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La Trump(a) de la post-verdad

María Celeste Gigli Box
Politóloga. Especialista en open government.

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Vie, 28-04-2017
El 2016 no fue el año que vivimos en peligro, fue, simplemente el año en que nos dimos cuenta que ya estábamos en él. Por primera vez, la post-verdad dejó de ser un término de especialistas en comunicación y análisis político para llegar a ser masiva: columnistas de noticieros, noteros, políticos y hasta humoristas de TV la usaron. Resultó tan ruidosa que alcanzó su lugar en el Oxford Dictionary -y hasta la elección como palabra del año. Fue sólo un síntoma, una consecuencia de la utilización exponencial desde mayo de 2016 a causa del Brexit y la última elección presidencial estadounidense. 

Lo definen como un adjetivo que denota circunstancias en las cuales los hechos objetivos influyen menos en formar la opinión pública que la dimensión emocional y las creencias personales, relacionado con otro término, la política de la post-verdad (post-truth politics). No contamos aún con su inclusión al acervo de la Real Academia Española.

 

Dos hechos la arrojaron directo a las columnas de análisis de la realidad: el Brexit y la elección que consagró a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Ambos hechos confirman que las identificaciones (no las identidades) y las ansiedades (no las aspiraciones) direccionan a los electorados. Hechos, argumentos y los análisis basados en ellos, parecen haberse esfumado. 

 

No fue un invento de Trump ni del Brexist. la idea de política de la post-verdad fue acuñado por Roberts (2010), quien señaló el hiato existente entre las narrativas mediáticas y las políticas públicas concretas (en su caso, referidas a cuestiones ambientales). Pero esta no fue exactamente la primera referencia donde se sugería la dislocación entre persuasión y hechos: en 2004, un trabajo muy reconocido en la ciencia política de Colin Crouch, instauró la post-democracia como el antecedente de la post-verdad en política. El autor se refería al poder de cambio que posee el ejercicio del voto para direccionar la política hacia diferentes horizontes, pero que se ve menguado -cuando no viciado- si el debate de campaña presenta lógicas propias del espectáculo diseñadas por expertos en persuasión e imposición temas de agenda. Y fue este modelo de negocios publicitario de la comunicación política fue el caldo de cultivo de la política de la post-verdad. Hochschild y Einstein señalan la distancia que existe entre el ciudadano ideal jeffersoniano -que conoce y usa la información para elegir y/o actuar políticamente- con el ciudadano actual, que puede conocer hechos y no actuar según ellos, o bien puede actuar de buena fe pero bajo premisas incorrectas. Esto se denomina error of commision: el uso, no uso, o el uso incorrecto de la información. El asunto aquí es que la post-verdad implica un paso más: obliga a actuar en base a falacias, algo peor que cualquier error u omisión. Por eso las autoras señalan que no debemos mirar condenatoriamente al ciudadano individual o colectivo, si no al rol de las elites políticas en esas maneras de (des)informar. 
 
Lo anterior implica unos antecedentes colaterales, por así decirlo. Para encontrar al padre de la post-verdad, tenemos que ir hasta 1992, a por el dramaturgo serbo norteamericano Steve Tesich. La definió como el ´síndrome Watergate’, momento en que la opinión pública decide evitar las verdades incómodas. Esto implicaba equiparar ‘verdad’ a ‘malas noticias’, por lo que rechazar las segundas desecha a la primera. La verdad, al filo de ser expulsada del consumo mediático hace trastabillar al contralor público. Tesich dice: nosotros, como hombres libres, hemos decidido libremente que queremos vivir en una suerte de mundo de la post-verdad. Se refería a Reagan, quien aprendió esta lección del Watergate -la gente no quiere saber la verdad-por lo que en el escándalo Irán-Contras no mintió de manera directa, pero acomodó los hechos lo suficiente como para que la opinión pública no activase la experiencia de Nixon. En la Guerra del Golfo no hubo mayor diferencia: la escasa información y ver a la censura como un mal necesario al servicio del interés nacional, no fue escandaloso. La diferencia entre el presente y estos casos es que los presidentes de entonces se tenían que esforzar en escapar de la verdad. Hoy los esfuerzos son inusualmente escasos. 
 
Claudicar a la verdad no es lo mismo que soportar políticos mentirosos. Kathleen Higgins (2016) menciona que la falta de condena por mentiras en boca de políticos es diferente del lugar común que asegura que ‘todos mienten’: En éste caso, la posición por defecto es la honestidad -son ellos los que se salen de la norma-. En la política de la post-verdad la posición asumida es más parecida a un ‘no me molestes con los hechos’ (don’t bother me with facts). Esta suerte de derecho a no tener que siquiera hablar con veracidad -una postura que hasta es arrogante ante el propio electorado-, contiene una ironía: tal vez se beneficien de la post-verdad, pero no se libran de la verdad. Ahora son ellos los que sostienen la ‘verdad’ -se la arrebataron a los hechos-, y la ofrecen a unos electores que pueden ser ingenuos, indolentes o cínicos, pero que están creyendo y esperando algo de esas mentiras. En una famosa editorial de New Scientist (1°/VI/2016), las interpelación fue directa: un cínico podría preguntarse si los políticos son realmente más deshonestos de lo que solían ser. Tal vez, las mentiras ahora llegan a determinados oídos y por eso alcanzan a todo el mundo. 
 
Lo cierto es que la política de la post-verdad inerva, efectivamente, aspectos de la realidad política ya muy conocidos. Creemos que hay tres factores que abrevan seno, aunque no la definen: Por un lado, el perfil conspirativo: enreda el discurso político con hechos especialmente sensibles para la nación (por ejemplo, Donald Trump relacionando a Bush con los atentados de septiembre de 2001, o a China con el cambio climático). Por otro lado, presenta la constatación imposible: en una dinámica viral la información se reproduce geométricamente, lo que permite -o no impide- que los hechos se asuman ciertos antes de poder constatarlos (veamos el conflicto Aleppo, por ejemplo). Aquí podemos articular otros recursos como la utilización del rumor y otros dispositivos que generan tendencias en la audiencia como trolls, posteos promovidos, etcétera (recomendamos para esta cuestión el excelente libro de Ryan Holiday (2015): Trust me, I’m lying. Confessions of a media manipulator, Penguin, New York). Y por último, la post-verdad involucra la decisión de las audiencias (para el caso de Trump, será la construcción del voto y el posterior apoyo como Presidente): las elecciones implican sesgos, y su estudio no tiene nada de nuevo. Pensemos en el clásico de Achen y Bartles (2006), donde se señala la manera de construir un voto o la elección entre alternativas. Ingenuamente, presumiríamos que un votante determinado se informa de propuestas con igual grado de atención, decide cuál es más consistente con sus creencias y luego toma un curso de acción. Pues lo cierto es que dada la incomparablemente menor información que posee, escoge una posición partidaria según afiliaciones de diferente índole -familiares, sociales, etc.-, desarrolla argumentos acerca de esa posición (no de la cuestión) y recién después comienza a expedirse acerca del candidato a través del prisma de la posición tomada -con independencia de la cuestión- y a escoger hechos para soportar sus argumentos. Como vemos, ninguno de estos aspectos es nuevo o siquiera privativo de la post-verdad. Pero esto no implica que ella no constituya un fenómeno con entidad propia. 
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