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Otro progresismo es posible

Jimena Zúñiga
Economista (UNC), Master en Políticas Públicas (Harvard)

Antes Directora de Innovación en Políticas Públicas en la campaña Sanz-Llach, Barclays Capital, Banco Mundial, Africare Senegal y GDN. Columbia Publishing Course. Fundé BASTION Digital.

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Lun, 27-07-2015
El ideal igualitario del progresismo es uno de los mayores consensos que existen hoy en la Argentina. Más del 80% de los argentinos estamos de acuerdo con que “el Estado debe implementar políticas para reducir la desigualdad”. Sin embargo, por cortesía del kirchnerismo, ser progresista se volvió un ideal divisivo. Podemos aspirar a un progresismo moderno, abierto y desprejuiciado, que asegure progreso social con apego a la ley, con estabilidad macroeconómica y con mejores políticas públicas. 

Ser progresista es perseguir un ideal igualitario, en el que diferentes condiciones al nacer, u oportunidades durante la vida, no limitan las aspiraciones de las personas. Así expresado, el progresismo es como apretar burbujas de plástico: nos gusta a todos. Hay números: es el ideal en torno del cual hoy existe el mayor consenso en Argentina, junto con la democracia. Según los datos de 2014 de la encuesta de opinión pública latinoamericana de la Universidad de Vanderbilt (LAPOP, por sus siglas en inglés), más del 80% de los argentinos estamos de acuerdo o muy de acuerdo con que “el Estado debe implementar políticas para reducir la desigualdad”. La fracción de la población que cuestiona eso es marginal. Progresistas somos todos. 

Sin embargo, hoy el progresismo es un concepto divisivo en Argentina. Cortesía del kirchnerismo; que desde la AUH al matrimonio igualitario, le puso un tag de “lucha” a medidas con las que estamos casi todos de acuerdo. División conveniente donde existía, y existe, consenso esperanzador.

Salvo en las realidades paralelas de Twitter o 678, nuestros mayores desacuerdos como sociedad no son sobre si progresismo o no progresismo. Nuestros mayores desacuerdos son sobre qué progresismo. Y sobre qué medios nos permiten alcanzar el progreso social. 

Desde el núcleo duro del kirchnerismo refuerzan esa división imaginaria. Intentan ubicar a la totalidad de la oposición política en un lugar ideológico que no busca ese progreso. Pretenden que con sus Boudous, sus Onces, sus Indecs y sus inundaciones, el kirchnerismo es el único progresismo posible. Y que sin el kirchnerismo, el progresismo se termina. 

El miedo como estrategia electoral es razonable: erigidos sobre macroeconomía de cartón prensado e instituciones de fibrofácil, los avances sociales desde 2003 parecen endebles, sobre todo a la luz de la división confeccionada con la que machaca el kirchnerismo. 

Pero dejarse llevar por ese miedo sería inconducente. Porque con 28% de pobres, 42% de chicos sin terminar el secundario y 44% de trabajadores informales, el kirchnerismo deja un país con todavía demasiada injusticia social para replegarnos a la defensiva. Porque su progresismo no solo ha dejado de dar resultados, sino que ha dado resultados muy pobres. Porque tenemos mucho más que conseguir como para volvernos conservadores. 

Hay alternativa. Podemos aspirar a un progresismo moderno, abierto y desprejuiciado; que asegure progreso social con apego a la ley, con estabilidad macroeconómica y con las mejores políticas públicas. Tres problemas y tres políticas son ejemplo de cómo luciría ese progresismo.  

Primero, nada conspira tanto contra el progreso social como que un niño de un hogar pobre empiece su vida escolar con desventaja: sin embargo, un niño de un hogar pobre, al cumplir tres años, ha escuchado 30 millones de palabras menos que un niño de un hogar rico. La respuesta oficial se termina en una cunita. En cambio, podemos igualar las oportunidades para todos los niños del país desde que nacen, potenciando la AUH y llegando a cada hogar vulnerable con un programa de nutrición y estimulación temprana, los dos elementos que hacen la mayor diferencia en desarrollo cerebral infantil. 

Segundo, la calidad de nuestra educación está estancada desde 2000; el desempeño de los estudiantes y escuelas de nivel socio-económico bajo es el cuarto más bajo de los 65 países participantes en PISA. La respuesta oficial se termina en repartir hardware. En cambio, para finlandizar la calidad educativa podemos aprovechar el avance de la tecnología e integrarla a la experiencia del aprendizaje. Podemos equipar a cada niño del país con un lector digital con acceso a cien mil libros; con elementos de programación; con programas de inteligencia artificial que se adapten a sus dificultades individuales de aprendizaje: casi como asignar, de la mano de la tecnología, un maestro particular para cada niño.  

Tercero, una de las mayores fracturas de nuestra sociedad es el empleo en negro: 44% de los trabajadores argentinos, independientes y asalariados, están en la informalidad; sin vacaciones, sin obra social, sin indemnización por despido. La respuesta oficial se termina en el plan. En cambio, podemos destrabar el crecimiento del empleo formal sacando las trabas insólitas que frenan nuestro crecimiento. Y más: podemos multiplicar la creación y la formalización de pequeñas empresas estableciendo una escala progresiva para la tasa del impuesto a las Ganancias corporativas, hoy única para todas las empresas y la tercera más alta del mundo. Y podemos multiplicar la creación y la formalización de empleos eliminando las cargas sociales para las empresas que contraten trabajadores informales o desempleados para cubrir nuevos puestos de trabajo. 

Así funcionan las políticas inteligentes de un progresismo real: igualando oportunidades; conectando a las personas a las redes de producción; combinando protección social con incentivos a la educación y al empleo; aliviando las consecuencias de la exclusión, pero también atacando sus causas. 

Este progresismo es posible en Argentina. Y tiene representación política

Es la alternativa en torno de la cual podría formarse el mayor consenso social, podio fundamental para un progreso social duradero. 

 
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