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Mitos acerca del aborto

Malena Rey
Bioeticista

Especializada en problemáticas de reproducción asistida. Docente de posgrado en la Universidad Isalud. 

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Lun, 10-11-2014
La discusión sobre la despenalización del aborto corre el riesgo de verse empañada por declaraciones falsas o engañosas. Si deseamos tener un auténtico debate democrático sobre el tema el primer paso es dejar de utilizar argumentos cargados de ideología. Afortunadamente, y a diferencia de otros dilemas morales, en el caso del aborto contamos con numerosos estudios científicos y la experiencia de otros países para contribuir a limpiar el debate de estas imprecisiones.

El  martes pasado se intentó discutir en la Comisión de Legislación Penal de Diputados un proyecto de ley que pretende reformar los artículos 85, 86 y 88 del Código Penal, permitiendo así el acceso al aborto selectivo hasta la doceava semana de gestación.

Esta discusión es una noticia ciertamente positiva: más allá de la posición que se adopte con respecto a esta problemática, que algunos autores consideran el mayor dilema moral que enfrenta la sociedad contemporánea, en los últimos años diversas iniciativas han sido silenciadas desde el Ejecutivo sin la posibilidad de que se acceda a un debate parlamentario. Por dar un ejemplo, la despenalización del aborto estaba contemplada en el primer borrador del proyecto de reforma del Código Penal, pero desapareció de las versiones más recientes, que se difundieron oficialmente.

Sin embargo, una discusión parlamentaria acerca de un proyecto tan polémico corre el riesgo de verse empañada por declaraciones falsas o engañosas, que  pueden provenir de cualquiera de los “lados” de la discusión, debido a objetivos o motivaciones políticas, ceguera ideológica o mera ignorancia. Si deseamos tener un auténtico debate democrático sobre el tema, el primer paso es dejar de utilizar argumentos engañosos, inexactos, o cargados ideológicamente. Afortunadamente, y a diferencia de otros dilemas morales, en el caso del aborto contamos con numerosos estudios científicos y la experiencia de otros países para contribuir a limpiar el debate de estas imprecisiones.

 Con este objetivo en mente, propongo echar un breve vistazo a algunas declaraciones que se oyen frecuentemente al discutir la problemática del aborto selectivo. Casi todas estas declaraciones son falsas, engañosas, o sólo representar a un reducido grupo de mujeres, invisibilizando la experiencia real de la mayoría. 

“Despenalizar el aborto va a aumentar su número”

La experiencia en los Estados Unidos, que legalizó el aborto en 1973, puede contribuir a aclarar esta cuestión. De acuerdo al Guttmacher Institute, antes de que se legalizara el aborto en los EEUU, se realizaban 1 millón  de abortos al año. Tras su legalización, el número de abortos continúa estable, alrededor del millón. Si tenemos en cuenta el incremento de la población de EEUU en los últimos cuarenta años, debemos concluir que su legalización no sólo no aumentó el número de abortos realizados, sino que contribuyó a su reducción.

La evidencia con respecto a este punto es abrumadora e indiscutible: la despenalización del aborto simplemente legaliza una práctica que de todos modos ocurre. La reducción de las tasas de aborto nunca se logra con la mera prohibición.

 “Despenalizar el aborto es la única manera de reducir la mortalidad materna”

De acuerdo a la OMS, el aborto inseguro es la tercera causa de mortalidad materna en el mundo entero, siendo responsable por el 8% de la mortalidad total. En la Argentina, el aborto ocupa el primer lugar como causa de muerte materna; la tasa de mortalidad materna (TMM) es de 82 por 100.000 nacidos vivos. 

Sin embargo, afirmar que la despenalización del aborto es la única manera de reducir estas cifras es ingenuo en el mejor de los casos. Si lo que se busca es proteger la vida de las mujeres, hay muchas otros factores que se deben tomar en cuenta y que la Argentina debe desarrollar.

En países que despenalizaron la práctica del aborto selectivo, no hay evidencia que demuestre que este cambio implicó una reducción drástica en los niveles de mortalidad materna. En los Estados Unidos, por ejemplo, donde el aborto es legal desde el año 1973, la tasa de mortalidad materna fue de 9.1 muertes cada 100.000 partos en los años 1979-1986, pero aumentó a 17.8 en el año 2009. Este aumento se relaciona con pérdida del poder adquisitivo de la población y ausencia de recursos para controlar un embarazo, y no con la posibilidad de acceder a un aborto legal.

