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Nada que festejar

Malena Rey
Bioeticista

Especializada en problemáticas de reproducción asistida. Docente de posgrado en la Universidad Isalud. 

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Jue, 26-02-2015
La tendencia mundial apunta hacia la reducción en el consumo de gaseosas, a medida que los Estados concientizan a la población en los riesgos que estas implican para su salud. México, por ejemplo, le impuso un impuesto similar al del consumo de tabaco y logró bajar el consumo de bebidas azucaradas y subir el de agua mineral. Sería muy positivo que la Argentina se sume a esta tendencia, en lugar de celebrar el incremento de su consumo.

En la cadena nacional de esta semana, Cristina Fernández de Kirchner utilizó un curioso ejemplo para mostrar el aumento en la capacidad adquisitiva de la población en su mandato: señaló que la Argentina es el país que más gaseosas consume en todo el mundo y que duplicó su consumo en diez años.

El dato es cierto: en promedio, cada argentino pasó de consumir 83 litros por persona al año en 2003, a 155 litros en 2014. Pero sorprende que este crecimiento sea considerado positivo. Por empezar, un mayor consumo de bebidas carbonatadas no se asocia de ninguna manera a indicadores altos de desarrollo humano. Si bien hay países del primer mundo en la lista -notablemente, los Estados Unidos y Noruega- comparten el podio con países más pobres, como México, Bolivia y Arabia Saudita.

Pero lo más lamentable del ejemplo utilizado es que el aumento en el consumo de gaseosas en modo alguno puede ser tomado como una noticia positiva en Argentina, uno de los países con mayor tasa de sobrepeso en el mundo, y que enfrenta diversos desafíos en torno a la obesidad, el control de la diabetes y la alimentación saludable. Las gaseosas tienen un alto contenido calórico y ningún tipo de aporte nutricional de valor. Su consumo, por lo tanto, debería ser esporádico: son una golosina, no una bebida para incorporar a la rutina diaria. Por dar un ejemplo, se recomienda que las personas consuman menos de 30 gramos de azúcar por día: una botella de 600 ml. de Coca Cola tiene 66 gramos.

Diversos factores explican la enorme cantidad de gaseosas que beben los argentinos. Quizás el crecimiento económico de la población sea uno de ellos, pero no podemos dejar de mencionar factores culturales. Los argentinos asocian el consumo de gaseosa con momentos familiares, quizá influidos por exitosas campañas publicitarias como “Comer juntos alimenta tu felicidad”, de Coca Cola.

Las consecuencias de esta asociación, sin embargo, son graves. El consumo de bebidas azucaradas está directamente relacionado con el sobrepeso, la obesidad y la diabetes: el notable aumento de consumo de gaseosas, por lo tanto, sirve para explicar por qué la proporción de argentinos con sobrepeso y obesidad aumentó 42% en tan sólo diez años. 

Argentina está entre los países con mayor sobrepeso en el mundo. Los datos surgen de la Tercer Encuesta Nacional de factores de riesgo para enfermedades no transmisibles, realizada en 2013, que determinó que el 37% de la población sufre de sobrepeso, y el 20,8% de obesidad. Para peor, tenemos buenos motivos para creer que los números podrían ser mayores. La metodología que utilizó la encuesta para medir el peso y la altura de la población (datos con los que se calcula el índice de masa corporal o IMC) fue el auto reporte, es decir, se le preguntó a cada encuestado cuánto medía y cuánto pesaba. La elección tiene sentido al tomar en cuenta la enorme cantidad de casos relevados, pero hay que señalar que el auto reporte no es una medida confiable a la hora de evaluar el IMC de una población: es sabido que las personas tienden a exagerar su altura y a disminuir su peso cuando se les pregunta por ellos, y las personas con obesidad son las menos confiables a la hora de estimar adecuadamente cuánto pesan. Lo más probable es que el porcentaje de sobrepeso de la población sea mucho mayor de lo que las cifras oficiales indican, pero lamentablemente no contamos con otros datos.

Entonces, ¿qué hay para festejar? Los costos económicos y sociales que implican el consumo excesivo de gaseosas no pueden ser soslayados. La diabetes, por ejemplo, está directamente asociada al consumo excesivo de azúcar y al sobrepeso, y la encuesta mencionada señala que 1 de cada 10 argentinos dice padecer la enfermedad –muchos otros pueden tenerla sin saberlo. La diabetes es la séptima causa de muerte en la Argentina, y su tratamiento implica un enorme gasto en salud: el 8% de los recursos médicos del país se invierten en ella, y la hospitalización de un diabético cuesta el doble que la del enfermo promedio. Además de los gastos médicos, se deben considerar los gastos indirectos que la enfermedad tiene para el Estado. Ya en 1991, un estudio realizado en La Plata señalaba que las personas que sufren diabetes se jubilan antes, perdiendo en promedio 11 años de trabajo y pasando a depender de pensiones de discapacidad y jubilaciones. El costo humano de la enfermedad también es altísimo: la calidad de vida de una persona diabética es muy baja, con graves complicaciones entre las que se cuentan la ceguera y la pérdida de extremidades, que afectan el trabajo y la calidad de vida de ellos mismos y todo su grupo familiar. Una verdadera tragedia cuando en la mayoría de los casos se trata de una enfermedad fácilmente prevenible a través de un estilo de vida sano.

Consideraciones similares pueden realizarse con respecto al sobrepeso, condición que se asocia a numerosas enfermedades. A la ya mencionada diabetes, se le deben sumar, entre otros, un mayor riesgo de padecer hipertensión arterial, colesterol alto, enfermedades del corazón, ACV, diversos tipos de cáncer, enfermedades respiratorias, problemas en la vesícula y los riñones, infertilidad y artritis. La lista podría continuar. La calidad de vida de las personas con sobrepeso también es baja: el sobrepeso se asocia a la depresión, trastornos de la sexualidad y un bajo nivel de desempeño laboral. Varios estudios señalan que la reducción de las tasas de obesidad es una manera directa de reducir los costos que un Estado afronta en salud – lo que se traduce en mejoras para la calidad de vida de toda la comunidad.

Si al Estado le importa la salud de la población debería tomar medidas urgentes para reducir las tasas de sobrepeso y de diabetes y mejorar los hábitos alimenticios.  Una de las estrategias que podría adoptar, de acuerdo a un informe de Credit Suisse Report, es limitar el consumo de gaseosas a través de impuestos similares a los que se aplican al tabaco. Es la estrategia que implementó México, con un notable éxito: logró reducir el consumo de bebidas azucaradas en un 10%, y aumentó el consumo de agua mineral en un 13%. El impuesto también contribuyó a una mayor concientización acerca de los riesgos de estas bebidas: el 98% de los encuestados dijo que las gaseosas eran peligrosas para la salud y se asociaban al sobrepeso y la diabetes. Otra consecuencia deseable de este tipo de medidas es que permiten cubrir los crecientes costos que la obesidad y la diabetes tienen en el presupuesto estatal de salud.

La tendencia mundial apunta hacia la reducción en el consumo de gaseosas, a medida que los Estados y diversas organizaciones sociales concientizan a la población en los riesgos que estas implican para su salud. Sería muy positivo que la Argentina se sume a esta tendencia. Como vimos, incluso cambios pequeños en los hábitos alimenticios de la población se traducen no sólo en una reducción de los gastos médicos y laborales que afronta el Estado, sino también en un claro aumento de la calidad de vida de la comunidad. La prevención de las enfermedades siempre es mejor, desde un punto de vista económico y humano, que su tratamiento. Esperamos que dentro de poco nuestros gobernantes comiencen a reconocerlo. 

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