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Mujeres imaginarias

Jimena Zúñiga
Fundadora de BASTION Digital

Fui Directora de Innovación en Políticas Públicas en la campaña Sanz-Llach y trabajé en Barclays Capital, Banco Mundial, Africare Senegal y GDN. Economista (UNC), Master en Políticas Públicas (Harvard) y Columbia Publishing Course.

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Vie, 08-03-2013
Las diferencias biológicas y psicológicas entre hombres y mujeres son reales e importantes. Las celebro como condimento fascinante de nuestra fascinante naturaleza humana. Pero los sesgos de percepción también son reales e importantes. Y hacen más difícil tanto la vida pública de las mujeres como el balance entre vida pública y privada de los hombres. 

En junio de 2006, en el contexto de un trabajo para la división de Medio Oriente y Norte de África del Banco Mundial, pasé un tiempo en Irán. Equipada con un obligatorio pañuelo para el pelo y mi status de extranjera, me di lujos inusuales para la mayoría de mujeres iraníes, como el de viajar sin compañía masculina a la ciudad de Isfahán, sentarme en un restaurant en el que pasaron la goleada de 6 a 0 de Argentina a Serbia en el Mundial de Alemania, y tomar algo en un café con un cartel advirtiendo (en farsi y en inglés) “Para las mujeres, el servicio está prohibido”. En rojo.

Fuera de la intoxicación de la aventura, el viaje a Irán me infundió infinita gratitud por venir de una parte del mundo ya visitada por dos olas de feminismo (la del voto y la de la igualdad en el trabajo) gracias a las cuales las mujeres podemos ejercer un rango amplio de libertades políticas y económicas. Definitivamente en comparación con Irán. Definitivamente en comparación con cualquier generación anterior. Todavía no en comparación con el país de mis sueños.  

Hoy todavía en el mundo desarrollado, y ciertamente en Argentina, las mujeres siguen sub-representadas en la política y en la economía, en especial en puestos gerenciales y de poder. Sin ir más lejos, en Roma se está evaluando el candidato ideal para un puesto vacante al que las mujeres no pueden presentarse. Es cierto que tenemos una presidente mujer; pero también la tuvo un país con profunda inequidad de género como Pakistán: no dice mucho.

Aunque nuestra sub-representación puede explicarse en parte por diferencias biológicas y psicológicas entre los hombres y las mujeres, como desmenuza el genio de Steven Pinker en este extracto de The Blank Slate, también se explica por persistentes sesgos de percepción que continúan limitando las posibilidades de las mujeres en la vida pública. Estos sesgos son casi siempre inconscientes, por lo que afectan las percepciones aún de hombres y mujeres bienintencionados que estamos convencidos de nuestra imparcialidad de criterio. 

Anton Chekhov dijo que el hombre cambiará cuando se le muestre quién es. En un debate justamente con Steven Pinker, motivado por las declaraciones del entonces Presidente de Harvard, Lawrence Summers, Elizabeth Spelke, Profesora en el Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard, se tomó el trabajo de resumir un conjunto de evidencia sobre los prejuicios que tanto en hombres como mujeres afectan nuestra percepción de los sexos.

El primer tipo de evidencia tiene que ver con cómo los padres perciben a sus hijos. Es un hecho establecido que la mayoría de los padres adora a sus hijos e hijas por igual. Además, la mayoría sostiene que alienta el desarrollo intelectual de sus hijos e hijas por igual. ¿Pero cómo ven los padres a sus hijos e hijas? Spelke presenta la evidencia de tres estudios en distintas edades de los chicos.

Al nacer, Rubin, Karraker y otros encuentran que los padres ven a sus hijos varones como más grandes, más fuertes, y más resistentes (aunque en realidad a esa edad no hay diferencias). A los 12 meses de edad, Mondschein y otros encuentran que los padres de varones tienen más confianza en que sus hijos completarán tareas de destreza (como bajar un rampa) que los padres de nenas (aunque después varones y nenas la bajan igual). En sexto grado, Eccles encuentra que los padres de varones piensan que sus hijos son más talentosos en matemáticas que los padres de nenas (aunque sacan las mismas notas).

¿Puede ser que los padres se den mejor cuenta del verdadero talento de los hijos que lo que muestran las notas? Spelke mostró evidencia de experimentos en los que se muestran videos de bebés a un grupo de voluntarios, la mitad de los cuales cree que el bebé es, digamos, “Juanito”, mientras que la otra mitad cree que es, por decir, “Juanita”. El mismo bebé. Después se les hacen preguntas sobre cómo lo perciben.

Los resultados son fascinantes. Primero, cuando el bebé hace algo sin ambigüedad, las respuestas son iguales entre los que creen que es varón y los que creen que es nena. Por ejemplo, si el bebé sonríe, todos dicen que está contento o contenta. Sin embargo, cuando el bebé hace algo ambiguo, su supuesto género afecta mucho la percepción. Por ejemplo, si el bebé hace un gesto raro cuando se le cae el juguete, quienes creen que se llama Juanita dicen “está asustada”; quienes creen que se trata de Juanito dicen “está enojado”. El mismo bebé.

