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Sin un debate en serio, Stephen Paddock seguirá disparando en Las Vegas

Ex editor de Política del diario La Nación. Editor general de Bastión Digital.

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Mar, 03-10-2017
La peor matanza en Estados Unidos volvió a abrir la discusión sobre la violencia doméstica y el derecho constitucional a poseer armas de fuego, resistido por unos y defendido por otros como un símbolo de las libertades individuales.

WASHINGTON

En la noche del 1 de octubre una nueva matanza enlutó a los norteamericanos cuando Stephen Paddock abrió fuego en Las Vegas contra la multitud durante un concierto de música country. El atacante tenía un arsenal en su poder. Hizo cientos o miles de disparos. En su cuarto de hotel con vista al estadio donde se hizo el concierto, tenía el poder de fuego de un pequeño regimiento. Armas y balas que compró libremente en un mercado que permite la tenencia privada de armas de guerra. Que las glorifica como si se tratara de un símbolo patrio, representación brutal de la libertad individual, la conquista del Oste y el self made man, la gran utopía de un país que celebra el individualismo hasta sus últimas consecuencias. Esta es una de esas consecuencias. 
En algunos Estados se pueden comprar armas de grueso calibre casi sin preguntas y con muy pocos controles. Incluso se las puede portar legalmente en la vía pública. La mayoría de los usuarios norteamericanos citan la necesidad de protegerse como razón para tener un arma. Es un alivio que ese argumento no se haya popularizado en Argentina y otros países de la región. Las armas están naturalizadas en Estados Unidos, su tenencia constituye un derecho más de los ciudadanos, al igual que el voto y la religión. Tiene rango constitucional en la célebre segunda enmienda. Pero aún así dividen a la opinión pública: como en casi todos los aspectos de la vida política norteamericana, una grieta se ensancha en el debate sobre las armas cada vez que se produce una masacre como la de Las Vegas. La división recorre las filas partidarias. Una mayoría de republicanos, el partido que llevó a Donald Trump al poder, no ve relación alguna entre la cultura de las armas y las recurrentes matanzas indiscriminadas. Lo contrario opina la mayoría de los demócratas. Los fabricantes y vendedores de armas operan sobre esa grieta para asegurarse que la legislación no cambie. El statu quo es su mejor negocio. Por eso es tan fuerte el lobby de la NRA (la Asociación Nacional del Rifle) y tan grandes los recursos que esos sectores vuelcan a las campañas republicanas. 
Los defensores de las armas pulsan, además, una cuerda sensible en la era Trump: la amenazada identidad estadounidense, una línea subyacente en buena parte del voto que se volcó al candidato republicano en la última elección. El hombre blanco, cuyo predominio de la vida pública norteamericana está en retroceso, libra una lucha simbólica en varios frentes. Sin el derecho a portar armas, con su identidad recortada, quienes quieren destruir el american way of life habrán ganado una batalla más. Según el punto de vista de estos sectores, además, la sociedad norteamericana es virtuosa y la misión de Estados Unidos en el mundo es llevar luz a los rincones oscuros del planeta, lo que a su vez entraña peligros: siempre habrá quienes quieran terminar con el poderío norteamericano y su capacidad para influir de manera positiva. El enemigo pueden ser los rusos, los norcoreanos, el fundamentalismo islámico o los invasores mexicanos. La amenaza para ellos es siempre externa. Esa visión ignora o soslaya los peligros internos y ese olvido es el riesgo mayor. En la medida en que se postergue un debate en serio sobre la tenencia y el control de las armas tragedias como la de Las Vegas seguirán ocurriendo. Stephen Paddock, haciendo uso de su derecho constitucional a poseer un arsenal de guerra, seguirá disparando su odio sobre una multitud inocente. 

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