En el otro extremo, tenemos la experiencia de Chile, un país que limita absolutamente el acceso al aborto, impidiéndolo incluso en aquellos casos  en los que el embarazo atenta contra la vida de la mujer. En Chile, el aborto también es la primera causa de muerte materna, pero la tasa es de 25 por 100.000 nacidos. Más allá de que estemos o no de acuerdo con la legislación chilena, lo cierto es que la tasa de mortalidad materna en Chile es tres veces inferior a la de la Argentina; un logro notable, especialmente teniendo en cuenta que el acceso a la salud pública en ese país es mucho más limitado.

Si el objetivo es reducir la mortalidad materna, la Argentina debería trabajar más en asegurar la igualdad económica de su población, en reducir las altas tasas de violencia obstétrica y en asegurar una educación de calidad referida a los controles necesarios durante el embarazo y el parto. Si lo que se busca, en cambio, es argumentar a favor de la despenalización del aborto, deberíamos enfocarnos en la moralidad intrínseca de la práctica, en lugar de desviarla falazmente hacia la problemática de la mortalidad materna.

“El aborto le causa dolor  al feto”

Si bien esta cuestión no está esclarecida del todo, la evidencia apunta a favor de que los fetos no comienzan a sentir dolor hasta el tercer trimestre del embarazo – cuando los abortos son raros y, si el proyecto de ley prospera, no serían posibles.

 Un artículo del año 2005 en el Journal of the American Medical Association no encontró evidencias  a favor de la hipótesis del “dolor fetal” antes de las 29 semanas de gestación – y la mayoría de la literatura científica acuerda que las conexiones cerebrales necesarias para sentir dolor no se forman hasta la semana 24.

 “El aborto es un procedimiento peligroso”

 El aborto quirúrgico realizado por profesionales entrenados es un procedimiento seguro, y el aborto “médico” (realizado con pastillas) es seguro incluso cuando se administra sin un profesional de la salud presente. El riesgo de muerte o complicaciones de gravedad asociados con el aborto son menores al 1 por ciento.  Por dar un ejemplo que ilustre la cuestión, la tasa de mortalidad de la mifepristona (la llamada “pastilla abortiva”, y el método de elección para finalizar embarazos antes de las 12 semanas) es de 1 en 100.000. La del viagra, 6 en 100.000. Si somos realistas, también debemos concluir que el embarazo y el parto son muchísimo más peligrosos para la vida de la mujer que el aborto . Este argumento también es un intento de desviar la cuestión realmente importante, la moralidad intrínseca de la práctica.

 “Las mujeres que se realizan abortos sufren traumas psicológicos de gravedad”

Esta afirmación a veces se utiliza para justificar la prohibición del aborto en casos de violación: “al trauma de la violación, no debemos sumarle el trauma del aborto”. La evidencia, de todos modos, sugiere lo contrario. Durante el año 2008, la universidad Johns Hopkins realizo un amplio estudio revisando toda la literatura científica acerca del impacto del aborto en la salud mental de las mujeres que se someten a ellos. La conclusión fue clara: “Los estudios disponibles no apoyan la hipótesis de que el aborto conduzca a problemas psicológicos a largo término”. En la misma línea, la Asociación Americana de Psicología concluyó que, en los casos de embarazos no deseados, los riesgos de tener problemas de salud mental no difieren entre mujeres que se realizan abortos y aquellas que llevan su embarazo a término. 

"Ninguna mujer quiere realmente tener un aborto."

Esta declaración se suele esgrimir desde ambos “lados” del debate. Desde los partidarios de la prohibición, se suele utilizar para argumentar que son las presiones sociales sobre las mujeres embarazadas en situaciones de vulnerabilidad las que las obligan a abortar, en contra de sus auténticos deseos; desde los partidarios de la despenalización, se utiliza para argumentar que la despenalización del aborto no implica ignorar el grave dilema moral que el mismo entraña.

