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¿Se debe limitar la libertad de expresión?

Malena Rey
Bioeticista

Especializada en problemáticas de reproducción asistida. Docente de posgrado en la Universidad Isalud. 

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Jue, 08-01-2015
El ataque a las oficinas de Charlie Hebdo es un hecho lamentable e inadmisible. Ningún tipo de discurso publicado en prensa debe ser silenciado mediante la violencia o la coerción. Es sano para la vida política y cultural que se permitan sátiras. También es necesario recordar que la mera apelación a la libertad de expresión no resuelve todos los problemas asociados a un discurso problemático y ofensivo.

El ataque a las oficinas de Charlie Hebdo es un hecho lamentable e inadmisible, que debe ser condenado firmemente. Ningún tipo de discurso publicado en prensa, ya sea ofensivo, erróneo o incluso provocador, debe ser silenciado mediante la violencia o la coerción.

Dejando claro este primer punto, que no debe admitir discusión, sería interesante, sin embargo, analizar por qué de inmediato el ataque a la publicación, conocida por su tendencia al humor polémico y a veces ofensivo, se condenó desde el punto de vista de la “libertad de expresión”. ¿Por qué consideramos tan caro este derecho? ¿Debemos, necesariamente, defender con nuestra vida la libertad de expresión de aquel que nos ofende, tal como afirma la muy difundida frase (falsamente atribuida a Voltaire, por cierto)? E incluso si aceptáramos el derecho absoluto de Charlie Hebdo a publicar notas con la evidente intención de incomodar y ofender, ¿cómo podemos decidir qué discurso puede ser legítimamente reprimido y cuál no? Para dar un ejemplo, en 2013, un hombre de 24 años fue condenado por haber instado por Internet a decapitar al director de la publicación. ¿Por qué sancionamos este tipo de discurso y no otros?

Como revela esta condena, el derecho a la libertad de expresión no está reconocido de manera irrestricta. En la mayoría de los Estados liberales sufre limitaciones que, en general, no se discuten cuando se realizan por motivos de seguridad nacional, para impedir discursos que inciten a la violencia o para proteger a los individuos de ataques inmerecidos. Por ello no podemos simplemente responder “los medios deben ejercer su libertad de expresión” toda vez que una comunidad religiosa se siente –justificadamente o no- ofendida por una representación gráfica. Una vez que acordamos que hay ocasiones en las cuales esta libertad puede ser limitada de manera legítima, nos vemos en la obligación de brindar una justificación racional para defender el derecho de Charlie Hebdo, o cualquier otra publicación, a difundir contenido potencialmente ofensivo. 

Quedan, sin embargo, muchas personas que sostienen que el derecho a la libertad de expresión debe ser absoluto, y que los Estados deben permitirlo incluso cuando la prensa tiene gestos que incitan al odio o cuando se divulgan falsedades. A la luz de estas posiciones, vale la pena recordar algunos puntos de debate con respecto a la libertad de expresión: señalar que la base para limitar la libertad de expresión se encuentra en su potencial para dañar a otros, y en la necesidad de proteger a terceros de este daño, y reflexionar acerca de qué implica la libertad de expresión en una sociedad contemporánea, multicultural y democrática.

El derecho a la libertad de expresión parece, a primera vista, inofensivo: simplemente se trata de reconocer que un individuo puede expresar sus propias opiniones, y que nadie puede impedir este ejercicio. Sin embargo, debemos recordar que la mayoría de los actos de habla no son meramente expresivos: tienen la finalidad de comunicar, de llegar a otros y de provocar una respuesta. Por este motivo, también poseen el potencial de ofender, afectar y hasta perjudicar a terceros.

El potencial para el daño como límite

El intento de justificar cualquier publicación por parte de un medio apelando a la libertad de expresión parece, a primera vista, un argumento sólido porque este derecho tiene orígenes respetables en la tradición liberal más clásica: algunas de las mejores defensas de la libertad de expresión provienen de filósofos como Immanuel Kant y John Stuart Mill, que la consideraron una parte necesaria de la vida democrática. Un análisis de este concepto debe abordar, entonces, el contexto en el que ésta fue planteada y cuáles son las limitaciones que desde su misma génesis le fueron impuestas.

