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Ser adulto tiene mala prensa

Andrea García Otero
Especialista en Administración de la Educación (UTDT)

Profesora de Lengua y Literatura. Es coautora de varios manuales de literatura , uno de ellos de próximo lanzamiento internacional. 

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Vie, 12-02-2016
En “Un mundo sin adultos”, Mariano Narodowski expone un cambio de época en el que se produjeron fenómenos sociales de relevancia como el desplazamiento del adulto del lugar de poder, la desaparición de los misterios de la infancia, el dominio del saber tecnológico en manos de los menores, la obsoleta figura del maestro en escuelas con pantallas digitales y el bullying como manifestación de la ausencia de la autoridad. 

Un mundo sin adultos (Mariano Narodowski, Buenos Aires: Debate, Penguin Random House., 2016) es un título inquietante. Los lectores que nos educamos con los últimos coletazos de la cultura moderna posfigurativa, en la que los grandes formaban a los chicos y estos seguían su ejemplo, sentimos cierto estremecimiento ante la idea de su ausencia. Por eso cada noticia que nos llega, por ejemplo, sobre los niños de la calle, almas sin futuro y librados al arbitrio de lo que se considera como “impropio,” nos estremece porque viven sin mayores que los cuiden, son los desprotegidos; en palabras del autor, diremos que viven “la infancia –paradoja mediante- sin realidad infantil.”

Mariano Narodowski (Buenos Aires, 1961. Ex Ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, investigador y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella) expone con maestría un cambio de época en el que se produjeron fenómenos sociales de tal relevancia que nos afectan a todos: a los adultos, a los adolescentes y a los infantes. Todos estamos sobre el mismo escenario en el que los roles se han invertido y sus consecuencias son las que el presente trabajo analiza para poder comprenderlas. Entonces, el escrito echa luz sobre el desplazamiento del adulto del lugar de poder, la desaparición de los misterios de la infancia, el dominio del saber tecnológico en manos de los menores, la obsoleta figura del maestro en escuelas con pantallas digitales y netbooks y el bullying como manifestación de una ausencia: la de la autoridad.

Estos fenómenos a nosotros, lectores posfigurativos, nos producen nostalgia porque nos transportan al terreno de nuestra infancia, donde –quizás de diferentes formas y en distintos grados- nos sentíamos contenidos y cuidados por la severa pero también tierna y protectora, mirada de los padres y de los docentes, en resumidas cuentas: de nuestros mayores. Eran épocas en las que, para salir de su yugo, teníamos que luchar –y mucho- por la propia autonomía ya que, mientras tanto “debíamos” vivir bajo su ley, la de ellos, las que nos imponían los adultos.

Antes, ser adulto era un lugar ganado con esfuerzo. Hoy, ser adulto tiene mala prensa: nadie quiere lucir el paso del tiempo y como consecuencia se deben modificar el comportamiento y los valores que movilizan los hábitos y costumbres, porque estos deben estar acordes con la apariencia: hay que ser y parecer cancheros, compinches, amigos. El adulto recibe lecciones del niño sobre cómo usar las nuevas tecnologías, esas que le permiten aggiornarse en el nuevo lugar que habita; así, el adulto reciclado pervive parapetado detrás de una falsa juventud. A su vez, también la infancia se desplaza hacia otros polos, conceptos que el autor denominó “infancia hiperrealizada” e “infancia desrealizada” y que explora en profundidad.

En síntesis, Un mundo sin adultos es un ejercicio intelectual imperdible que nos atrapa en una reflexión sobre nuestro tiempo, nuestras vivencia, la de nuestros hijos, la de nuestros alumnos y que nos abre las puertas para entender cómo es esta sociedad que, aparentemente, reconoce sus problemáticas sin ver que muchas de ellas se originan y confluyen en el cambio de paradigma de la infancia, en la carencia de adultos y, en consecuencia, en la pérdida de sus sentidos preestablecidos.

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