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¿Perdió la ultraderecha?

Franco Delle Donne
Consultor en comunicación. Coautor del libro "El retorno de la ultraderecha a Alemania"

Es consultor en comunicación y residente de Berlin desde hace siete años. Egresado de la Universidad Nacional de La Matanza y doctorando en el Freie Universität Berlin. Es coautor del libro "El retorno de la ultraderecha a Alemania", creador del blog eleccionesenalemania.com y colaborador en medios de Alemania e Iberoamérica.

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Vie, 12-05-2017
Uno de cada tres franceses eligió votar por la ultraderecha representada por el Front National (FN) de Marie Lepen. Hace dos meses el partido islamófobo de Geert Wilders (PVV) obtuvo en 13% en las elecciones de los Países Bajos, tres puntos más que en 2012. En diciembre de 2016 la fuerza austríaca de extrema derecha (FPÖ) alcanzó el 46,2% de los votos en la segunda vuelta, luego de haber obtenido la mayoría simple en la primera vuelta. Ayer el joven partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) logró ingresar al 12vo parlamento regional consecutivo y a nivel federal pelea el tercer lugar con una intención de voto en torno al 10%.

En casi la totalidad de los países europeos es posible encontrar este tipo de resultados electorales que dan cuenta de una consolidación de la ultraderecha en el Viejo Continente. Se trata de un ascenso que se ha dado de manera tan paulatina que pareciera ya casi natural. Y el hecho de que ninguna de estas fuerzas haya todavía ganado una elección parece volverlo inofensivo. En efecto, hemos leído toneladas de columnas de opinión y editoriales festejando las derrotas de la ultraderecha y el triunfo de la democracia. Sin embargo, si observamos la tendencia y la proyección podremos apreciar que no hay nada que festejar.

El marco intepretativo (o frame) de „salvar la democracia frente al avance de la ultraderecha“ está perdiendo efecto. Funcionó muy bien en 2002 cuando Jacques Chirac recibió 25 millones de votos frente a la amenaza de Le Pen padre. Un aplastante 82,2%. Quince años después Emmanuel Macron solo logró el 66,1 frente a la misma amenaza. Le Pen hija duplicó los votos de su padre y hoy el FN supera los 10 millones de votos. Parece que tal vez la amenaza ya no sea tal, o al menos no lo sea para todos.

El caso alemán es todavía más ilustrativo y explica una parte importante del fenómeno de la ultraderecha en Europa en general. En el libro „El retorno de la ultraderecha a Alemania“ profundizamos sobre el ascenso y consolidación del partido AfD, que en solo cuatro años ingresó a 12 parlamentos regionales, al Europeo y llegó a tener 15,5 puntos de intención de voto a nivel federal. Lo interesante de AfD es que su electorado no es homogéno sino transversal. Es muy difícil explicar su conformación aplicando sólo la escala ideológica izquierda-derecha. La ultraderecha alemana recibe votos de todo el espectro político. Desde obreros que votaban al partido de la izquierda (die Linke) hasta neonazis que encontraron en AfD una forma de hacer carrera política y propagar sus ideas. Desde profesores universitarios liberales hasta campesinos ultraconservadores. Desde eurófobos declarados hasta decepcionados socialdemócratas. AfD ha sido el único partido alemán que ha sido capaz de identificar un sector de la sociedad que está descontento. Y con ello han comprendido que el eje no es izquierda-derecha, sino dentro-fuera.

Hasta la fundación de AfD, el descreimiento con la política, la indignación con los partidos tradicionales y la frustración de sentirse perdedores del sistema estaba oculto. La mayoría engrosaba las filas de las abstención y el resto se diluía en una decena de partidos de protesta testimoniales. Para este heterogéneo grupo no había articulación política posible hasta que llegó AfD. Los ultraderechistas supieron capitalizar el descontento desde el principio, y lo que es aún más inteligente, lograron readaptar su discurso en función de las distintas fuentes de descontento. Así fue como en sus inicios AfD se presentó con un fuerte carácter euroescéptico que criticaba el salvataje a bancos y países de la periferia europea a costa del dinero de los contribuyentes alemanes. Luego se transformaron en ultraconservadores indignados por la criminalidad que según ellos era producida por inmigrantes extranjeros del este europeo. Y finalmente profundizaron su facción más ultranacionalista cuando llegó la crisis de refugiados en el verano de 2015. En cada una de esas fases, AfD lograba instalar el frame para discutir sobre sus temas y con ello ganaban progresivamente notoriedad y mucho espacio en los medios de comunicación.

Y además, tal como lo explicamos en nuestro libro, la ultraderecha siempre fue capaz de instrumentalizar el miedo de este grupo. El miedo a una crisis económica por la mala política europea, el miedo a la inseguridad, el miedo a tener que competir por trabajo o por vivienda con mano de obra barata, el miedo a perder la identidad y la cultura, el miedo al terrorismo. El miedo siempre está asociado a una amenaza. Y en ocasiones una situación de amenaza justifica hechos o frases que en otro contexto serían repudiados. Esta constante situación de amenaza, o bien de excepción, es lo que AfD ha logrado construir en Alemania mediante su discurso político y su excelente manejo del timing y de la provocación estratégica. Frases como „el policia debe evitar el cruce ilegal de la frontera y de ser necesario debe abrir fuego“[1] de la líder de AfD Frauke Petry en relación al tema de los refugiados generan una reacción diferente. Hace no muchos años una declaración semenjante hubiese recibido el rechazo unánime y automático. Hoy es objeto de discusión en talkshows televisivos, en columnas de opinión y en todas las redes sociales. ¿Tiene razón o no? ¿Es una declaración de extrema derecha o es sentido común? ¿Los otros tiene un plan mejor o guardan silencio por miedo a lo políticamente incorrecto? Todas esas preguntas no hacen más que reforzar la posición de AfD, ya que como dice George Lakoff en su libro The political mind[2] lo importante es fijar el frame o marco en el que se discute el tema. Y en los últimos cuatro años la ultraderecha alemana lo supo hacer mejor que nadie.

Ya no es suficiente con hablar de defender la democracia para lograr movilizar a los abstencionistas y llevarlos a votar por conservadores o socialdemócratas. Más de la mitad de los alemanes, especialmente los que viven en el este, creen que AfD „no soluciona los problemas, pero al menos se refiere a ellos.“[3] Es una señal clara para los partidos tradicionales. Es hora de que cambien su interpretación de los problemas de los ciudadanos y su forma de comunicar con ellos. Ya no alcanza con tachar de neonazi o de racista a los partidos que rompen con la corrección política. Tampoco se puede recurrir infinitamente al frame de la democracia amenazada. Para el votante de AfD, por ejemplo, la amenazada no es la democracia sino su propia forma de vida.

Sin una mirada con mayor perspectiva es imposible entender el alcance de este fenómeno. Si creemos que un resultado electoral es el único indicador a tener en cuenta para evaluar el estado de situación en el ecosistema político europeo, nunca sabremos por qué este tipo de partidos recibe un creciente apoyo social. Y seguiremos festejando derrotas de la ultraderecha hasta que un día nos desayunemos con un titular al estilo: „Ganó Donald Trump“.




[1] Respuesta de la lider de AfD Frauke Petry a un periodísta del periódico Mannheimer Morgen cuando fue consultada sobre cómo debía reaccionar un policía ante el cruce de frontera de los refugiados.

[2] Lakoff, G. (2008). The political mind. A cognitive scientist´s guide to your brain and its politics. Pinguin Books. New York.

[3] Resultados encuestas del instituto Infratest dimap. Disponible en: wahl.tagesschau.de.

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