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Siento cosas por mi

Isabel Peña
Artista visual

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Sáb, 15-03-2014
Siento cosas por mi (jueves 21hs, El camarín de las musas) explora la dificultad que tiene el ser humano para construir relaciones sin perder el eje en el intento. No hay una pizca de ingenuidad en esta operación teatral.

No es un recital, pero en el centro de la escena Diego Becker toca la guitarra. Le creo, supongo que es músico. Perece haber alguien de otro palo en el escenario. Lo que sería una acción invisible del sonidista está in situ, en primer plano. ¿Está actuando? Acá los actores cantan y los músicos actúan.

Una mujer prepara el territorio. Transforma un catre en sillón y se sienta ahí con su pareja para dar paso a un interminable dialogo entre ellos. El  piso de la escenografía a cargo de Laura Gamberg está cubierto de gomaespuma, como si un perro hubiera desperdigado el contenido de un almohadón con furia lúdica.

La pareja (Vanina Montes y Claudio Mattos) habla sobre estar a punto de dar un paso que cambiará todo. Algo nuevo va a ocurrir. Montados a esa expectativa, el tiempo anterior al momento dramático, ya nos parece menos feliz, más monótono. Pero rápidamente este preludio, por dinámico que sea, amenaza con no tener fin. Y no  se dice en qué consiste ese cambio. La tensión entre la expectativa de cambio y las limitaciones del ser humano para lograrlo, foguea o incinera todo. La comunicación parece una utopía que no se asume como tal, y está en crisis.

Los personajes se pelean, se lastiman, prevén lo mas terrible, se echan la culpa, proyectan, no se ven, no se escuchan, lamentan en lo que se han convertido, divagan. De golpe, ella dibuja un silencio estirando el brazo hacia su pareja que de todos modos  como inerte, no pareciera querer interrumpir su monólogo. Le hacen loop al vacío, a la distancia entre ellos, al lleno de palabras. Se gritan cosas horribles. Dicen que gritamos cuando los corazones están alejados.

La música y una vecina paracaidista (interpretada por Virginia Mihura) harán preciosas interrupciones. De una forma rara y precisa, se nos mantiene al vilo con recursos diversos, mixtos, hábilmente impuros. 

La vecina los invade con la palabra y ocupa un lugar en el sillón, metiéndose entre la pareja en cuestión, pero es olímpicamente ignorada. Aunque les cuente que se acaba de tirar por el balcón, y enumere razones por las que eso le salió mal, al igual que su amor frustrado. Pero nada logra conmoverlos. El intenso monologo de la vecina no los inmuta, hasta un momento en el que ella está a punto de prender un cigarrillo. Quizás prender ese pucho se parezca al cambio que se propone desde el principio de la obra. Solo ante ese gesto ellos dos se unen, para dirigirle la palabra. Y lo hacen civilizadamente, poniéndole un límite: “Nosotros no fumamos”. ¡Aleluya! Es posible encontrar un punto de complicidad  irrefutable en esta pareja. Su indiferencia hacia el drama de la vecina es diplomática, silenciosa. Se emparenta con una lógica presente en el resto de la obra: la desconexión. Pero en este caso es consensuada en un pacto tácito. Aunque se hayan fumado sin chistar todos los rollos de la vecina, su casa es definitivamente libre de humo.

Y retoman la guerra de palabras sobre el amor en las que la empatía brilla por su ausencia. Se nos hace un vicio. Los personajes se arrastran en una cantinela sentimental italiana. Y vuelve la guitarra. Mal domesticados por sus mentes, añoran, temen, mencionan a su animal salvaje. La palabra entrelaza nuestra risa pudorosa.

Los cuerpos contradicen al guión. No es casual esta disociación. Hay algo de la tragedia colectiva contemporánea que asoma. Algo de la distancia entre lo que hacemos y lo que decimos, entre lo que deseamos y podemos. Se siente el peligro de enceguecer ante el espejo de la pareja. Sobre todo cuando lo que refleja es de terror. No hay una pizca de ingenuidad en esta operación teatral. Es como un rollo gigante que explora la dificultad que tiene el ser humano para construir relaciones sin perder el eje en el intento. To see or not to see, es la cuestión, sobre todo cuando ver al otro parece ser una odisea.

