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Prevenir el acoso

Betina C. Riva
Lic. Historia (UNLP)

Doctoranda en Historial (UNLP). Becaria Conicet.

Malena Rey
Bioeticista

Especializada en problemáticas de reproducción asistida. Docente de posgrado en la Universidad Isalud. 

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Lun, 25-04-2016
El acoso emocional o sexual es un problema grave y endémico. Es necesario que las instituciones establezcan un abordaje preventivo, siendo conscientes de que pueden estar desarrollándose bajo sus propias narices situaciones de acoso que arruinen la moral entre sus miembros, y es vital que sean eficaces en el acompañamiento de la persona que denuncia estar sufriendo, o haber sufrido, una situación de este tipo. Sin embargo, hoy esto parece una quimera. 

Existen muchas situaciones en las que una persona se encuentra vulnerable en razón del lugar que ocupa, no sólo física sino también psicológicamente. Depender de la buena voluntad de nuestros superiores para poder realizar nuestro trabajo o nuestros estudios es una de ellas: si esa buena voluntad falta, la vulnerabilidad se torna acuciante. El acoso en ámbitos institucionales, ya sea físico, emocional o sexual, es una de estas situaciones.

Comencemos por desmitificar los lugares comunes en torno del acoso: no es cierto que sólo las mujeres lo sufran y que sólo los hombres lo ejerzan; tampoco es cierto que las víctimas sean siempre personas jóvenes frente a un agresor mayor. Lo cierto es que el acoso puede estar presente en todos los ámbitos en que se desempeña una persona, en cualquier esfera social, a cualquier edad e independientemente del sexo y la orientación sexual de víctimas y agresores.

A pesar de su omnipresencia, o quizás a causa de ella, en la mayoría de los casos el acoso se invisibiliza incluso para quienes lo sufren. La primera señal de que algo “extraño” está pasando para la víctima es su sensación de malestar, pero muchas veces éste es inmediatamente enmascarado por la duda ante su propia experiencia: “Esta conducta ajena, que me incomoda y me angustia, ¿tendrá realmente mala intención? ¿No seré yo quien se equivoca?”. El acoso se construye de pequeñas instancias que van acumulándose: un comentario “desubicado”, un chiste “subido de tono”, una mirada burlona o cargada de cierta energía que se alarga, no dicen nada por sí mismos, pero repetidos constantemente pueden convertir en una pesadilla el ámbito en que la víctima se encuentra. Incluso si el acoso es más explícito y la persona no duda de lo que ocurre, pocas veces tiene las herramientas para hacerle frente. ¿Cómo responder a un chiste humillante del jefe realizado frente a otros superiores? ¿Cómo declinar la invitación de un profesor de quien depende la aprobación de la materia? El agresor elige como víctimas a aquellos que no pueden hacerle frente, y elige actuar en situaciones en las que sabe que saldrá impune.

Otra complicación es que el acoso difícilmente deja las mismas marcas visibles que otros delitos. La víctima sabe que debe enfrentarse a una situación en la cual se tratará de su palabra y de su experiencia subjetiva frente a otro que tiene mayor poder, más contactos, más experiencia, y la invalorable ayuda de una cultura sospechosa de la credibilidad de todo aquel que se presente como víctima. La posibilidad de lograr pruebas concretas, por otro lado, no es fácil. Algunas veces, la víctima podrá grabar un momento de acoso; en otras ocasiones tendrá registros dejados por el agresor mismo, como mensajes, mails o llamados. Pero la mayoría de las personas ni siquiera piensan en estas cuestiones cuando se encuentran en el medio de la tormenta: sólo quieren que la situación termine. Y mucho peor es la situación de quienes se sintieron inicialmente halagados por la atención recibida o consideraron inocuo, al principio, el ser destacados entre sus compañeros por esa atención especial que el profesor, jefe o superior dispensó. Si luego ese sentimiento cambia, ¿cómo hablar? ¿Y con quién hacerlo? La sospecha se instala con más fuerza contra quien parecía haber entrado en “el juego”.

Ahora bien, si navegar este dilema es difícil para un adulto, ¿cuánto más lo es para mujeres y hombres jóvenes que comienzan a transitar por el mundo universitario o por sus primeros empleos? De los primeros jefes y profesores hacemos modelos de conducta: de ellos aprendemos qué conductas son apropiadas y cuáles no. ¿Cómo pueden saber cuál es la distancia apropiada que el “profesor/a” o “jefe/a” debe mantener, tanto física como emocionalmente, si ellos mismos no les dan el ejemplo?

