] Gutierrez, Pedro A. Delitos sexuales sobre menores, La Rocca, Bs. As., 2015

[4] RMN s/ recurso de casación

[5] Como se puede ver en P.A. s/ abuso sexual agravado, Mar del Plata, 2004

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