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Los lobos solitarios de ISIS y la micro geopolítica del terror

María de los Angeles Lasa
Dra. en Ciencia Política

Dra. en Ciencia Política e integrante del Grupo Joven del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). 

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Mar, 12-09-2017
La naturaleza fundamentalista del terrorismo islámico se traduce en desprecio político y religioso y, también, en una intolerancia hacia las formas en que Occidente diseña, organiza y vive sus ciudades.

Un urbanista alemán me hizo notar, recientemente, que los politólogos damos muchos debates teóricos pero pocos debates espaciales. ¿Por qué escasean los estudios del poder como elemento articulador del espacio físico urbano? Haciendo referencia a la geopolítica, me apresuré a relativizar su impresión, pero terminé admitiendo que los análisis geopolíticos —en consonancia con la fuerte matriz estato-céntrica de la disciplina— se han ocupado, en general, de los planteos a grandes escalas.

Después de mis estudios doctorales sobre la geopolítica de las drogas, y gracias a la influencia de Julio Burdman comencé a incursionar en una nueva agenda de investigación que piensa al abordaje geopolítico desde la perspectiva de la pequeña escala. Aún no abundan los modelos de análisis micro-geopolíticos —cómo han dado en llamarse—, pero sí es más frecuente dar con papers que analizan las dinámicas del poder en planos micro-territoriales como son, por ejemplo, las ciudades, los barrios o los hoteles.

En este contexto, me gustaría ensayar tres reflexiones sobre la reciente modalidad terrorista adoptada por ISIS y los lobos solitarios que actúan en su nombre: me refiero, en concreto, a la “novedad” de conducir vehículos por calles o avenidas europeas para atropellar a peatones.

La primera reflexión, y quizás la más obvia, es que la ecuación costo-beneficio es enorme. Con poca inversión económica, el número de víctimas y el impacto psicológico y mediático es masivo. Reuters, por ejemplo, calculó que la matanza de Bataclan (2015) costó unos U$7.500, que se destinaron al alquiler de dos departamentos y tres autos, y al pago de combustible, peajes, municiones y rifles Kaláshnikov. El saldo de dicho atentado fue de 130 civiles muertos. Para poner en perspectiva, consideremos el financiamiento requerido por otros tres atentados fatales: (a) la Comisión Federal de Estados Unidos estimó que los ataques a las Torres Gemelas (2001), que dejaron 2.997 víctimas, costaron alrededor de U$400.000; (b) el atentado en la Estación Atocha de Madrid (2004), que provocó 191 muertes, costó unos U$25.000; (c) la masacre de Niza (2016), que tuvo un saldo de 86 muertes, costó menos de U$350. El precio de matar, por terrible que suene, es cada vez más bajo.

La segunda reflexión, quizás no tan obvia pero sí paradójica, es que el terrorismo low cost responde en realidad a un debilitamiento del Estado Islámico. Se calcula que, entre 2015-2016, ISIS perdió un cuarto de su territorio y esto ha minado considerablemente su capacidad operativa. En sus zonas de control, el Estado Islámico cobra impuestos, recibe donaciones y se nutre del robo de reservas monetarias, contrabando de automóviles y armas, tráfico de bienes arqueológicos, secuestros, explotación hidrocarburífera, etc. Con dichos recursos, posteriormente, financia el entrenamiento y la permanencia de foreign terrorist fighters (FTFs) en las filas de su ejército. Menoscabada su extensión territorial y con menor cantidad de recursos en su haber, consecuentemente, ISIS se ha visto obligado a reformular su estrategia y a privilegiar las operaciones no de FTFs sino de lobos solitarios que puedan multiplicar los ataques terroristas en los confines del califato.

La tercera reflexión, finalmente, tiene que ver con la naturaleza fundamentalista y estragante del terrorismo islámico que se traduce no sólo en el desprecio religioso y político hacia lo que somos, sino también en una intolerancia espacial hacia las formas en las que Occidente ha diseñado, organiza y vive sus ciudades.

En su fase inicial de expansión —desde la península arábiga hacia el suroeste de Asia y sur de Europa—, el Islam encontró a su paso ciudades romanas y helénicas diseñadas con múltiples ágoras, plazas, circos, teatros, anfiteatros, estadios y aguas termales. En efecto, las ciudades clásicas antiguas —tanto como las ciudades occidentales modernas—, se organizan en torno a amplios espacios colectivos que dominan la morfología de la polis. Pero en el proceso de absorción, y lejos de conservarlas, el Islam las adaptó y las convirtió en complejos urbanos funcionalmente más simples, monótonos y diseñados para preservar los espacios domésticos que sirvieran para adorar a Dios, leer sus enseñanzas y cumplir sus leyes.

Las ciudades islámicas, en efecto, ocultan sus facciones con enormes puertas, paredones y callejones sin salida —además de intrincados e irregulares—, que conducen siempre a espacios privados. Y ante la presencia de calles de tránsito —inevitables para el funcionamiento de cualquier ciudad—, la perspectiva nunca es “infinita”. Para el Islam es inconcebible la alineación rectilínea de una calle, una avenida o una diagonal, justamente porque estos trazados destruyen la intimidad que la religión ordena celosamente guardar. En este sentido, y como lúcidamente ha señalado el arquitecto Fernando Chueca Goitia en Breve historia del urbanismo (Alianza Editorial, 1968), la ciudad occidental es una ciudad abierta y poblada por ciudadanos; la ciudad islámica, en cambio, es siempre cerrada y poblada por creyentes.

Creo que los terroristas islámicos nos enfrentan, como nunca antes, a un debate espacial: porque no toleran nuestras ciudades públicas, entonces quieren disciplinarlas; porque les causan repulsión nuestras avenidas abiertas, “exhibicionistas” y rectilíneas, entonces las siembran de terror; porque no aprueban el uso recreativo del espacio público, entonces llevan muerte a plazas, teatros, estadios y bares; y porque no conciben que puedan convivir, en un mismo planeta y en paz, ciudades islámicas y ciudades occidentales.

Antes de fin de año, la Torre Eiffel estará rodeada por un cristal blindado, y Roma ha decidido colocar barreras de cemento en las amplias y extensas vías Del Corso y Dei Fori Imperiali. Hace ya tiempo que Piazza Navona está custodiada en sus salidas por el ejército italiano, y el mismo panorama alcanza a espacios públicos de Bruselas, Madrid, Venecia, Ámsterdam, Barcelona, Berlín, Londres y Milán, entre otras ciudades. El poder articulador del espacio urbano en Occidente, ha sido (casi) siempre el poder de los ciudadanos. Ganar el debate espacial contra el terror implica no renunciar jamás tanto a la naturaleza abierta y democrática de nuestras ciudades como al uso que hacemos de ellas.

 

 

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