En su célebre ensayo Sobre la Libertad, Mill contrapone la libertad de los individuos frente a las tiranías de todo tipo: no solamente las estatales, sino aquellas que surgen de las opiniones de la mayoría. En ocasiones, afirma el autor, una opinión pública fanatizada puede defender acciones que vayan en contra de los derechos de las minorías. Para evitarlo, Mill propone que la libertad de un individuo sólo puede ser restringida cuando ésta tenga el potencial de dañar a otros. Sobre esta base sostuvo que, por ejemplo, nadie tiene el derecho de gritar “¡Fuego!” en un teatro abarrotado, ni el derecho de difamar a un tercero. Desde su génesis, por lo tanto, la libertad de expresión no fue considerada como un derecho absoluto. De lo que se trata es de poner en la balanza los derechos, intereses y contextos particulares de distintos individuos, para analizar en qué ocasiones la libertad de expresión puede ser defendida, y en cuáles puede ser, legítimamente, reprimida.

Volvamos al ejemplo que propone Mill: los motivos por los cuales podemos reprimir el derecho a gritar “¡Fuego!” en un teatro son obvios: el pánico puede llevar a que se pongan vidas en peligro. Esta limitación a la libertad de expresión supone que el discurso que tiene el potencial de hacer daño puede ser legítimamente reprimido, sin importar la fuente de donde provenga ni los motivos por los cuales se realice. La condena debe ser la misma si el grito es lanzado con la intención de provocar pánico o con la intención de provocar un debate con respecto a la autocensura en la sociedad contemporánea. En conclusión: tanto para individuos particulares como para la prensa, la mayoría de los actos de habla no pueden considerarse una mera expresión de opiniones personales, toda vez que tienen la capacidad de dañar a otros. En consecuencia, tenemos motivos para sostener que algunos de ellos pueden ser restringidos para proteger a los demás.

La libertad de expresión en las democracias multiculturales

Podemos llevar el debate más lejos. Incluso si consideramos que la libertad de expresión debe otorgarse de manera irrestricta a personas y organizaciones de prensa, incluso en aquellos casos en que tengan el potencial de dañar a otros, la defensa de una publicación que ofende las creencias más íntimas de un grupo minoritario plantea preguntas difíciles.

En un provocador ensayo titulado “No existe la libertad de expresión… y es bueno que así sea”, Stanley Fish plantea que al hablar de libertad de expresión, no nos podemos referir al discurso aislado del medio en el que éste se enuncia, ni el derecho a expresarse aislado de los restantes derechos en juego. Por lo tanto, la libertad de expresión no puede invocarse por sí sola para defender cualquier tipo de discurso. Debemos poner en la balanza otros derechos, valores e intereses.

Fish defiende ciertas limitaciones a la libertad de expresión incluso cuando no quede claro que el discurso entrañe un riesgo potencial para otros: en ocasiones valoraremos más el derecho a la privacidad que el derecho a la libertad de expresión. En otras ocasiones valoraremos más el derecho de una comunidad a no verse representada de manera ofensiva.

Pero si abandonamos la libertad de expresión como un derecho absoluto, ¿cómo podemos decidir qué tipo de discurso permitiremos y cuál no? Fish sostiene que debemos guiarnos por los valores de una sociedad democrática, y que por lo tanto es legítimo interferir con la libre expresión de todo aquel que niegue la igualdad de las personas o que promueva creencias estereotipadas sobre una cultura. En definitiva, incluso si un acto de expresión no daña directamente a otros, para el autor podemos limitarlo porque no resulta compatible con los valores democráticos. Esta defensa implica el derecho de todas las personas a convivir en un ambiente en el cual puedan desarrollar sus potencialidades sin sufrir estereotipos injustos. La posición de Stanley Fish es muy discutible, pero tiene el mérito de obligarnos a reflexionar sobre conceptos y valores que muchas veces tomamos por sentados. 

Algunas conclusiones provisionales

Habiendo hecho estas aclaraciones, ¿podemos concluir directamente que la publicación de retratos de Mahoma que la comunidad islámica considera ofensivos es “moralmente errónea”, o que no está amparada por la libertad de expresión? En absoluto. Es posible argumentar con buenos motivos –y ya se ha hecho- que es sano para la vida política y cultural que se permitan sátiras, incluso de temas que pueden ser muy sensibles para algunas comunidades. Sin embargo, esta posición no es la única y siempre deben analizarse todos los lados de un debate. Por ello, también es necesario recordar que la mera apelación a la libertad de expresión no resuelve todos los problemas asociados a un discurso problemático y ofensivo. Debemos tomar en cuenta los intereses de toda la comunidad involucrada.

Si queremos una sociedad democrática y libre el debate debe permanecer abierto: también es condición de la libertad de expresión que podamos debatir continuamente, si es necesario, lo que ella misma implica y la conveniencia, o no, de limitarla. 

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