Numerosos estudios realizados en países donde el aborto es legal acuerdan en que la inmensa mayoría de las mujeres que optan por él están decidiendo libremente y tomando en cuenta todas las consecuencias de su decisión. Esta realidad no implica de por sí que tomen su decisión con liviandad, pero tampoco significa que la experiencia del aborto sea traumática para la mayoría.

Las presiones con respecto a la libertad reproductiva, tanto de hombres como de mujeres, provienen de las más variadas instancias y no se refieren únicamente al aborto.  El estigma social que acarrean las personas que optan por no tener hijos es altísima, y sin embargo nadie diría que la mayoría de las mujeres que eligen mantener un embarazo no están tomando una decisión libre.

Muchísimas mujeres tienen embarazos que no desean terminar, pero aún así se someten al aborto porque deciden que en sus circunstancias, es la mejor opción, o, a lo sumo, la menos insoportable. Para otras, la decisión es más sencilla: simplemente no contaban con un embarazo, no se sienten íntimamente unidas al feto o embrión que están gestando, y no desean continuar con el embarazo. Para ellas, la decisión no es traumática. Desdibujar esta experiencia para pintar con colores trágicos su decisión es una falsedad.

No es posible generalizar la experiencia de terminar con un embarazo, de la misma manera en que no todas las mujeres que dan a luz experimentan la idílica felicidad que a veces se publicita. No hay sentimientos “correctos” a la hora de decidir acerca de la propia salud reproductiva.

"Si el acceso a los anticonceptivos fuese irrestricto y todas las mujeres tuviesen educación sexual de calidad, se terminarían los abortos”.

Es absolutamente cierto que cuando la educación sexual es de calidad, y la disponibilidad de métodos anticonceptivos es amplia, la tasa de abortos cae rotundamente. Y también es cierto que la educación “por la abstinencia” no sólo no evita, sino que aumenta la tasa de embarazos y abortos por igual.

Sin embargo,  es cuanto menos ingenuo suponer que sólo la educación sexual y la oferta anticonceptiva, por sí solas, pueden reducir los abortos a cero. Mientras que algunas mujeres tienen sensaciones muy firmes y constantes antes y durante la totalidad de un embarazo, ya sea deseado o no, no todas ellas comparten esta experiencia, y nada puede obligar a una mujer a no cambiar de opinión si descubre que sus circunstancias sociales, económicas o emocionales han cambiado.

Lo cierto es que, dada la enorme presión por vivenciar un embarazo como un acontecimiento siempre positivo, no permitimos que las mujeres expresen nada más que alegría ante la perspectiva de un embarazo, incluso cuando este es deseado. Por este motivo, no podemos siquiera suponer cuántas mujeres tienen sentimientos encontrados: no vivimos en una sociedad que permita ese tipo de honestidad acerca del embarazo.

Incluso si cada embarazo es buscado y deseado, podemos estar seguros de que muchísimas mujeres continuarán deseando y accediendo al aborto. La vida no se acaba una vez que una mujer queda embarazada: las circunstancias siempre pueden cambiar, y  algunos de esos cambios pueden alterar seriamente los planes, deseos y necesidades  referidos al embarazo.

Teniendo en cuenta estos datos, de todos modos no se debe dejar de soslayar que el acceso de calidad al control de la natalidad en Argentina es deficiente. Hay cifras que muestran que en nuestro país, casi la mitad de los embarazos terminan en aborto, y el acceso a educación sexual de calidad, a métodos anticonceptivos seguros y a cooperación institucional, familiar y estatal en torno a la anticoncepción es escasa. Aquellos que buscan reducir el número de abortos no pueden dejar de trabajar a favor de ampliar la oferta de métodos anticonceptivos gratuitos.

Esta lista de ninguna manera pretende ser completa o cerrar el debate. Pero es un punto de partida para desarmar las complejas mitologías en torno a una problemática que muchos evitan enfrentar directamente, y un paso necesario para tener un debate auténticamente democrático. Sólo si tomamos en cuenta la experiencia acumulada por otras naciones y el invaluable recurso de los estudios que analizan las consecuencias del aborto podremos comenzar a debatir esta cuestión con mayor claridad y precisión, adoptando un punto de vista compasivo pero realista en torno a uno de los mayores dilemas morales que enfrentamos como sociedad.  

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