Bastion Digital Argentina

Leé mejor, mirá diferente

Ingresá con

The Simplifier

Jimena Zúñiga
Economista (UNC), Master en Políticas Públicas (Harvard)

Antes Directora de Innovación en Políticas Públicas en la campaña Sanz-Llach, Barclays Capital, Banco Mundial, Africare Senegal y GDN. Columbia Publishing Course. Fundé BASTION Digital.

-A A +A
Lun, 17-02-2014
The Economist puede inspirar un asentimiento autocomplaciente, pero difícilmente implique aprender algo nuevo sobre un tema familiar. La última tapa dedicada a la Argentina está repleta de inconsistencias, cabos sueltos y comparaciones sesgadas con datos convenientes.

En el invierno de 2011, una amiga vietnamita llevó a una de las reuniones que solía organizar en Nueva York a un chico inglés recién llegado a la ciudad. Alto, pelirrojo y con un humor seco prodigado con acento londinense, Paul calzaba impecablemente con el estereotipo británico. Durante la comida, hablando de un viaje por África, alguien comentó que si uno era occidental, la gente inmediatamente suponía que uno era rico. Paul dijo que en Estados Unidos pasaba lo mismo: si uno era inglés, la gente inmediatamente suponía que uno era inteligente.

La sistemática calidad del lenguaje en The Economist puede estar causando lo mismo: la suposición de que la revista entrega pronósticos o análisis incisivos sobre la realidad en vez de meros resúmenes de situación; su elevación a status de autoridad intelectual global más allá de sus posibilidades.

The Economist fue fundada por James Wilson en 1843 con el objeto de “tomar parte en la batalla entre la inteligencia, que empuja hacia adelante, y la ignorancia tímida e indigna que obstruye nuestro progreso”. Con un seguimiento bastante factual, condensado y elegante de las noticias globales, en marzo de 2012 alcanzó una suscripción de 1,5 millones en la edición impresa y 123 mil en la versión digital. Muchos de estos suscriptores, según la propia revista, constituyen la elite política y corporativa global.

Pero a pesar de este éxito innegable, The Economist permanece a una marcada distancia de su pomposa misión. Aunque resulta eficiente para informarse de temas que uno no sigue, se limita fundamentalmente a un repaso mecánico de esos temas. Y aunque bien redactada, contiene fundamentalmente sabiduría convencional.

Leer The Economist puede inspirar un asentimiento autocomplaciente, pero difícilmente implique aprender algo nuevo sobre un tema familiar. O logre sorprender. O incite a revisar una convicción arraigada.

Todo esto no tendría nada de malo si no fuera por la pretensión que la revista exuda. O si no fuera porque, en parte alentados por su marketing, los lectores de The Economist suelen confundir la prolijidad y economía de su prosa por perspicacia.

Este es también el caso de las notas sobre Argentina en la edición del 15 de febrero, la nota de tapa, “The parable of Argentina”, y el allí citado y más detallado briefing, “The tradegy of Argentina: A century of decline”. Entre ambas cubren todos los clichés posibles sobre el país: el pasado esplendor, el fútbol, la carne y los frigoríficos, la culpa de los militares, el modelo agro-exportador versus el industrial mercado-internista, la sensualidad del tango y hasta los good looks.

Hay un atisbo analítico en el briefing al enumerar tres candidatos para explicar nuestro innegable declive relativo –dependencia de commodities combinada con mala educación, política comercial, instituciones débiles. Pero es una elección entre poco original y caprichosa, cuya fundamentación está repleta de inconsistencias, cabos sueltos y comparaciones sesgadas con datos convenientes para reforzar un punto o simplemente a mano .

