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No hay vidas más valiosas que otras

Damián Gandlaz
Lic. Filosofía (UBA). Escritor.

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Mar, 27-02-2018
Un abordaje filosófico a la discusión sobre el aborto ofrece un punto de vista alejado de los preconceptos de la ciencia y la religión.

Cada tanto la sociedad tira la perinola y así elige los temas que debate. En general nada se resuelve, y los temas eternamente retornan; esta vez es —de nuevo— el aborto. Voy a dar mi opinión, aun a sabiendas de que no voy a convencer a nadie; parece que en casi todos los asuntos el raciocinio no importa en lo más mínimo, todos tomamos solo lo que apoya nuestros prejuicios. Voy a ignorar los argumentos de manifiesta mala fe (y son muchos). No voy a invocar ni una sola vez a Dios, y espero poner a la ciencia en su lugar. Adelanto que mi conclusión es rotundamente en contra del aborto. Voy a pensar algunas cosas hasta el final, y eso puede dar miedo. Hay que hacerlo.

El argumento más difundido para defender el derecho al aborto es bien conocido: de todas maneras va a suceder, así que ilegalizarlo lo traslada automáticamente a un contexto de condiciones terribles que resulta en la muerte de mujeres embarazadas, muerte evitable de haber abortado en un entorno hospitalario normal, higiénico. No voy a discutir sobre estadísticas que por su oscuridad intrínseca son imposibles de comprobar; además, las cifras no vienen al caso. Lo relevante para este argumento es que es la mujer la que debe decidir sobre su cuerpo, ya sea que el embarazo sea no deseado (por descuido o por violación), o si es el embarazo en sí lo que pone en riesgo su vida; pero esto se basa en la premisa implícita de que hay vidas más valiosas que otras, y que las menos valiosas pueden sacrificarse. Un simple ejercicio aritmético, contable. Aquí los abortistas se burlan, quizá teniendo en mente la ley de Godwin, o declaran solemnemente que la Ciencia determina que la vida comienza en el preciso momento X. Lo cierto es que cualquier argumento socio-cultural-político-económico cosifica la vida, y eso debería parecer inaceptable si queremos vivir en un mundo mínimamente humano. “Pero eso no es una vida”, contraatacan. El ente a ser abortado (que cada uno lo denomine de la manera que desee para alejarlo de su empatía) no se convierte en humano hasta la semana tal. Así como la guerra es demasiado importante para dejársela a los generales, la vida es demasiado importante para dejársela a los médicos. La ciencia no puede decidir nada al respecto, ni a favor ni en contra. Que un científico decrete que la vida comienza en un punto determinado tiene el mismo valor que un sacerdote decrete que comienza en la concepción porque Dios se lo reveló: nulo. Este es un asunto filosófico. Y cualquier razonamiento que fije un punto intermedio cualquiera será necesariamente arbitrario, o por lo menos convencional. Los únicos instantes indiscutibles desde el punto de vista estrictamente lógico serían los extremos: la concepción y el alumbramiento. Pero que la vida nazca junto con el bebé es absurdo, ¿sería aceptable abortar a un bebé un día antes de nacer? ¿Un segundo antes? Y sin embargo hay quienes se atreven a hablar de independencia física. Sería legítimo matar a un niño de un año de edad, igual de indefenso que un embrión recién formado. Qué decir de tantas existencias adultas geométricamente separadas pero de todos modos dependientes de cordones umbilicales de padres, parejas, Estados… ¿También habría derecho a “abortarlos”, llegado el caso de peligro vital para sus sostenedores?

Obviamente cualquiera que haya llegado hasta este punto debe estar riendo por lo hiperbólico de mis palabras. Yo mismo no puedo sacarme un leve gusto payasesco. Solo quiero pensar este tema hasta las últimas consecuencias; otros antes que yo ya lo han hecho, y mal que le pese a Godwin, ha habido más de un sistema político en la historia que ha llegado a estos extremos: los espartanos arrojaban a los bebés discapacitados del monte Taigeto, los nazis tuvieron campos de concentración y exterminio y los comunistas los siguen teniendo. Todo esto sucedió y puede volver a pasar. Sigamos sonriendo con suficiencia.

A pesar de todo, son justamente las objeciones relativistas las que dan la pauta de un meta-criterio irrefutable. Las discusiones en todo sentido acerca del inicio de la vida evidencian una diversidad de criterios amplísima, y ninguna tiene derecho por sí misma a ser considerada la verdadera. Indubio pro fetus; la duda más que razonable existe, y para no cometer un error monstruoso que signifique la eventual destrucción de una posible vida inocente, la única opción ética viable es descartar el aborto por completo. Todos los otros males que pueden derivarse de un embarazo no deseado, por duros que sean, son más leves. Se pide con razón que no se involucre a la religión en este asunto; es igual de ilegítimo que nosotros nos pongamos en lugar de un Dios infalible para decidir.

Yo no sé si la vida es sagrada; pero si no la tomamos como sagrada, entonces no vale nada.

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