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Mi Occidente favorito

Jimena Zúñiga
Economista (UNC), Master en Políticas Públicas (Harvard)

Antes Directora de Innovación en Políticas Públicas en la campaña Sanz-Llach, Barclays Capital, Banco Mundial, Africare Senegal y GDN. Columbia Publishing Course. Fundé BASTION Digital.

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Mié, 06-11-2013
Mi Occidente favorito es liberal, ecologista, curioso, desprejuiciado. En su cénit actual – sobre todo en Nueva York – lo quiere y lo recibe todo de forma ávida y hospitalaria. Por suerte en la vida no siempre hay que elegir: se puede leer, comer, mirar, escuchar y celebrar lo mejor de todo el planisferio.

Iván tiene razón: no se puede hablar de Occidente sin Wikipedia. En la entrada en español aparece un mapa según el cual Occidente incluye todo el hemisferio occidental, Europa occidental, Israel, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda. Pero “historiográficamente” las bases de la civilización occidental fueron las ciudades sumerias del IV milenio antes de cristo y Medio Oriente Antiguo (hoy fuera del “mapa occidental”). Más tarde el mundo se dividió en Primero, Segundo, y Tercero (Latinoamérica quedó en el Tercero). Y hoy la pertenencia de América Latina a Occidente depende del historiador (así como la de Sudáfrica y Rusia). 

La nota de Iván, provocadora y divertida, me inspiró a esta adición zen de baja intensidad a su defensa de Occidente. Y a recordar algunos inputs no occidentales que enriquecen nuestras vidas, o han enriquecido la mía.

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De la nota de Iván me encantó su celebración del progreso (la cual ha ocupado varios posts en Bastión, como este y este), de la cosmovisión liberal y de la inclusión de las minorías en un “expanding moral circle” (aunque me encantaría que fuera más cierto eso de que no importa “tu religión, tu color de piel, de quién sos hijo o si te calientan especímenes de tu mismo género” – o tu propio género). También me gustó el reconocimiento autocrítico, al pasar pero honesto, de las crueldades y atrocidades presentes también en el lado occidental del mundo.  

Mi Occidente favorito, sin embargo, es todavía más “occidental”: liberal, ecologista, curioso, desprejuiciado. Cree que si la moral judeo-cristiana “reprueba la injusticia y protege a los más débiles” no significa que el Islam reprueba la justicia o el budismo privilegia a los más fuertes. Si “en Occidente se te respeta” no significa que en todo Occidente se te respeta o en ningún lugar de no Occidente no se te respeta.

En mi Occidente favorito, el vegetarianismo y el respeto por los derechos animales encuentran sustento en la tradición liberal. Peter Singer, liberal de Princeton y autor de Liberación Animal, argumenta que la capacidad de sufrir “es la única frontera defendible para preocuparnos por los intereses de los demás” y que “trazarla a partir de cualquier otra característica como la inteligencia o la racionalidad sería hacerlo de manera arbitraria: ¿Por qué no escoger algún otro rasgo como el color de la piel?”. El vegetarianismo, por su parte, es más ecológico que el “omnivorismo” o, lo que es lo mismo, más considerado con el dolor humano futuro.

Mi Occidente favorito aspira a una visión geográfica, cultural y temporal lo más amplia posible. Así como “cuando en Europa construían la Capilla Sixtina los incas corrían en taparrabos pegándose con unos palos”, en Guns, Germs, and Steel, Jared Diamond, de UCLA, repasa cómo hace 40.000 años las sociedades nativas de Australia, con sus novedosísimas herramientas de piedra y sus pionerísimas balsitas, eran mucho más avanzadas que las europeas de su momento. O cómo los herreros del Sahara occidental y el Sahel descubrieron cómo producir altas temperaturas y fundir acero en los hornos de sus aldeas más de 2.000 años antes de los hornos de Bressemer. En algunos años más, quién sabe qué habrán inventado los chinos, hoy invirtiendo la mitad de su producto, antes que los estadounidenses.

A Occidente en su cénit actual – la Costa Este de Estados Unidos y sobre todo Nueva York – le quedan chicos los íconos de McDonald’s y Coca-Cola. Lo quiere y lo recibe todo: Apple stores y restaurantes etíopes, modelos suecas y ejecutivos japoneses, hamburguesas y curry, maratones y estudios de meditación, Joshua Bell y Lang Lang, BMW y Toyota, manicures francesas y masajes Thai, cientos de colores, olores, texturas, ruidos, cortes de pelo, estaturas y narices que forman el mosaico de sus urbes ávidas y hospitalarias. Su magnetismo está en esa totalidad y en esa diversidad.

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Me pregunto si Barack Obama tendría la sabiduría y la profundidad que le admira Iván, y de la que también soy fan, sin un padre keniata y una infancia en Indonesia. Y me pregunto cuán innecesariamente menos fascinante sería el mundo (o aburrida mi vida) sin sushi, Anna Netrebko, Chinua Achebe, hummus, Naguib Mahfuz, Mahatma Ghandi, injera, Mikhail Bulgakov, Tolstoy!!!, belly-dancing, Kenzaburo Oe, kebabs, Tchaikovski, yoga, Ngugi Wa Thiongo, pad-thais, Kandinsky, Arundhati Roy o Chagall.

Por suerte, más allá de un slogan de campaña, divisivo y espurio, en la vida no siempre hay que elegir. Así como se puede soñar con una mayoría política inclusiva en sus disensos, se puede leer, comer, mirar, escuchar y celebrar lo mejor de todo el planisferio.

Fuente imagen: Examiner.com

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