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Rastreando los orígenes de la crisis catalana: el fin del “grondonismo”

Juan Negri
Doctor en Ciencia Política (University of Pittsburgh)

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Lun, 11-12-2017
La desaparición del factor ordenador que representaba el liderazgo de Jordi Pujol fue clave en el auge del discurso independentista, y la respuesta de Rajoy ayudó poco.

El fútbol argentino, dicen, está en crisis. Desmanejos financieros, clasificaciones angustiantes, escasez de títulos aún teniendo al mejor en el equipo, falta de proyectos a largo plazo son algunas de las quejas escuchadas. Cataluña, también, está en crisis (¡y los catalanes también tienen al mejor en el equipo!). ¿Hay algo en común entre Cataluña y la AFA, además de Messi?

Creo que sí. En mi opinión, a la hora de explicar la crisis catalana hay que tener en cuenta varios factores pero entre ellos sobresale uno: el desplome del “factor ordenador” de la política catalana: el pujolismo. Al igual que en la AFA cuando Grondona desapareció, al irse Pujol se “desordenó” la política catalana, permitiendo una mayor influencia de los partidos independentistas catalanes. Y eso, a su vez, desencadenó la torpe reacción de la derecha española encarnada en el PP. Esos elementos son en mi opinión los definitorios de la crisis. 

Jordi Pujol fue el Julio Grondona de la política catalana. Con su partido Convergencia i Unió (CiU) gobernó Cataluña durante un cuarto de siglo, entre 1980 y 2003. Menos él, todo pasaba. CiU representaba a la burguesía catalana: liberal, socialcristiano y moderadamente catalanista. Como todo caudillo regional, Pujol era muy hábil en negociar con el centro y distribuir en el territorio. En el centro, fue un artífice de gobernabilidad con la derecha española. Fue un aliado de Adolfo Suárez en los tempranos ochenta en el intento de este último de avanzar con las autonomías, y fue de los escasísimos dirigentes que se pronunció inmediatamente en contra del golpe de febrero de 1981. Más tarde, con el Pacto del Majéstic, le dio los votos necesarios al Partido Popular para elegir a José María Aznar como Presidente del Gobierno en 1996, en la primera vez que el viejo partido franquista llegaba al gobierno. En su terruño, presidió sobre años de mucha prosperidad económica. Sobre todo, fue un tapón para los reclamos radicales de independencia. Con un discurso que enfatizaba más la autonomía que la independencia, su presencia grondoniana en el paisaje político catalán marginó a las vertientes más radicalmente independentistas (cuyo mejor es la ERC, la Esquerra republicana de Catalunya) al 10 o 15% de los votos. CiU obtenía cómodas mayorías absolutas con 45% de los votos y gobernaba en soledad.

Pero, al final, es verdad que todo pasa. Pujol se retiró y Artur Mas, su sucesor al frente del partido, no pudo repetir los guarismos del patriarca. En las elecciones de 2003 CiU no consiguió mayorías (aunque fue el partido más votado) y en lo que se conoce como el Gobierno Tripartito, los socialistas llegan al gobierno en alianza con ERC y los ex comunistas de Iniciativa per Catalunya. Los independentistas llegan al gobierno por primera vez, en coalición con los socialistas.

Llegamos así al segundo elemento que define la radicalización del conflicto catalán: cuando por necesidades políticas (formar mayorías parlamentarias) los independentistas llegan a formar parte de la coalición de gobierno, siempre exigieron algo. Cuando en 2003 ERC llega al gobierno, exigió un nuevo Estatuto de Autonomía. Cuando en 2012 ERC vuelve al gobierno (aunque esta vez en alianza con CiU), exigió un referéndum de independencia. Por último, cuando en 2015 CUP (Candidatura de Unidad Popular), el representante más radical del catalanismo, llega al gobierno exigió a su vez una declaración de independencia.

El descenso de CiU como partido predominante, entonces, resultó en el avance del catalanismo, antes contenido por la figura de Pujol. Los partidos radicalmente catalanistas vieron su caudal electorado aumentado significativamente cuando CiU dejó de estar liderada por Pujol. Esto resultó en el resurgimiento de la discusión por la independencia.

Y así llegamos al tercer elemento: la torpeza política del PP. Como fiel representante de la derecha más asociada a la unidad española, el PP fue inflexible a toda negociación sobre mayor autonomía. Cuando el Partido Socialista impulsó en 2006 el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña (el Estatuto de Miravet, como se lo conoció), el PP (entonces en la oposición) no solo votó en contra en las Cortes sino que lo llevó ante el Tribunal Constitucional con el objetivo de que lo declare anticonstitucional. Cuando en 2013 CiU impulsó un referéndum, el gobierno de Rajoy impugnó el proceso. En esas instancias se mostró inflexible: si hubiese estado dispuesto a negociar, tal vez otro hubiese sido el resultado. Hoy hace lo mismo, tal vez justificadamente, porque una declaración de independencia es abiertamente anticonstitucional. Pero ya en 2010 el Partido Socialista advirtió que la excesiva negativa del PP a sentarse a negociar traería problemas.

Los liderazgos prolongados, independientemente de lo que uno piense sobre ellos, ordenan el siempre incierto mundo de la política. Es indudable que la muerte de Grondona generó un descontrol en la AFA. Y parece evidente también que la jubilación de Pujol (sumado a escenarios económicos ya no tan ventajosos) aumentó  la influencia del radicalismo catalán, que activó esa fractura. En ese contexto, la radicalización del PP no hizo más que echar leña al fuego.

¿Qué pasará en Cataluña? La probabilidad de que Cataluña se independice es muy baja, pero es muy posible que esto desemboque en una reforma constitucional. Está claro que el documento de 1978 ya no goza de la legitimidad de los actores para resolver estas dudas.

¿Qué pasará en la AFA? Ahí ya dependemos de Messi. El catalán.

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