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¿Qué tenemos para decir?

Isabel Becú
Estudiante de Ciencias Sociales (UTDT)

Nací en Capital Federal, en el Sanatorio Mater Dei, el 24 de marzo de 1997. Crecí en el partido de Capitán Sarmiento, a aproximadamente 150 km de la gran ciudad. Fui al Colegio San Antonio, ubicado en San Antonio de Areco. 

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Lun, 21-09-2015
La generación de jóvenes que no fue víctima del terrorismo de Estado ni de grupos guerrilleros, y que fue criada en instituciones más aggiornadas, está en la espera de un motivo de lucha ¿Qué es lo que nos diferencia de cualquier otra generación de jóvenes de cualquier otro período histórico, que busca, siempre, la ruptura? ¿Qué vamos a hacer después con lo que buscamos romper, en qué nos va a convertir?  

En la sobremesa de los domingos, los adultos despliegan el antivirus mental sobre los +-20 que no se sienten identificados con la propuesta republicana. Por qué no votaría al PRO, no lo sé. Tampoco sé porqué sí lo votaría. Intento visualizar muchas cosas y me esfuerzo en aislarlas de mis sentimientos, porque me dijeron muchas veces que ellos son fatalistas y catastróficos y que ese es uno de mis grandes impedimentos personales. Mis opiniones cambian más de lo que quisiera y no me acuerdo de todas, entonces, si preguntan, prefiero hacerme la que no me interesa. A veces no me sale bien y después me castigo por mis formas. Otras veces pienso que, si las olvido, en definitiva no son realmente opiniones: las opiniones eran las conversaciones sombrías de los adultos utilizando términos — como corralito o convertibilidad — que no entendía; eran periodistas golpeándose el pecho en el televisor por cosas que parecían sentidas; políticos haciendo promesas con la yugular inflamada y el dedo índice levantado en alto. Esas no son más opiniones para mi, son parte de un espectáculo al que estamos invitados a someternos constantemente. Mis pensamientos ahora son solo turbulencias mentales que no permanecen; angustia por desgastarme fabricando certezas, para después no poder contestar una simple pregunta como a quién votás y porqué

Poco antes de las PASO, con una amiga estudiamos en su departamento y nos pusimos de acuerdo en que, a pesar de que el cisma peronismo-antiperonismo ya no representa tanto a nuestra generación, la mayoría de las cosas que están mal, son fruto del peronismo. Le dije que a Macri no lo iba a votar, a ella le llegó la sangre a la cara y los ojos se le ensoparon, no ves que eso es darle el voto al kirchnerismo, me dijo, esta es la única chance que tenemos de terminar con esto. Me dolió mucho que tratara de una no-opción, un anti-lo-que-eligió-la-generación-anterior; no está ayudando a la nuestra en el intento de buscar alternativas distintas que no sean estrictamente antagonismos del pasado; cosa que termina siendo voto con mucha pereza para pensar, líderes a los que les encanta nuestra parsimonia y utilizan eufemismos como cambio y algo mejor; como para diferenciarse y ser a la vez exactamente lo mismo. Nos seguirán engañando.

¿Qué tendrá que ver nuestra posición política, jóvenes del sector opositor, que tenemos la ventaja de poder soportar los excesos de cadena nacional en pantalla con paciencia democrática; con el proceso de crecimiento y desapego de las coyunturas que ya no nos rodean, de los valores que ya no nos representan  —  que no son exclusivamente políticos  —  cuyo desmembramiento lleva a sentarnos en un living de un departamento acomodado a charlar ruborizándonos y saturándonos la vista de lágrimas por la concatenación política que le vaya a seguir al kirchnerismo?¿Qué es lo que nos lleva a extrapolar, irremediablemente, todos los costados de nuestros sentimientos, mucho más propios e inmediatos que lo que realmente podamos llegar a percibir de la realidad política? 

Hoy encarnamos el período democrático más extenso que haya tenido el país, y somos herederos de una generación que comprobó que el silencio no es salud y que el relevamiento cultural y político había que recuperarlo, que ceder libertades a instituciones paternalistas no es crecer. La maduración de la clase política, que tuvo mucho para decir, nos regala más libertad de la que estamos listos para recibir: votamos por primera vez a los dieciséis. Votar a conciencia significa el tire y empuje entre la gratitud y la culpa de salvaguardar las libertades ganadas hace treinta años, y lo que de ello resulte como nuestra responsabilidad. 