El acoso emocional o sexual es un problema grave y endémico. Por ello debe discutirse, especialmente en lo que hace a la conducta adecuada de quienes tienen obligaciones para −y poder sobre− otros. Es necesario que las instituciones establezcan un abordaje preventivo, siendo conscientes de que pueden estar desarrollándose bajo sus propias narices situaciones de acoso que arruinen la moral entre sus miembros, y es vital que sean eficaces en el acompañamiento de la persona que denuncia estar sufriendo, o haber sufrido, una situación de este tipo. Sin embargo, hoy esto parece una quimera. Sobre todo cuando los discursos socialmente construidos apuntan a afirmar que la víctima miente, exagera o, en un ideario “buenista”, malinterpretó una situación en sí misma inocente. Si la víctima es una mujer que denuncia pública o judicialmente a un hombre, la primera respuesta será siempre la duda. En el caso de hombres que denuncian ser acosados por mujeres, la reacción es aún más agresiva: son silenciados abrupta y brutalmente. Los casos de acoso entre hombres o entre mujeres ni siquiera encuentran forma de ser planteados, excepto rarísimas excepciones: no entran en el imaginario social. En todos los casos, el ojo queda puesto en la víctima, mientras a los acusadosni siquiera se les solicita dar explicaciones.

Debemos examinar con atención la mala aplicación de dos principios jurídicos: si bien es cierto que toda persona debe ser considerada inocente hasta que se demuestre lo contrario, y que ante la duda debemos ponernos a favor del acusado, también es cierto que ante una acusación debe realizarse una investigación prolija y seria, que contemple los hechos de la manera más objetiva posible y escuche todos los testimonios, requisitos mínimos que en la inmensa mayoría de los casos de acoso no se cumplen. Muchas personas le exigirán a la víctima que dé legitimidad a su denuncia mediante una presentación judicial, llegando incluso a exigir una condena penal antes de tomar cualquier medida contra el agresor como puede ser apartarlo mientras se meritúa el reclamo. La justicia, sin embargo, muchas veces actúa como una trampa: la imposibilidad de encontrar a alguien que siquiera tome la denuncia, la dificultad para contar con pruebas, el temor de que el agresor se vengue de alguna forma bastan para desalentar a la mayoría de los denunciantes. Y quienes aún así continúan con el reclamo, descubren tarde que tras un proceso judicial largo, agotador y costoso, no obtuvieron resultados o los mismos fueron mínimos. Su credibilidad está arruinada y el agresor queda legitimado para dar vuelta la situación y afirmar ser él mismo víctima de una campaña de desprestigio.

Callar, entonces, parece ser el mandato. Susurrar, apenas, con los compañeros de trabajo o de estudio, sin llevar las quejas hacia los superiores, porque las víctimas saben que las instituciones no les darán respuestas o las someterán a destratos y maltratos que en el peor de los casos pueden llegar incluso al despido. Habrá incluso muchas personas bienintencionadas que le recomendarán que mejor silencie sus reclamos y se cambie de curso o de trabajo. En esa situación, publicar en una red social aparece como una alternativa atractiva.

Esa posibilidad permite a la persona sufriente un pequeño espacio de catarsis, en donde encuentre una audiencia dispuesta a escucharla y también conectarse con quienes han sufrido experiencias similares y puedan legitimar su reclamo. Sirve, además, para que se cumpla una obligación que las víctimas sienten con fuerza: la necesidad de prevenir a otros y evitar que su caso se repita.

¿Las redes pueden dar lugar a la difamación? Desde luego. Siempre habrá personas que mientan, fabulen o crean que la acusación de acoso es una manera apropiada de vengar una ofensa. Son un porcentaje pequeño, pero inevitable, de quienes se presentan como víctimas de acoso. Pero no podemos permitir que ese pequeño grupo torne sospechosa la legítima experiencia de los demás: una falsa denuncia no nos puede hacer olvidar que hay miles que no lo son.

No darle espacio a la víctima, mantenerla en contacto con quien fue denunciado, pretender “carearla” con su agresor atribuyéndose una posición de fiscal en juicio, obligarla a transitar por los tribunales esperando hasta una sentencia para darle algo de credibilidad a su reclamo, son otras formas de acoso y maltrato. Corresponde a todos comenzar a enmendarlo. 

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