Está la música en vivo, y el texto que brota a borbotones, con destreza. En la bolilla del amor, apelan a la guitarra, se guitarrean a si mismos. Como si la vida fuese un examen imposible de analizar, de responder con verdad, de tomar demasiado en serio. Sintonizamos con sus patinajes fuera de pista, porque vienen con la risa, palpando realidad. Nos hundimos en la profundidad de los textos, porque hay bocanadas de humor y levedad. Las actuaciones son valientes, de esas que dan más pudor por estar allí en vivo, y nos empujan a reír, abrazando al sinsentido.

Mattos, el dramaturgo, encarna a un ser de su autoría, que está perdido en las palabras. Mihura, la directora, se arrastra desesperada entre los actores que no la registran. Aunque los pensamientos y las categorías sean promiscuos hay algo que esta bien claro. En el abrumante hogar de esta pareja, en esta sala de teatro, no se fuma.

La obra se burla del enrosque autorreferencial típico de los sobre analizados. Resume la peor contracara de las parejas que no logran ser felices a pesar de la libertad que les otorga no tener hijos de los que ocuparse. Los protagonistas se quejan y su infelicidad se hace más patente frente al combo familiar que vende el sistema. Se sospecha que podrían redimirse ante la urgencia de criar a un hijo en vez de pensar tanto en sí mismos. Deliberan formas posibles de salir del infierno que implica regodearse en sus propios ombligos.

Los vemos ridiculizar situaciones realistas con agudeza de cirujanos. La capacidad autocrítica del guión los autoriza a decir cualquier cosa. El absurdo y la poesía tocan la misma puerta que los tiene enjaulados. Pero a la vez hay ternura en la voluntad de que algo cambie, en la duda, en la belleza de la palabra y los cuerpos que se abrazan, se besan, se agreden, frenan, enmudecen. 

Los monólogos se encadenan y sorprenden a los propios actores, a la risa del espectador. Cuando el texto llega al borde, los cuerpos despliegan más de lo indecible,  la gomaespuma sigue desparramándose a fuerza del  puñal más afilado: la palabra. Los cuerpos se retuercen en su impotencia iracunda, en lo incontrolable de la búsqueda artísitica, amorosa.

Habría que estar muerto o no haberse empantanado nunca por amor para no entrar en complicidad. La narrativa es una excusa coherente con la estructura. Sirve para poner el delirio en funcionamiento, para merodear el límite, para abrir preguntas.

Cuando intuimos que no hay retorno de la locura, en medio de un monólogo desopilante, alguno asevera con humor negro: “A mi se me organizó algo”. Y saltan a un abrazo. Así también, en tono severo enuncian diálogos de levedad absolutamente coqueta.

Nos consuela sabernos neuróticos al seguir los malabares que hacen estos rotos personajes actores, directores, escritores, cantantes. Corren como hamsters en la rueda de la locura actual. Pero hay algo que esta bien mezclado, integrado. Y eso es lo mas amoroso de la obra. Al exponer la oscuridad, es como si uniera lo inconexo iluminando los vínculos desconectados que presenta. Con elementos dramáticos, desdramatiza el miedo que le tenemos al conflicto.

Cantan bailan descargan frenéticamente, juegan. Conjeturan hasta el hartazgo. Sufren la imposibilidad de comunicarse y de ser felices de a dos. Por momentos sincronizan, miran al espectador.  Alienados, los cerebros a punto de explotar nos hacen reír. Recitan la génesis trunca de una cigota que nos morfamos pasada por agua.

Entonces, irrumpe de nuevo Becker marcando ritmos y climas con su voz,  la guitarra o el bajo. El resto de los actores, abruptamente aliados como en una culminante guerra del TEG, se dan vuelta para mirarlo. Con toda la atención sobre él, blanquean algo del metalenguaje de la obra, logrando que el guiño no sea solemne. Frenan todo para mirarlo, señalizan así el rol de la voz cantante. Pero lo que puede ser un gesto inclusivo, se torna ambiguo. Al darse vuelta para escuchar, los actores se transforman en espectadores y así dejan al músico todavía mas solo cantando en el escenario.

Es como una fiesta con letra agridulce, coreografía estrambótica, invitados sorprendidos: quedamos alegremente perplejos. Nos retiramos como de un templo evangelista. Un tambor enorme de máquina de lavar agitó los trapitos sucios de una pareja en problemas, para blanquear la ropa de una sociedad toda. Algo de la roña expuesta nos salva. Nos podemos ir en paz, cual colaboradores de este delirante laverrap. 

Hablablablan pero no logran salir de la trampa

ahora suena una mas romántica, una que sabemos todos

la está cantando,

en inglés

y ellos no se quieren separar.

 

http://www.isabelpenia.com.ar

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