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Poxi

Silvina Giaganti
Escritora

Estudió filosofía. Juega al fútbol. Escribe. Vive con Poxi.

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Sáb, 27-07-2013
Los perros son como niños eternos, que portan atávicos el gen de la sorpresa permanente. Pueden jugar para siempre el mismo juego sin cansarse, pasear por las mismas calles sin hastiarse, amar de forma constante sin amargarse. Los perros son la plena posibilidad de nunca cansarse de ser feliz con lo mismo.

Poxi es un cuzquito con el pelaje negro como el carbón y brilloso como un lente espejado. Tiene una mancha blanca irregular en el pecho como goteada por Pollock, que hace juego con las que tiene en cada una de las terminaciones de sus patas, que son cortas, y que por cada paso que doy, cuando salimos a pasear, ella los tiene que  triplicar para compensar, dado que nuestras alturas corporales son tan asimétricas, como la cantidad de baldosas atravesamos a medida que caminamos. Por los pasos cortos y apurados que pega en cada avance que damos, más que una perra enérgica y juguetona de más de nueve años, parece un cadete junior al que le cierra el banco, pero con el semblante contento y desencajado de un niño que llega tarde a jugar su juego preferido. 

Poxi  tiene la altura de mis botas predilectas, confeccionadas para residir en la Antártida pero malgastadas en transitar por Montserrat, que compro en una fábrica de la calle Pasco y que uso para ir a trabajar, pero que cambio por zapatillas cómodas para dar el paseo nocturno que revalida nuestra intimidad. Pasear de noche es una  liturgia cotidiana que arranca en la calle Chile, con las postas obligadas de las plazoletas de la 9 de julio, hasta la plaza que Poxi, por ausencia de perros y deliberado buen gusto, prefiere: la que se yergue por delante del edificio de la Aduana, y a la que cada noche accedemos con actitud de emboscada, cruzando al trote Paseo Colón y Avenida Belgrano, ella para detectar , frenética, los olores que le ofrece el pasto y el tronco anciano de cada árbol, yo, para parecerme un poco a ella, y un poco para perderme de mí.

Poxi pesa 10 kilos y la piel de su panza rosada es la más suave de la galaxia

Poxi y yo vivimos juntas desde octubre de 2003. Llegó a mi vida como lo hace un tótem mágico y sobrenatural, que a priori no es anhelado por esas características, sino como efecto de una necesidad de la que se tiene una leve intuición, pero no mucho más. Un deseo difuso, inespecífico, como una huella existente, pero irrastreable. Huella interna, de animal que estoy si (gui) endo, parafraseando el título de un libro de Derrida que habla sobre la dignidad animal.  La idea de Poxi comenzó a materializarse cuando se murió mi gata, Witolda, de un fulminante desperfecto ocurrido en su corazón, que apenas me dio tiempo a cuidarla durante los tres días de agonía, para luego dedicarme a llorar, y sentir de inmediato las paredes duras y frías de una casa acostumbrada al vaivén y al correteo de seres de cuatro patas, por los pasillos de baldosas antiguas y sobre la pinotea de los cuartos repletos de pelotitas de ping pong. Me quedé con Bembé, la gata atigrada, arrojada desde un balcón vecino hacia un mundo mejor en el verano del 2001, la que pasó de vivir en el motor frío de un auto abandonado, asomarse para comer la comida que le llevaba, medir mi confianza mientras me retiraba, seguirme un día, subir y quedarse definitivamente en mi casa.

Los animales son seres mágicos, tal vez lo único mágico que queda sobre la tierra

Hace diez años trabajaba en la escuela de cerámica de Avellaneda, y Celeste, una ceramista, me contó de una conocida que tenía una perra preñada a punto de dar a luz cachorros en Berazategui, cuyos destinos eran ir a parar a la vida dura de la calle: les esperaba un devenir de perros callejeros. Le pregunté por el tamaño de los padres de las futuras crías, porque quería un perro pequeño y retacón, y me aseguró que ambos lo eran. Confié en el tamaño descripto y en que me iba a procurar el cachorro más vivaz. También sabía que iba a ser de color negro, como sus progenitores. Durante la primavera de octubre de 2003, a menos de veinte días de haber nacido, me trajo a Poxi dormida contra la esquina de una caja de zapatos precaria, de color crema, de zapatería barrial. Poxi era tan mínima que no parecía un perro, sino más bien la réplica ínfima de un ternero, y yo sentí una enorme responsabilidad por sobre un sentimiento de amor, y algo del orden del arrepentimiento inconfeso, como efecto de la naturaleza a la que obliga la relación con un perro. En el instante mismo en que la tuve en mis manos, asumí la responsabilidad por esa vida, y experimenté vértigo. A las diez de la noche me tomé en Avenida Mitre el 98 hasta Constitución, con la caja en la que Poxi seguía durmiendo con la comodidad propia de quien duerme en una cama mullida sobre un colchón de espuma de alta densidad, como en la que duerme ahora, la nuestra. No pude dejar de mirarla todo el tiempo que duró el viaje, unos treinta minutos veloces en un colectivo de luces bajas exceptuando la caja de cambios del colectivero, el asiento y los bordes de los espejos, que irradiaban un violeta neón. Cuando llegamos la saqué de la caja, la subí a la mesa, la miré por unos segundos perpleja, y le di de comer. También me pregunté por lo que había hecho al decidir adoptarla.

