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Ochoene está enojado

Sebastián Zírpolo
Periodista

Lic. en Comunicación Social en la Universidad del Salvador. Escribe en la revista Brando. Trabajó y colaboró en los diarios Perfil, Ambito Financiero, Infobae y El Cronista, y en la revista Noticias. Ex Director editorial de BASTION Digital.

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Jue, 08-11-2012
Hay una pretensión desde el kirchnerismo de que Ochoene teorice sobre su bronca, para poder empatarse con él y romperle el discurso. Pero Ochoene no puede: está enojado, punto. Visto de lejos, un hombre golpeando una olla con una cuchara es un panorama desolador. Nos acerquemos, entonces.

Las personas no cargan en la política más subjetividad de la que carga en sus relaciones personales. Preguntado un sujeto sobre el estatus de su relación con un par, con Alicia, supongamos, sobre lo que piensa de Alicia, abundará en detalles más o menos cotidianos, en una lista de ejemplos, y entonces yo la miré y le dije… y mirá lo que me dijo, hasta hacer del subconjunto de anécdotas de la vida diaria un enunciado implícito, que no puede reconstruir teóricamente, no lo puede titular, porque Alicia no le importa o porque Alicia lo conmueve o porque a Alicia la quiere, pero viste cómo es. Al sujeto con la política le pasa lo mismo. Hay una pretensión desde el grupo de pensadores kirchneristas, rentados simbólica o materialmente por la política, de que los ochoenes expliquen, como hacen ellos, las razones de la protesta, que teoricen sobre su bronca, para poder empatarse con ellos y romperles el discurso, que es donde cargan la líbido desde hace años. La chicana oficialista de moda por estas horas (no se sabe qué reclaman) lejos de invalidar la protesta, la magnifica, porque denuncia el fracaso de la política, que es encauzar la anarquía natural del pensamiento colectivo.

Es por eso que no podemos exigirle a una protesta social tan esponjosa como el 8N un petitorio de diez puntos, no porque no sean capaces de articularlo sino porque ni siquiera saben por qué están tan enojados. No corresponde pedirle al sujeto ochoene que encapsule conceptualmente los motivos de su protesta: bastante tiene ya con la neurosis que lo expulsa a salir a darle duro a la batería de cocina para protestar contra el poder. Está enojado, punto. Con eso alcanza para tomar nota. Visto de lejos, un hombre golpeando una olla con una cuchara es un panorama desolador. Nos acerquemos, entonces.

El clima que veremos esta noche es el emergente de una bronca que muy pocos de los asistentes pueden justificar en términos de afectación personal, y que sin embargo, aun sin poder ponerlo en un razonamiento articulado superador del slogan (kirchnerismo-autoritarismo-chavismo- cepo_al_dolar-lo_que_hicieron_con_el_indec-el_reloj_de_Florencio) tienen un significado por el conjunto, por encima de los individuos. El oficialismo desprecia a los ochoenes por los mismos motivos por los cuales la oposición no pudo hasta ahora, ni de cerca, aspirar a representarlos: porque no los entiende. Muchas, muchísimas de las personas en situación de cacerola no están en condiciones económicas de comprar dólares, para encapricharnos con uno de los motivos de la protesta. Pero que un sujeto no pueda ejercer un derecho no significa que no deba reclamar por él si está siendo, sino violado, al menos toqueteado. En eso hay una maduración de la protesta social. Y si estamos hablando de una lucha por un status del cual losochoene, o muchos de ellos, ya estaban excluidos antes de que se presentase la pelea, tenemos que volver a la subjetividad de la que hablábamos ut supra.

¿Que le pide uno a la pareja, o al padre, cuando lo sienta imaginariamente enfrente, en esos ejercicios que hacen los psicólogos conductistas, cuando uno cae enojadísimo a terapia? Tratame bien, le pide. No me mientas, hablame como el adulto que soy y confiá en mi capacidad de superación de las dificultades que me estás imponiendo. Palabras más o menos. En este reclamo social la subjetividad es la misma sólo que cambia de proporciones: en el clima político impuesto por el poder sobrevuela cada vez más explícitamente un desprecio y una desconfianza hacia la sociedad que gobiernan. Luego de celebrar el regreso de la política, como le gusta regodearse al kirchnerismo, desgastaron cada una de las instituciones formales (los jueces federales, los fiscales, la agn, la representación sindical) o informales (la prensa, las ong) que organizan o representan el pensamiento del caos social, y ahora, ante una manifestación de múltiples disparadores (y por tanto con múltiples “organizadores” espontáneos o no), desacreditan a la sociedad por no tener agenda y por “esconder” sus intenciones, que son, en la lógica oficialista, malas. Todos culpables de todo.

Uno de los argumentos más repetidos desde los pensadores del gobierno, es que la clase social que motoriza la protesta pretende la desaparición del Estado a su mínima expresión para ponerlo en beneficio de intereses privados. Mi propuesta: pensemos bien, pensemos lindo. Probemos a ver si toda la pedagogía estigmatizadora depositada en la clase media, a la que se viene culpando por los militares, por De la Rúa, Rosas, Clarín, Perez Companc y Macri, no dio buenos frutos. A ver qué sale. Pensemos que están pidiendo que el Estado quede en manos del Estado, de sus resortes y sus instituciones, y no en manos de cuatro personas, un personalismo del cual el peronismo viene haciendo escuela, y que el kirchnerismo ha perfeccionado magníficamente. En ningún país donde la política es una actividad tan normal como cortar el césped la gente de a pie conoce el nombre del secretario de comercio, la jefa del banco central o el recaudador de impuestos. El regreso de la política no es necesariamente una buena noticia.

Luego habrá que ver si el sujeto ochoene se aguanta vivir en la república que está pidiendo, si acepta el juego de un país de reglas parejas y de autoridades fuertes que distribuye premios y sanciones de manera justa. El kirchnerismo, los modos del kirchnerismo, es también una de las partes del espejo donde tenemos que mirarnos.

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