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Macri, CFK y los convidados de piedra

Julio Burdman
Doctor en Ciencia Política (Institut d'Études Politiques de Paris)

Lic. en Ciencia Política (UBA). Docente, investigador, consultor y analista político.

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Vie, 03-03-2017
El discurso presidencial del 1 de marzo pareciera confirmar que el Presidente está decidido a sostenerse en su propia base electoral. Tal vez con el convencimiento de que eso le permite seguir siendo la primera minoría, frente a una oposición dividida entre diferentes opciones. Pero cabe preguntarse si no apareja un nuevo riesgo: el de prohijar un tercer actor, hoy inexistente. 
El segundo discurso de apertura del año legislativo que Macri pronunció el miércoles fue más sólido que el primero. Al Presidente se lo vio y escuchó más seguro y confiado: sabía lo que iba a hacer. No fue un típico "estado de la nación" presidencial, de esos que abundan en diagnósticos, reportes y metas. Fiel a su conocido estilo de proximidad, Macri reconoció que el año 2016 no fue bueno, pero prometió un 2017 mejor, y aún en los pasajes de autoexaltación, puso más énfasis personal en los esfuerzos y las intenciones que en la gestión realizada; la excepción fueron las referencias a seguridad y jubilaciones, donde sus balances positivos fueron acompañados con datos. En general habló escuetamente de la economía, aunque hizo especial hincapié en todo lo referente a la obra pública por venir. El discurso dejó claro que la principal apuesta del gobierno nacional para reactivar la economía del 2017 electoral es el ministerio que conduce Rogelio Frigerio. 
La otra característica saliente del discurso, que destacaron la mayoría de los analistas políticos, fueron las reiteradas menciones y alusiones de Macri a los gobiernos kirchneristas. La conclusión fue: el Presidente decidió polarizar. Ignacio Ramírez agregó que polarizar no es solo una elección de Macri, sino también algo que su electorado le pide. Y está en lo cierto. La propia base cambiemista no ha cambiado tanto. 
Veamos, por caso, esta encuesta de Observatorio Electoral realizada el pasado fin de semana: para el 51,5% de los entrevistados, el principal responsable del desempeño económico argentino es el gobierno actual, mientras que el 39,4% señala que la “herencia recibida” (el gobierno anterior) sigue explicando el presente. A primera vista, uno podría leer de estos números  que la “herencia recibida” ya muestra sus límites como estrategia discursiva. Sin embargo, al cruzar estos resultados con el voto en el ballotage presidencial de los consultados, podemos ver que hay fisuras vigentes: el 75% de quienes dicen haber votado por Macri en noviembre de 2015 piensa de esta forma, contra solo 16% que cree que los problemas económicos son, principalmente, responsabilidad del Presidente actual. Contrariamente, entre los votantes de Scioli y quienes votaron en blanco o no votaron en el ballotage, la enorme mayoría (cerca del 90%) apunta a la gestión Macri como principal responsable.
Sea por decisión desde arriba o por presión desde abajo, el discurso presidencial del 1 de marzo pareciera confirmar que el Presidente está decidido a sostenerse en su propia base electoral. Tal vez con el convencimiento de que eso le permite seguir siendo la primera minoría, frente a una oposición dividida entre diferentes opciones. Cargar las tintas sobre el kirchnerismo es, también, una forma de mantener viva su llama, y de dividir a la oposición. Reeditando un enfrentamiento que puede adquirir nuevos rostros y nombres -Baradel fue el único apellido que pronunció- pero mantiene sus formas. Macri se prepara para proponer a la sociedad un segundo round electoral contra una Cristina Kirchner candidata. 
Pero cabe preguntarse, pese a que las encuestas parecen acompañar esa estrategia, si no apareja un nuevo riesgo: el de prohijar un tercer actor, hoy inexistente.
La confrontación entre un Cambiemos gobernante y un kirchnerismo opositor no será igual que la polarización kirchnerismo - antikirchnerismo. En aquella, había dos veredas anchas y claras. Y, por lo tanto, grandes oportunidades electorales en cada una de ellas. De un lado, un oficialismo que estaba unificado bajo el liderazgo de Cristina Kirchner. Del otro, una oposición, que supo tener diferentes formatos electorales -UNA, Acuerdo Cívico y Social, FAP, Unión PRO, etc., hasta llegar a Cambiemos- y programáticos -la resistencia a la 125, la ley de Medios, el 'Grupo A', etc.- pero siempre una identidad común en el rechazo al kirchnerismo. La fortaleza de la vereda kirchnerista estaba en que, al enfrentarse a 'todos', se hacía más grande. Como Boca Juniors, cuya hinchada crece cuantas más son las otras hinchadas que se le ponen de manos. Y la fortaleza del antikirchnerismo era exactamente la misma: una vez que toda la oposición quedaba en 'la misma vereda', al final del camino el que se convertía en el líder de esa vereda recolectaba una montaña de votos. Así fue como Macri, ballotage mediante, llegó a la Presidencia. 
Esa era una polarización. De dos polos. Pero lo de hoy es diferente: Cambiemos no se propone enfrentar a todos, sino solo pelearse con una parte de la oposición. En ese campo político no habrá dos polos, sino dos minorías intensas hablando entre sí. El riesgo, entonces, es que los convidados de piedra de esa confrontación parcial comiencen a hacer su propio juego. Durante la polarización kirchnerismo - antikirchnerismo, Massa intentó la "ancha avenida del medio" pero no resultó. Las veredas eran demasiado amplias, la calle era angosta. Ahora, es al revés. Más que camino intermedio, los convidados de piedra podrían hacer su propia política. Massa ya tiene un acuerdo con Stolbizer. Con Stolbizer pueden venir otros convidados, como los socialistas de Santa Fe, algunos radicales desencantados, o la ascendente Victoria Donda, referente del progresismo urbano. Los peronistas cordobecistas ya dijeron que no se sumarán a Cambiemos, y tienen su propio entendimiento con Massa. Y otros cuantos peronistas desencantados pueden abrevar ahí. Felipe Solá, el padrino político de Lousteau, piensa en mudarse a la Capital, porque el peronismo porteño realmente existente no suma votos y se la hace demasiado fácil al PRO en su propio bastión. Se va formando el mapa. ¿Que juntar a toda esa coalición tan diversa de convidados de piedra es difícil? Sí, nadie dijo que fuera fácil. Pero ojo, que una confrontación angosta entre Macri y CFK les allanaría el camino. 
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