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Ni tan keynesiano, ni tan marxista

Jimena Zúñiga
Economista (UNC), Master en Políticas Públicas (Harvard)

Antes Directora de Innovación en Políticas Públicas en la campaña Sanz-Llach, Barclays Capital, Banco Mundial, Africare Senegal y GDN. Columbia Publishing Course. Fundé BASTION Digital.

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Mar, 19-11-2013
Axel Kicillof tiene supuestamente una fuerte influencia keynesiana y marxista, la cual es también algo autoproclamada y en general poco disputada. Sin embargo, el ministro de Economía no es ni tan keynesiano ni tan marxista, y sobre todo no es ninguna de las dos cosas de la mejor forma en que podría ser ambas. 

Gail Collins, columnista del New York Times una vez escribió algo así como que los periodistas muchas veces exponen su vida en la cobertura de una guerra o arriesgan la de sus afectos en la investigación del poder, con el heroico fin de acercarnos una verdad que jamás nos animaríamos a buscar a ese costo. Siempre me acuerdo de eso cuando pienso que, para escribir “El Creyente”, Ezequiel Burgo se leyó las 500 páginas de la tesis de Axel Kicillof.

Como resultado El Creyente, repleto de datos duros y citas textuales (y disfrutablemente escrito), es un libro útil e interesante para familiarizarse con el pensamiento económico del flamante ministro de economía, y en contraste con su “oeuvre” original tiene el mérito adicional de un largo acorde a un ego normal.

Kicillof tiene supuestamente una fuerte influencia keynesiana y marxista, la cual es también algo autoproclamada y en general poco disputada. Sin embargo, en mi opinión, Kicillof no es ni tan keynesiano ni tan marxista, y sobre todo no es ninguna de las dos cosas de la mejor forma en que podría ser ambas.

Kicillof no es Keynes

Michael Piore, profesor de economía política en M.I.T. y admirador de Keynes y de Marx, solía decir que la contribución más brillante de Keynes a la economía, expuesta en The General Theory of Employment, Interest and Money, fue enriquecer el análisis del “producto” mirándolo por el lado de la “demanda”. Tuvo la genial innovación conceptual de analizarlo como la suma de los componentes en los que se emplea (consumo, inversión, gasto público y exportaciones netas) mientras que previamente solo se lo veía como “producto” de los factores que insumía. Esta innovación iluminó el fenómeno del desempleo cíclico, resultado de una situación en la que la demanda (y el producto efectivamente realizado) se ubica por debajo del producto “potencial” y entonces hay factores desempleados, entre ellos mano de obra.

Un primer distanciamiento de Kicillof respecto de la innovación keynesiana es la parcialidad con la que contempla la demanda. Para Kicillof “devaluar empobrece el mercado interno” y no importa si hay otra demanda, la de las exportaciones, que se dinamiza, o al menos se recupera, cuando el tipo de cambio no está artificialmente caro.

Por otra parte, Keynes advirtió que, debido a oscilaciones en la demanda, que para él no dependen “estrictamente de expectativas matemáticas” sino que muchas veces están motivadas por “capricho, o sentimiento, o suerte”, la economía tiene periodos de auge y recesión, y el Gobierno un rol estabilizador. Naturalmente, al escribir Keynes en 1935, el énfasis de la Teoría General estuvo en el rol estabilizador del Gobierno durante el desempleo y además en economías más bien cerradas, razón por la cual se asocia al keynesianismo con estímulo a, y no contención de, la demanda doméstica – estímulo principalmente prodigado a través de bajas tasas de interés y, sobre todo, mayor gasto público. Pero su innovación más brillante es, en esencia, simétrica.

Para Kicillof no. Para Kicillof, el Gobierno tiene que aplicar políticas expansivas durante las recesiones, pero no políticas contractivas durante los auges. Para Axel "el remedio para un auge no es una tasa más alta sino más baja porque esta puede hacer que perdure el llamado auge". Para Axel, "solo en periodos de ajuste y estancamiento hay paz de precios, que es la paz de los cementerios." Y para Axel la emisión monetaria no genera (nunca, aparentemente) inflación. Una especie de keynesianismo asimétrico que en la práctica da como resultado las mismas prescripciones del populismo mal intencionado (crecer más hoy, no importa que sea insostenible) a pesar de su revestimiento de intelectualidad.