¿Por qué, por ejemplo, es terrible que Argentina haya sido dependiente de commodities desde 1914, pero no fue un problema en los 43 años precedentes, cuando el artículo reconoce creció a 6% por año o --según otro artículo en una edición de 1997-- era la “época dorada” (sic) gracias a su exportación de trigo, carne y lana a la Inglaterra imperial? ¿O por qué fue un problema en Argentina, pero no en Latinoamérica, que fue cerrando sus brechas de producto con respecto a Argentina? ¿O en Australia, citada entre los pocos países más ricos que Argentina en 1914? Curiosamente el artículo “explica” que lo que pasó fue que Australia desarrolló una economía de base más amplia  y “creció más rápido”. Luego “explica” que esto sucedió porque Australia tenía una democracia en la que la clase trabajadora estaba representada; y en el mismo párrafo reconoce  que Argentina tuvo sufragio universal (masculino) desde 1912. 

Un poco más original pero pobrísimamente fundamentada es la noción de que el declive fue por culpa de la educación. The Economist repasa que, comparado con un 95% de alfabetización en Chicago, “menos de tres cuartos de la población de Buenos Aires sabía leer”, pero solo unos párrafos antes había contado como un elogio que “la mitad de la población de Buenos Aires no había nacido en el país”. ¿No sería por eso que no sabían leer?  Y desmereciendo lo adelantado que fue el país en sancionar una ley de educación pública gratuita, laica y obligatoria, critica la escasa educación superior. ¿Eran mejores las cifras de educación superior en Australia, al menos? Misterio: la nota no se molesta en averiguarlo.

Lo mismo pasa con las supuestas consecuencias de ese supuesto déficit educacional: “Argentina consumió tecnología del exterior en vez de inventar la propia”. ¿Acaso no fue el caso de los otros países periféricos, quienes crecieron más que Argentina?. O “los inmigrantes se gastaban la plata en vez de ahorrarla”.  ¿Al contrario de lo que pasaba en Brasil, el cual según el artículo cerró una ventaja de 1 a 4 veces el PIB per capita con respecto a Argentina, y cuya tasa de ahorro hoy no supera 15%?

Ni hablar sobre el cliché de las malas instituciones. The Economist salpica una enumeración que va desde los golpes militares, a intentos de reforma constitucional, a débiles derechos de propiedad. Nada que no comente algún cuñado en alguna mesa de navidad y con similar tono y fundamentación: ¿derechos de propiedad?: “preguntale a Repsol”.

Esta superficialidad afecta sobre todo al contenido de la revista, pero a veces contamina hasta su fuerte, su estilo. Los títulos de The Economist en general apelan al ingenio y a juegos de palabras y le hacen honor al dictamen “Brevity is the soul of wit”. Pero es un buen hábito degenerado en fórmula.

Por ejemplo, estaba ok, tal vez, “South American airlines: Don’t fly with me, Argentina”. (7 de junio de 2001). Pero tuvo que seguirle “Don’t cry for me…” (13 de julio de 2001). También “Tony Blair in Latin America: Crying for Argentina—and farm trade”. Y “Argentina's election: Don't cry for Menem”.  ¿Era necesario “Don’t lie to me, Argentina” (25 de febrero de 2012)?. 

En Politics and the English Language, George Orwell enumera como regla “nunca usar una metáfora, símil u otra figura de discurso que uno está habituado a ver impresa”. Lo único que me sorprendió de la tapa de The Economist esta semana es que no la hubieran titulado, otra vez, con alguna variante de “No llores por mí Argentina”. Pero al leer la nota, allí estaban, inevitables, sus dos subtítulos: “All through my wild days, my mad existence” y “They are not the solutions they promised to be”. ¿No tenemos otra canción? ¿No había otra referencia? Ah, sí: “Argentina: the last tango” (21 de junio de 2001).

Lo malo de estas fórmulas es que reflejan la vagancia que el mismo The Economist dice despreciar. Y apelan justamente a la “ignorancia tímida e indigna” de un lector que se puede sentir halagado por conocer la referencia en vez de desafiado y motivado por no haberla escuchado nunca. 

Esta adopción complaciente de una fórmula mecánica para limitarse a narrar lo sabido no es gratuita. Muchas veces, tanto para diseñar política económica como para tomar decisiones financieras, cuando un hecho se transforma en sabiduría convencional es demasiado tarde.