Esta generación de jóvenes, que no fue víctima del terrorismo de Estado ni de grupos guerrilleros, que no careció de amor ni de alimento, que fue criada en hogares cálidos e instituciones más aggiornadas y que me representa; está en la espera y no se me ocurre una forma menos culposa de definirla, que es la espera por un motivo de lucha ¿Tenemos nosotros algo más para decir? ¿Cuál es nuestro discurso? ¿Cuál es el patrón dominante que rige nuestras reflexiones ante el caudal interminable de información que disponemos, impensable treinta años atrás? ¿Podemos enderezarlo sin sostenernos en críticas? ¿Qué tan distinto es lo que queremos de lo que hicieron nuestros padres? ¿Es sólo el narcisismo adolescente de autoafirmación; o una lucha sincera por trascender a través de la reciprocidad democrática, devolviendo el amor que nos dieron al resto de una sociedad agraviada? ¿Qué es lo que nos diferencia de cualquier otra generación de jóvenes de cualquier otro período histórico, que busca, siempre, la ruptura? ¿Qué vamos a hacer después con lo que buscamos romper, en qué nos va a convertir? 

Tocqueville cuestionó la ruptura de todas las rupturas; la revolución francesa; siendo más sutil que el resto: fue más allá de la lógica binaria consenso-disenso. Sacudió con la idea de que quizás el discurso rupturista esté sobrevalorado y que sólo existe la ilusión del cambio, que las personas conmemoramos sucesos y elegimos reaccionar a ellos tomando, fervorosamente, posiciones diferentes, por el sólo hecho de sentir que algo nos cambia, que avanzamos. A pesar de esta voluntad evolutiva, hay una línea de continuidad que tendemos a mantener y una repetición de ciertos patrones. La historiografía es un espejo en el cual nos queremos ver sofisticados.

Cada tanto siento un impulso por escribir, buscando algo en dónde poner el pensamiento antes de que se escape, para sentirme menos efímera. Son puntos de referencia que más o menos hacen justicia a las cosas que estuve pensando, inconclusas, frases por la mitad. Me doy cuenta de que tengo mi propio discurso y con el tiempo me siento más incapaz de certezas, de conducirme acorde a algo establecido. A lo establecido lo precede la verdad y la verdad es algo que parece cada vez más inasible; la superó internet, el templo de la información que contiene todas las verdades que haya inventado el lenguaje, como para convencernos de que, finalmente, no la hay. Entre las cosas que me parecen que están bien está Spinetta: manejo escuchándolo al taco cantar Ya no te quedes en el dolor, no tengas miedo de sanar, ya no queda nada de la espera. Escribir es enfrentar y huir al mismo tiempo, es la espera. No sé cual es mi restricción.

Las restricciones no existen más que en nuestro imaginario: accedemos a todo tipo de información que nos detalla cualquier problemática del planeta desde infinitas perspectivas y podemos difundir y comentar en las redes sociales, sin reservas. Me irrito cuando veo publicaciones que muestran imágenes que no sirven más que para empatizar durante unos 10 segundos. Ver una personita que se ahogó en el Mediterráneo pareciera ser una anomalía para conmoverse fugazmente, cuando es una realidad que sucede frecuentemente, y nadie parece tener una verdadera opinión en materia de la inmigración europea, porque no interesa. Me enoja la hipocresía; hasta que me doy cuenta que todos somos parte de esto, que esta generación es una más centrada en qué sentir frente al ametrallamiento informático, más que una que luche por la adquisición o protección de derechos, porque, a esta altura, están relativamente dados por sentado. 

Quizás sólo nos encendamos con el aprendizaje contemplativo, plazos cortos de tiempo de la vivencia humana que, encapsulados en imágenes, cobran forma y sentido, suscitando emociones lo suficientemente genuinas como para tener algo que decir sobre eso. No sé qué tan fácil nos va a ser contemplar y después poder hacer algo al respecto en el futuro. Mientras tanto, la exigencia de protagonizar sin tiempo para reflexionar, qué desesperación da. No tenemos la oportunidad de escenografiarlo todo, de mirarlo y que salga tan pensado como nuestros perfiles en las redes sociales ¿Qué valor encontrarle a un boceto como trabajo final? ¿No se volvió, acaso, más fácil perfeccionar el mundo al que sí podemos acceder, al mundo digital? Esa es la espera: la realidad como banalidad en nuestras pantallas, y el letargo para poder llegar a decir algo que se mantenga estable en lo que intentamos contemplar; el advenimiento de nuestras propias experiencias humanas.

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