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Optimismo siempre

Esteban Schmidt
Escritor

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Lun, 03-06-2013
Quiero recordar hoy a Gregorio, un personal trainer que tuve hace unos años a quien, cuando murió el doctor Alfonsín y mirábamos el velorio por televisión yo le pregunté: “Gregorio, como te gustaría morir", y él me dijo, infantil y sonriente: “De cara al sol, con el pecho hinchado de aire”.

Hoy cumplí tres años en tuiter. El sistema me saludó desde dos aplicaciones distintas. Un señor en tuiter a quien no conocía me puso esta mañana una mention que decía “¿estaba bueno el café?”. Me conocía de tuiter. Pensé que se había ido del salón en el que estaba y que lo hacía cobardemente, después de haberse ido, pero no, a los pocos minutos alcé mi cabeza, (yo estaba escribiendo este discurso, no esta parte, sino una que viene después), y levanta una taza y me dice fui yo. Hola, ja, le dije. Ja, hola, me dijo él. Lo dejamos ahí. Una otra vez estaba con @soypuri en la puerta de su trabajo diplomático y otro señor tuiteó “piedra libre para (mí) en la puerta de la embajada de Canadá". Me pasó dos veces más cuando iba por la bicisenda de Gorriti y otro día en el bar Helena, lo mismo.

Son tres años scroleando con el cursor para arriba y para abajo y luego con el dedo sobre la pantalla. Alucinando cómo serán esas personas que nos caen tan bien o que nos irritan tanto y mal. Estando en tuiter es dificilísimo volver a Facebook con su planeta de fotos de bebés y perros, las fotos de asados, el álbum Maceió con Marce 2010. Mmm. Tuiter tiene el inconveniente de la repetición. La presidenta dice locuras, uno se pone nervioso, y trata de entrarle a eso de alguna manera. Pero como entrarle no es entrarle a ella, ante quien somos invisibles, buscamos entrarles a nuestros pares adictos al gobierno. Este diálogo con los kirchneristas es nuestra propia locura en realidad. Porque por un lado esperamos que recapaciten. Pero por otro preferimos el goce de gastarlos, de mostrarles lo miserables que son, o lo lejos que han llegado en su exhibicionismo peronista. Por otro lado puede que estemos pocos dispuestos a aceptarles los tuits donde se despegan. Vuelta a gastarlos: “Ah, ahora, eh”. Mi tesis es que la salida de este período requerirá una rápida amnistía de todas estas barbaridades, las más personales. Tal vez los mejores momentos son cuando miramos todos juntos un concurso de canto en la televisión y se borran las fronteras, se suspende la guerra civil.

Publiqué 22.000 tuits en tres años. En mi honor quiero decir que la mitad fueron retuits. Y de la otra mitad, la mitad fueron contestaciones tipo gracias o ja. Pero, aun así, produje tranquilamente cinco mil tuits que a cien caracteres promedio, da quinientos mil caracteres, o sea el libro que no escribí en estos años. Para sentirme menos culpable me digo: ¿Había que escribir un libro? Producir contenidos para la galaxia Gutenberg habiendo pasado de galaxia ya, parece medio de pobre, de quedado... También es cierto que tuiter absorbió todo lo que de pavo real tenía la vocación de uno. Las ganas de abrirse paso en el mundo y matar el hambre sin grandes sacrificios.

Mis tres años en tuiter coinciden más o menos con los años en que se terminó de dibujar el kirchnerismo más bizarro, el del eternatuta y las pecheras, el de los pibes para la liberación. Por eso la mejor defensa contra las pecheras y sus jefes criminales fue habitar el país diferente de tuiter. Fue una suerte el timing entre la explosión de esta red social con esta última espiral sicópata del peronismo porque de no haber tenido el espacio de descarga habríamos salido a quemar farmacities.

Como tampoco es un espacio donde se dirime lo que es verdaderamente cierto, los tuits que se abren paso son los de mayor peso retórico. Entonces, este espacio defensivo se convirtió en el cabaret de Berlín. Estamos cagados a palos por la ironía. Salimos de la cama burlonamente, ¿vivo un día más? Desayunamos desconfiando. La alianza invencible entre el capitalismo y la democracia fertilizó sindudamente el campo retórico, pero tenemos nuestra anomalía local. Creo que tanta risa es para no reconocer del todo, y hacer algo con eso, que somos más Paraguay que Bélgica. Nos reímos para compensar la condena fatal al peronismo.

En fin, yo le pedí al Ingeniero Levi Yeyati que me liberara de hablar del libro que escribió con el profesor Novaro. Me dijo hacé lo que quieras. Lo cual no dejó de incomodarme porque no me gusta que alguien me diga lo que tengo que hacer. Uno va con una neura encima…

Cuando hay viento, por ejemplo, pienso mucho en cómo se perjudican las canchas de tenis, como levantan el polvo y lamento automáticamente que el canchero no va a hacer bien su trabajo porque como él no juega al tenis y ve divertirse a los demás cuando él trabaja, va a perder interés. Cuando después de un gran temporal las canchas están bien, me sorprende que hayan hecho bien su trabajo no teniendo en ello mayor motivación personal.

En este tipo de especulaciones se me va la vida.

Mi madre tuvo un infarto hace cosa de mes y medio. No soy de hablar en tuiter de estas cosas. Pero, bueno, fue bravo verla en la terapia intensiva de un hospital por primera vez, con gran susto en la cara, rodeada de gente amatambrada en cintas de embalar con mil cables sosteniéndolos a la vida, las enfermeras untando a los moribundos gotas de agua en los labios para que sientan algo parecido a la naturaleza por un instante de los últimos instantes.