Un trader del banco suizo UBS solía decir: “cuando llega a la tapa del Financial Times hay que vender”. The Economist ha desempeñado este rol de buen profeta por contradicción numerosas veces en los últimos años. Ningún problema si no fuera una revista que se jacta de ser “what leaders read”.

El 23 de octubre de 2003, por ejemplo, tituló su nota de tapa “The End of the Oil Age”: justo antes de que los precios del petróleo comenzaran su largo camino de ascenso. De forma similar, su tapa del 12 de noviembre de 2009 fue titulada “Brazil takes off”, pero menos de cuatro años después, el 28 de septiembre de 2013,  Brasil volvió a la nota de tapa con la pegunta “Has Brazil blown it?”.  El 11 de septiembre de 2010, cuando nuestra región se encaminaba a un crecimiento real del PIB del 6%, su nota de tapa fue “The rise of Latin America”. El crecimiento se desaceleró a 4,6% en 2011, 2,9% en 2012 y 2,7% en 2013. 

En el caso de Argentina, su falta de valor predictivo fue sistemática. El tono durante los 90 fue todo menos precavido. El 12 de junio de 1997 alabó la recuperación como duradera, basada en “inversión y exportaciones”. Y no parecía tan desdeñosa de la producción primaria, elogiando el desarrollo de nuevos cultivos como “ajo, fruta y aceitunas” (sic) y un nuevo código minero.

En 2001, narró detrás de los hechos y de manera inexorablemente tentativa una crisis en gestación por años. El 8 de marzo tituló “Can Lopez Murphy save Argentina?”, solo para preguntarse, 12 días después, sobre Cavallo “Can Argentina’s most charismatic and controversial economist end the country’s recession?”. El 13 de noviembre de ese año tituló “Argentina on the brink?”, para preguntarse tres días después, “Back from the brink?”. Y así una cantidad de titulares terminados en signos de interrogación para coronar preguntas que podría hacerse cualquiera y que sus artículos no responden.

Un punto para The Economist es que, contrariamente a late-comers como Paul Krugman, ya en 2006 sugería problemas de sostenibilidad en la recuperación, en 2007 directamente hablaba de overheating y en 2008 denunciaba la nacionalización de las AFJP como miope –todo correcto, aunque para nada ajeno al grueso de la profesión local. Fuera de eso, corrió ingenuamente hacia una sucesión de espejismos de cambio en los últimos años, como la posibilidad de negociación con los holdouts en  2008 “Argentina: Better late than never” (25 de septiembre de 2008) o la posibilidad de un cambio de curso en 2009 “Argentina's mid-term election: A chance to change course” (18 de junio de 2009), o la muerte del kirchnerismo con la muerte de Néstor Kirchner “Latin America: The passing of kirchnerismo” (28 de octubre de 2010). 

Soy extremadamente crítica de la política económica argentina, por razones que detallo acá y acá. Pero ver nuestro siglo de decadencia encapsulado en la tapa de The Economist no agrega ninguna razón para preocuparse, a menos que a alguien le preocupe que esa decadencia integre el small talk de algún dentista californiano que lleva un Malbec a alguna comida. Es más, si fuera un poco más supersticiosa, diría que nos puede traer suerte.

En defensa de The Economist, la revista no se autodenominó The Prophet (tal vez porque estaba tomado por Khalil Gibran) ni tampoco The Philosopher. Se adjudicó en cambio el título de una profesión –casualmente la mía- legendaria por su pensamiento unilateral. Si consideramos como benchmark a los mejores de mis colegas, sin embargo, tampoco se merece ese nombre.

Foto de Sebastián Zírpolo.

Danos un "Me gusta" en Facebook y seguinos en Twitter.   

Registrate para hacer comentarios y recibir nuestra newsletter.  

Si vos también tenés algo que decir, decilo en BASTION Digital.

Comentarios

  • nah
  • mmm
  • aprobada
  • aplausos
  • ovación

Más en Bastión

BASTION en el mundo