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Nada es perfecto

Sebastián Zírpolo
Periodista

Lic. en Comunicación Social en la Universidad del Salvador. Escribe en la revista Brando. Trabajó y colaboró en los diarios Perfil, Ambito Financiero, Infobae y El Cronista, y en la revista Noticias. Ex Director editorial de BASTION Digital.

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Mar, 26-05-2015
El acto de ayer confirma que Cristina Fernández se va del poder con una imagen alta o, si se quiere, mucho más alta de lo que debería teniendo en cuenta los enormes costos que han tenido sus políticas para el país y, menos abstracto, para el futuro de las personas. Pero este apoyo popular no es irracional ni militante: más bien las personas han encontrado un punto de equilibrio entre la degradación de las condiciones de vida y algunas conquistas sociales.

Posiblemente lo que más sorprenda del acto kirchnerista de ayer no es tanto su uso de simbología patria y recursos estatales para provecho partidario, ni la nutrida militancia que sostiene cada aparición pública de la Presidente, sino el resto de la plaza, de la mitad hacia atrás, la que llenó los huecos y disfrutó los atractivos de los festejos. Es cierto: era en el fondo un acto patrio y mucha gente se acercó a participar de una fiesta propia, como tantos miles hicimos en la fiesta del Bicentenario. La sola presencia no necesariamente significa una adhesión ni total ni parcial al significado político que se le quiera otorgar, y si hay una fiesta en la calle, para mejor una fiesta que nos representa, en una fecha que nos incluye a todos, que toca fibras emotivas, y que agenda numeritos siempre convocantes, como recitales de bandas populares, bueno, el resultado es bastante obvio: las personas normales no someten a cálculo cada decisión que toman. ¿Hacen bien? Hacen bien, más sano.

Pero eso no quiere decir que sean incapaces de racionalizar su propia conducta, o la conducta de los demás. Todos, los que fueron sabían que era un acto partidario y que su presencia ahí iba a ser utilizada como sinónimo de apoyo, reconocimiento y adhesión. Y acá hay que detenerse en algo: después de 12 años de gobierno, el kirchnerismo y sobre todo Cristina Fernández, se van con una imagen alta o, si se quiere, mucho más alta de lo debería teniendo en cuenta los enormes costos que han tenido sus políticas para el país y, menos abstracto, para el futuro de las personas. No nos vamos a poner a enumerar los deterioros que todos ya conocemos, lo que importa es que esos deterioros no han hecho mella en los balances que hacen las personas sobre el paso de este gobierno por el devenir de sus vidas particulares. Más simple: no es que las personas desconozcan, o se hayan olvidado, o no valoren en toda su complejidad, la inflación, el deterioro de las instituciones, el Congreso obediente, el Poder Judicial obediente, la policía ineficaz, el avance notorio, cotidiano, de la droga, Once, Cromañón, ¿sigo?, el Indec, Lázaro Báez, las inundaciones de La Plata, Cristóbal López, las islas Seychelles, Irán, la inseguridad, Nisman, ¿sigo? Nadie se olvidó de esto y de tanto más, y la mayoría conoce y reconoce el efecto que episodios así tienen en la vida de un país y de sus habitantes. Tampoco es cierto, como sostiene constantemente el relato oficial, que las personas resignifiquen las críticas al kirchnerismo  en términos de guerras de poder, de guerras de medios, o de batallas entre corporaciones.

Lo cierto es que las personas, la geeente, ha asumido ya el avance contra las instituciones y el deterioro de la calidad de vida como el costo a pagar a cambio de beneficios más cortos (en tiempo y en efectividad) pero al mismo tiempo más palpables. En general, el discurso antikirchnerista ha explicado la vigencia del kirchnerismo desde las prebendas y el éxito de su propaganda, y no se ha detenido casi en cómo se ve el panorama desde la cabeza del votante anónimo, no militante. Y se ve así: ha pasado a pérdida los efectos nocivos del kirchnerismo como parte de la lógica de gobernar. Como algo normal, como un costo a pagar: tengo mi platita, los subsidios a mis consumos, me siento cómodo con la protección social para sectores vulnerables, con la política de derechos humanos y con la prédica nacionalista que incluye a la política económica. A cambio, hubo que hacer reducciones, aplicar pragmatismo y entregarse a las (como mínimo) incomodidades de la vida cotidiana (que van desde que se corte la llamada del celular a que te hagan un secuestro express). El regreso de la política trajo, paradójicamente, una explicación mística para los errores u horrores de gestión. Como le dijo Cristina a los familiares de las víctimas del tren Sarmiento: “La vida es así, nada es perfecto”. Ese es hoy el punto de equilibro.

Comentarios

Enviado por sarandicity en

Estimado Sebastian:

Explicar 12 años en una nota de 40 líneas es difícil. Para vos no. En general los periodistas escriben o hablan, dando a entender que lo hacen en representación de muchas personas (miles, cientos de miles, millones). En tu caso no solo interpretas lo que nosotros pensamos, lo ves, que don tan especial, “Y se ve así”, decís, que suerte que vos puedas ver por nosotros. Sigo aquí a la espera de futuras visiones.

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