Esto importa. Aún los padres que se proponen tener el mismo trato hacia sus hijos e hijas, probablemente no traten igual a un bebé enojado que a un bebé asustado. Dadas estas diferentes percepciones, entonces, los varones y las nenas van inspirando desde que nacen distintas reacciones del mundo a su alrededor, y posiblemente distintos patrones de aliento.

Fast-forward al momento de competir por un puesto difícil, y Spelke presenta otro conjunto de evidencia, esta vez exponiendo sesgos de percepción en los evaluadores. La evidencia surge de experimentos que consisten en lo siguiente: se confeccionan dos CVs ficticios y se envían copias a distintas universidades elites de EEUU para competir por un puesto de profesor. Un CV es espectacular. El otro CV es “promedio”. En cada CV, a la mitad de las copias enviadas se les pone un nombre de mujer y a la otra mitad uno de hombre. El mismo CV. ¿El mismo resultado?

Cuando el CV es espectacular, sí. Cuando no hay ambigüedad, a ningún evaluador se le ocurriría decir “este candidato es impresionante pero lástima que es mujer”. Sin embargo, cuando el CV es promedio, si tiene nombre de hombre los evaluadores en promedio consideran que refleja mayor productividad (para el mismo número de papers), mayor experiencia dando clase (para igual número de cursos dados) y 70% dicen que hay que contratarlo (contra 45% en el caso de mujeres). El mismo CV.

Lo que es más, a veces los evaluadores dicen cosas como “este candidato parece muy bueno, pero me pregunto si este es su propio trabajo o el trabajo de su advisor. Pregunta legítima, dice Spelke, pero que aparece 4  veces más frecuentemente cuando el nombre del CV (el mismo CV) es de mujer. Estos sesgos están presentes tanto en los evaluadores hombres como en las evaluadoras mujeres, ojo. Los hombres no tienen la culpa de todo.

Bottom-line: cuando conocemos el sexo de una persona (lo cual es muy fácil de percibir excepto, al parecer, en nombres como el de nuestra queridísima Quimey), esto afecta la manera en la que percibimos su productividad, su experiencia, su independencia profesional. Y produce un patrón de discriminación aun en personas con las mejores intenciones y que están comprometidas con el principio de no discriminar. Desde el nacimiento hasta el momento de máximo logro académico como puede ser obtener un puesto de profesor en una universidad elite, los hombres y las mujeres somos percibidos de distinta manera.

Spelke insiste en que las percepciones no son todo. Cuando no hay ambigüedad, el género no importa. Mi propia hipótesis, basada en mi propia experiencia en ambientes profesionales competitivos, es que esto pone una presión desproporcionada en las mujeres con muchas aspiraciones profesionales para mantener un nivel de excelencia agotador. Porque cuando el nivel es más o menos, se percibe como mucho menos que más o menos.

Las diferencias biológicas y psicológicas entre hombres y mujeres son reales e importantes. Personalmente las celebro como condimento fascinante de nuestra fascinante naturaleza humana. Pero los sesgos de percepción también son reales e importantes, y probablemente siguen limitando muchas de las posibilidades y sueños de las mujeres.

Algo de estas limitaciones se auto-perpetúan: cuando hay menos mujeres en determinadas posiciones, eso puede implicar que menos nenas se imaginen en o persigan esas posiciones, aunque tal vez serían fantásticas en ellas y ellas contribuirían muchísimo a su realización personal. Por eso aunque reconozco los altos costos de sistemas de cuotas como el de la ley de cupo (ineficiencia, discriminación al revés, desconfianza en la legitimidad de quienes ocupan puestos gracias a cuotas) creo que dados sus resultados (reseñados por Directorio Legislativo en esta edición) probablemente no sean tan mala idea después de todo, al menos como medida transitoria hasta que superemos nuestros sesgos de percepción. (Hoy, por ejemplo, nadie se pregunta de qué religión son los jueces de la Corte Suprema de Justicia en EEUU—el sesgo religioso prácticamente dejó de existir—pero sólo gracias a un esfuerzo consciente por asegurar la diversidad de religiones en la Corte en el pasado).

¿Cuánto importa todo esto? Tal vez en comparación con la vulnerabilidad social que implica nuestra inestabilidad macroeconómica y otras violaciones a la libertad individual, no tanto. Pero qué pena. Probablemente las mismas percepciones que hacen más difícil la vida pública de las mujeres hacen más difícil el balance entre vida pública y privada para los hombres. El país de mis sueños tiene un cartel parecido al de aquel café en Irán, pero dice grande y también en rojo “Para las mujeres, y para los hombres, ningún sueño está prohibido”. 

Imagen: Jimena Zúñiga

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