Hoy me respondo que hice lo mejor del mundo

Los perros son como niños eternos, que portan atávicos el gen de la sorpresa permanente. Pueden jugar para siempre el mismo juego sin cansarse, pasear por las mismas calles sin hastiarse, amar de forma constante sin amargarse. Poxi tiene, desde los cinco años, una pelota azul de goma rebotable, y jamás se cansa de llevarla a la cama y dejármela al lado imponiendo el tiempo lúdico de juego siempre con el mismo objeto. No hay en ella deseos nuevos porque la sorpresa sin tiempo, esa gracia adjudicada a los animales, junto a la falta de conciencia de la muerte así como la delicadeza de vivir en un eterno presente, se los lleva a todos puestos. 

Los perros son la plena posibilidad de nunca cansarse de ser feliz con lo mismo.

Los que tenemos un issue con la contención y el abandono, tenemos perros. Poxi es mi lazarillo existencial, quien vela por mí mientras sueño y cuando despierto, cuando me enfermo y cuando no regreso. Es quien me despierta con una metralla de besos, quien me seca las lágrimas con su lengua y su alma desesperada. Cuando mi cuerpo está triste y se pone débil, y la bilis negra coagulada se me atora en el cuerpo, Poxi, también negra, la licúa y asimila mi energía, y traduce mi tristeza en su nobleza, bajo un ritual de amor que sellamos más allá de toda vida. No me canso de contemplar la justicia hiperbolizada que me regala, el devolverme siempre por veinte cada cosa que yo le doy. El único día de la lealtad que reconozco es el de Poxi. Ojalá ella sienta algo parecido conmigo.

Yo me curo como los animales: alejándome.

En La posibilidad de una isla, ese encomio de los perros que es la novela de Houellebecq, el personaje Daniel25 sostiene que: “es sencillo definir el amor, pero se prodiga poco en la secuencia de los seres. A través de los perros rendimos homenaje al amor y a su posibilidad. ¿Qué es un perro sino una “máquina de amor”? Le ponen delante a un ser humano, le encargan la misión de amarlo, y, por poco agraciado, perverso, deforme o estúpido que sea el ser humano, el perro lo ama”. El perro es una máquina de amor pero no porque funcione como un autómata como sostuvo el humanista Descartes, sino porque están conectados al universo y a su ritmo interno de un modo que nosotros ya perdimos, si es que acaso alguna vez tuvimos. Nietzsche comprendió esto perfectamente con su llanto desconsolado frente al caballo castigado en Turín.

La innumerable cantidad de sobrenombres que le puse a Poxi es proporcional al amor que le profeso. 

Estoy en plena reconstrucción y revisión de mis principios éticos, los que con experiencia y algo de desencanto dulce y amargo he ido construyendo con el tiempo, y uno de ellos me lo inspiró Poxi y todos sus hermanos animales: a quien más hay que cuidar es a quien no puede defenderse por sí mismo. Y pariente de otro principio que suscribo: nunca pegarle al caído, siempre al que está de pie y al más poderoso del condado. 

Le inventé una voz, una forma de hablar y una sintaxis: Poxi habla en capicúa y estirando la última sílaba de la primera y de la última palabra. Habla con tonada, como cantando.

Amo a Poxi porque detesta ir al veterinario y porque si algo no le gusta no necesita meditarlo demasiado. Amo a Poxi porque ante todo la respeto. Amo a Poxi por su forma de caminar caótica y desaforada, a contramano de cualquier manual de comportamiento hecho por humanos. Amo a Poxi porque me enseña a vivir. Amo a Poxi porque le aúlla a la luna y le ladra a las cosas que no le gustan, y porque ama a los amigos que amo yo. Amo a Poxi porque se descosió tres veces los puntos de una operación que tuvo en el costado de su lomo. Amo a Poxi porque yo también me los hubiera arrancado a mordiscones.

En el día del perro callejero escribo esto en homenaje a una que no lo fue, aunque sea una mestiza que todavía arrincona a la luna, la calle, las estrellas, el viento y se los mete de prepo adentro de su cuerpo. 

Silvina Giaganti nació en Avellaneda. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Trabaja como docente y dicta talleres de extensión. Escribe. Juega a la pelota. Practica kick boxing. Vive con Poxi, su perra mestiza de 9 años, en el barrio de Montserrat.

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