Un contraste auténticamente keynesiano en la región es Andrés Velasco, ministro de finanzas chileno durante el (pronto habrá que decir “primer”?) gobierno de Bachelet. Poco antes de la crisis de 2008-2009, cuando Chile, con su moderado crecimiento de 4-5% era el anti-héroe de una región llena de tasas chinas, Andrés comunicó vía el Financial Times, más o menos en estos términos, que no era vergonzoso sino meritorio para un país como Chile en un contexto de precios internacionales exorbitantes, crecer a su tasa potencial -la tasa de crecimiento que puede sostenerse sin causar ni inflación ni un aterrizaje más o menos doloroso más adelante.

Lo fácil habría sido crecer a tasas chinas. Pero en Chile el Gobierno fue verdaderamente estabilizador, y haberlo sido en el auge le permitió ganar la credibilidad monetaria y los ahorros fiscales para serlo en la crisis en sentido inverso, sosteniendo el consumo y el empleo. Hoy, mientras en Argentina y Venezuela reina la incertidumbre macroeconómica, mientras Brasil tiene un baño de realidad (administrado pero de realidad) Chile, sigue creciendo más o menos a la misma tasa, con más o menos la misma inflación, con expectativas de crecimiento casi siempre en 5 y de inflación inamovibles en 3, con previsibilidad. Keynes estaría orgulloso de Chile. No tanto de Axel Kicillof.

Kicillof no es Marx

A Kicillof se lo asocia con Marx (y me imagino ahora con Maduro) por su interés en una economía planificada. Al parecer esto incluye desde nociones debatibles pero sensatas como "la reindustrialización no es un proceso automático" o “no hay otro modo de desarrollo que con un fuerte papel del Estado” hasta excentricidades más peligrosas como los precios máximos, las cuotas de importación, el cepo, y el término “hiper-rentabilidad”.

Estas ideas parecen más cerca del marxismo posterior que de Marx. Para Piore, la belleza de Marx, lejos de la teoría críptica expuesta en El Capital y sus incorrectas predicciones particulares, y aún más allá de la pasión por la justicia social que traiciona el Manifiesto, está en su teoría del cambio institucional a través de la historia. Marx, como nadie, como ciertamente no lo logra Douglas North, tiene un marco teórico general originalísimo e internamente coherente para explicar cómo el progreso tecnológico va alterando la manera en la que se organiza la producción y los medios de producción (la famosa “estructura”), lo cual va alterando la manera en la que se organizan las instituciones políticas y sociales en torno a esa producción (la superestructura). En su veta menos críptica, Marx sintetiza el núcleo de su materialismo dialéctico apelando al sentido común: “¿Hace falta mucha intuición para entender que las ideas, visiones y concepciones del hombre, en una palabra su conciencia, cambian con cada cambio en las condiciones de su existencia material, en sus relaciones sociales y en su vida social?”.

Para mí tiene mucho sentido: aparecen lavadoras automáticas y anticonceptivos, las mujeres trabajan más, y un día son presidentes. O aparece una semilla transgénica, de pronto no hace falta tanta mano de obra en el campo, y la vida se vuelve más urbana. O estirando un poco la teoría, aparece un shock (ya no tecnológico sino externo, como al final del menemismo), hay una crisis de deuda, y cae un Gobierno.

No para Kicillof. Kicillof acaba de alcanzar el rango ministerial en un Gobierno que no se cansa de vociferar que la economía está subordinada a la política. Kicillof, desde la “superestructura” erigida físicamente en torno a Plaza de Mayo, anunciará medidas para la “estructura” emergente de millones de decisiones económicas individuales, y creerá, que de esta forma, impone la política. Un mejor marxista, justamente por valorar la política, las instituciones políticas, la estabilidad política, tendría más respeto a las fuerzas, para Marx inexorables, de la economía.

Fuente imagen: fortunaweb.com.ar

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