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Quién gana y quién pierde con el "impuesto a Netflix"

Guillermo Sabbioni
Ph.D. in Economics (University of Florida)

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Lun, 08-09-2014
La afirmación de que los consumidores porteños terminarán pagando el impuesto al consumo de productos digitales es incorrecto. Netflix, Spotify y las otras empresas alcanzadas por el impuesto podrían no trasladar al consumidor ni parte ni el total del impuesto por la amenaza de entrada de posibles competidores. 

El gobierno porteño ha decidido gravar a partir de noviembre la venta y alquiler de películas y de música a través de Internet. Lógicamente, cualquier novedad desde el punto de vista impositivo genera debates respecto de si la medida es justa, apropiada y/o posible de aplicar. Dependiendo de nuestros gustos, circunstancias particulares y preferencias políticas, nos inclinaremos a favor o en contra de una medida de esta naturaleza. Sin embargo, si bien el debate es legítimo, no parece inteligente que nos formemos una opinión sin contar con un diagnóstico estrictamente económico respecto de las probables implicancias de la medida.

En este sentido, vale la pena recordar que economía no es lo mismo que política económica. La economía nos permite identificar las probables implicancias de una medida, mientras que la política económica emitirá juicios de valor respecto de los resultados. Por lo tanto, la política económica depende de la economía, en el sentido de que no podemos juzgar las bondades de una política sin tener antes un análisis de los hechos concretos. En virtud de esta distinción, el objetivo de esta columna es realizar un análisis exclusivamente económico del impuesto a la venta y alquiler de películas y música online, identificando a los posibles perjudicados y beneficiados, pero haciendo abstracción de si la decisión del gobierno porteño es justa o no, de si será fácil aplicarla, de si los gobiernos exhiben voracidad recaudatoria, y de cualquier otra cuestión que sea opinable por definición.

Suponiendo que logre implementarse y cobrarse, el impuesto del 3% en principio ocasionaría una suba en el precio que paga el consumidor de estos servicios—hoy brindado por Netflix y Spotify, entre otros. Esta predicción es incuestionable, al menos desde el punto de vista teórico. Sin embargo, lo que requiere de un análisis más profundo es la afirmación, plasmada en muchos medios, de que son los consumidores quienes terminarían pagando la totalidad de dicho impuesto, ya que las empresas lo trasladarían directamente al precio.

Esto es incorrecto. Se trata de una afirmación equivocada, que ignora conceptos económicos básicos. En particular, quienes aseguran que las empresas trasladarán la totalidad del impuesto a los consumidores (equivalente hoy a $2 si suponemos un abono de 8 dólares y un dólar de $8,40), se olvidan que desde el punto de vista económico las decisiones de las personas consisten en la elección de lo mejor dentro de lo posible. En este caso particular, esto significa que a la hora de predecir el aumento de precio que sufrirá el actual consumidor de Netflix y Spotify, el analista económico debe determinar previamente cuáles son los servicios parecidos (o “sustitutos”) que se encuentran a disposición de dicho consumidor. Enumerar dichas alternativas ayudará a determinar la magnitud del aumento de precio que enfrentará el consumidor de Netflix y Spotify, a partir de la aplicación del impuesto. Y al mismo tiempo, la identificación de estas alternativas servirá para predecir qué empresas podrían verse beneficiadas por la medida.

Lógicamente, al tratar de precisar si existen sustitutos a Netflix y Spotify, surgiría el (aparente) problema de que la posibilidad de sustitución es un concepto subjetivo. Por ejemplo, un consumidor puede pensar que el subte y el colectivo son relativamente sustituibles ante cambios de precio, mientras que otro opina lo contrario. Del mismo modo, un consumidor puede pensar que el cine no es capaz de sustituir a las películas online, pero que estas son reemplazables por las películas que ofrecen las empresas de televisión por cable o por satélite, a través del servicio habitualmente denominado “on demand”. Sin embargo, a pesar de que es cierto que la posibilidad de sustitución depende de los gustos personales, para nuestro análisis es suficiente con que dicha posibilidad exista para algunos consumidores.

En virtud de esto, el aumento de precio que pagará el consumidor de Netflix y Spotify será cercano a $2 (a valores de hoy) solamente si existen pocos sustitutos, desde el punto de vista de los consumidores en general. En otras palabras, el aumento de precio rondaría los $2 sólo si unos pocos consumidores decidieran dejar de consumir el servicio, o reemplazarlo por otra alternativa, ante el aumento de precio. Por el contrario, en caso que existan buenos sustitutos desde el punto de vista del consumidor promedio, el impacto en el precio será menor a $2, canalizándose el efecto a través de una reducción de la cantidad consumida. En ese proceso, los beneficiados serían los proveedores de servicios alternativos, que resulten ser buenos sustitutos de las películas y música adquirida online. En ese listado, probablemente sea difícil incluir a los dueños de los cines de la CABA, o a quienes organizan recitales en vivo, pero seguramente deberíamos mencionar a las empresas proveedoras de televisión que brindan el servicio “on demand”, y a través de las cuales algunos consumidores podrían consumir películas.

Lógicamente, realizar una estimación precisa del impacto final en el precio está fuera del alcance de esta columna. Sin embargo, lo que sí podemos afirmar es que al tratarse de un servicio puesto a disposición gracias al vertiginoso avance de la tecnología, parece razonable suponer que la propia tecnología podría restringir la capacidad de Netflix y Spotify de trasladar al consumidor la totalidad del impuesto, debido a la amenaza de entrada de posibles competidores. Más aun, no debiera descartarse la posibilidad de que estas empresas decidan no trasladar ni siquiera una porción del impuesto al consumidor. Recordemos que para estas compañías tecnológicas, el precio del servicio tiene poco que ver con el costo de brindarlo, y mucho con la disposición a pagar del consumidor. En consecuencia, para una empresa cuyo costo marginal es extremadamente bajo, quizás tiene sentido mantener el precio del abono en 8 dólares, resignando 24 centavos de utilidad, a cambio de no generar un impacto negativo en los clientes en un mercado naciente, y cuyo futuro parece ser enorme.

En resumen, previo a formarse una opinión el lector debiera recordar quienes serán los perjudicados y los beneficiados por esta medida. Entre los perjudicados debemos incluir a: (i) Netflix, Spotify y el resto de empresas similares, que recibirán un precio neto menor luego de la aplicación del impuesto; (ii) los consumidores más sensibles al precio—pocos, probablemente— que decidan dejar de consumir el servicio por no encontrar alternativas válidas de sustitución frente al posible aumento; y (iii) los consumidores que sigan adquiriendo el servicio, pero a un precio que, a lo sumo, será $2 más alto a valores de hoy. Por el lado de los beneficiados tendremos a: (i) sin duda, el gobierno porteño, que comenzará a recaudar impuestos por transacciones previamente no gravadas, y que prometen adquirir un volumen cada vez más importante a medida que la población siga volcándose al mundo digital; y (ii) eventualmente, quienes brinden servicios similares a Netflix y Spotify, al captar a los pocos consumidores muy sensibles al precio que decidan sustituir el servicio. Si la recaudación adicional que obtendrá el gobierno porteño volverá luego a los ciudadanos, a través de mejores bienes y servicios públicos, es motivo de otra columna.

Fuente imagen: lanacion.com

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