Mi mamá cuando me ve pegado a su lado en la cama me dice: “¿podés creer qué disgusto? De todas las cosas que pensé que me iban a tumbar no creí que fuera a ser el corazón”,  me dijo.

Veo con horror lo difícil que es no llegar hecho pelota a viejo. Hay todo tipo de enfermedades, todo tipo. Hay pérdida de memoria, pérdida de ganas. Cuando estemos todos los aquí reunidos en sillas de ruedas, oh. Charly, un plomero muy carismático que para en el Pingüino de Borges y Paraguay y en viaje a los setenta me dice: “no aguanto más a la gente”, “no es personal, nadie me hizo nada, pero no aguanto más”. Yo mismo ya perdí el ochenta por ciento de audición en el oído izquierdo. Gratis, sin explosiones, sin conciertos. Gratis, porque sí. El otro día me hice una resonancia magnética. Veremos.

Ayer estuve en la casa de mi mamá porque desde su infarto incorporé la rutina de hacer horas de oficina en su casa los viernes y así paso unas seis horas con ella. Yo soy de los que para escribir se pone el timer de la cocina. Somos una minoría intensa que se maneja así. Se llama pomodoro technique y todos los presentes la pueden usar. Pongo el timer y escribo 25 minutos sin parar, hasta la chicharra, y paro cinco, y otros veinticinco y descanso cinco, y otros veinticinco y descanso cinco y así varias veces hasta llegar a diez mil caracteres. No importa lo que escribiste, como podrán ver, ni los errores de tipeo. Para corregir hay tiempo. Ella teje, yo escribo.

Descansar en mi mundo es mirar tuiter que es como un mantra perfecto. Y retuitiar y favear. Yo soy muy de retuitiar. Y soy de favear como adelanto de retuit. A la mañana siguiente, miro mi columna de favs y retuiteo, lo cual le da a los tuits que favié el día anterior una segunda oportunidad de ganar la calle. Soy un santo, en definitiva.

Me cuesta entender a la gente que no retuitea. No sé en qué están pensando que no pueden abrirle la cancha a tuits que los divirtieron o que los hicieron pensar. Y me hinchan, por supuesto, los favs cagones. Los favs como toda respuesta. Los favs de no te puedo admitir el error. El te acompaño en esto que dijiste pero no puedo retuitiarlo. Y el que ríe y no favea... Mmm. Tampoco soy de dms, esos dm de rosquear, de fijate lo que dijo alguien, contestale que yo no puedo, uhmmm. Prefiero la vida salvaje del timeline, de cuidar apariencias, o descuidarlas, pero todo a la intemperie.

Pero bueno yo quería hablar en realidad del kirchnerismo y la amistad. Todos tenemos el registro del desgaste en determinadas relaciones dado por la política. Y creo que fue cuando las diferencias, hasta entonces secundarias, estéticas, con nuestros viejos amigos, se convirtieron en catecismo estatal. Lo que podían ser diferencias que nos ponían en cierto trance que salvaba siempre el empate se saldó cuando el Estado perdió la ilusión de objetividad para tratar a sus ciudadanos y nos fue acomodando en grupos de distinto nivel de peligrosidad y egoísmo. Ellos, nuestros amigos, no dijeron en ese momento, claramente, no avancen sobre mi amigo, tuvieron gran descortesía con nosotros, sus amigos de toda la vida, los que estuvimos en las buenas y en las malas, y facilitaron que avance el catecismo, y el caradurismo de negar la evidencia cuando se la presentamos…, nos decían eso no es tan así, no está pasando, te dejás llevar por un microclima. Pasado un tiempo uno se cansó, se resintió con estos viejos amigos; es cierto que el kirchnerismo creó un clima desagradable pero fueron ellos los que accionaron el gatillo contra nosotros.

Algunos de ellos son el tipo de atorrantes que se hicieron kirchneristas porque “está Estela”, como dice el @coronelgonorrea.

Otros lo son porque nada en la vida les hubiera creado el patrimonio que les creó la adhesión. El kirchnerismo no fue sólo una mina de oro para los contratistas de obras viales o para el caso más popular de los periodistas que, por ser como una primera línea visible su adhesión debe ser visible, sino como todos acá sabemos fue una mina de oro para economistas y abogados y sociólogos y, más que nada en el mundo, politólogos.

De qué modo contribuyó Néstor a hacer mierda la vida en la comunidad e incluso habilitó a aquellos amigos perdidos: creo que cuando hizo del gaste la forma principal de relacionarse con sus interlocutores, cuando en cada respuesta ingresaba la sospecha de la venalidad secreta del otro. Y en cada una de las formas en que rompía el protocolo fidelizaba pequeñas minorías paranoicas, violentas y parasitarias.

Sé que hay kirchneristas que son muy buenas personas y que su problema es que están perdidos completamente respecto de qué quisieran pedirle a la comunidad en que viven. No puedo ensañarme con ellos.

Quiero recordar, por último, hoy a Gregorio, un personal trainer que tuve hace unos años a quien, cuando murió el doctor Alfonsín y mirábamos el velorio por televisión una mañana en el gimnasio yo le pregunté: “Gregorio, como te gustaría morir", y él me dijo adquiriendo como una expresión infantil y sonriente: “De cara al sol, con el pecho hinchado de aire”. Yo no daba un peso por la dimensión lírica de Gregorio y me cagó, me sorprendió. Lección, no ser prejuicioso; lección, el lirismo no es carga genética, es un permiso personal; lección, ser optimista siempre.-

Discurso leído el sábado 1 de junio en la presentación del libro Vamos por Todo de Eduardo Levy Yeyati y Marcos Novaro en Orsai Bar

Fuente imagen: lamusicadelaluna.blogspot.com

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