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La tragedia de Siria

Diego Fleitas Ortiz de Rozas
Abogado y sociólogo

Master en Políticas Públicas (Oxford). 

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Vie, 30-08-2013
En el conflicto de Siria ha sido notable la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes. En qué medida no se justificaba una negociación real frente al número de muertes que podrían ocurrir - en este caso cien mil muertes de las que son responsables tanto el criminal Assad como la oposición. Ahora, el interrogante es cuáles pueden ser las consecuencias de una intervención.

The stars are dead. The animals will not look.

We are left alone with our day, and the time is short,

and History to the defeated

May say Alas but cannot help nor pardon.

W.H. Auden

W.H. Auden escribió dos versiones del poema Spain, sobre la Guerra Civil Española: la primera del año 1937 - de carácter más épico, y que le mereció un ataque de George Orwell, ya enfrentado con los comunistas - y otra del año 1940 - más corta y desengañada. En ambos casos mantuvo la triste estrofa final, en la que en medio de la devastación, los vencidos quedan solos, sin ayuda ni perdón, y son condenados a pasar a la historia.

El conflicto de Siria hace acordar al poema y a la Guerra Civil Española por varias razones. La primera, el horror en común - en el caso de Siria con ya cien mil muertos, millones de emigrados, el uso de armas químicas y el odio sectario. A su vez, en ambos casos, grupos originalmente más pequeños pero bien armados y organizados tuvieron capacidad de cooptarlo - en el caso de España, los comunistas y en el de Siria, los grupos islámicos - fenómeno que es común en los procesos “revolucionarios”; así los bolcheviques en Rusia y los jacobinos en Francia toman el poder, luego de haber formado parte de una coalición mayor y más moderada. En dichas revoluciones, igual que en España, lo primero que hicieron las facciones al lograr el poder fue reprimir o incluso asesinar implacablemente a sus antiguos compañeros de ruta.

La imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes también es notable. En el caso de Siria llama la atención desde el inicio la rotunda negativa de la oposición a negociar con el régimen de Assad.  Así, cuando la oposición era parte de la entonces primavera árabe (nuevo nombre luego de que se gastaran las revoluciones de colores) y la represión de Assad comenzaba (entonces todavía moderada para los estándares de la región, o lo que había hecho su padre), adoptó una postura maximalista, planteando como única opción que Assad abandonase el gobierno.

Dicha posición en parte se puede entender en el marco del fervor democrático, o de la desconfianza a las verdaderas intenciones de Assad, o del temor a las posibilidades de una posterior venganza. Sin embargo, uno no puede dejar de interrogarse desde la perspectiva de la “ética de la responsabilidad” señalada por Max Weber, cuáles iban a ser las consecuencias de dicha posición, más allá de los principios democráticos que la sostenían (en los casos en que dichos principios existían). En qué medida no se justificaba un trade-off, una negociación real frente al número de muertes que podrían ocurrir.

Es cierto que el régimen de Assad era una dictadura y que ya había cometido serias violaciones a los derechos humanos. Pero, por un lado, contaba con cierto nivel de legitimidad y además tenía poder real. Por otro lado, y más importante, a fines de resolver un conflicto serio, no tiene sentido en la práctica dividirse en buenos – los cuales van a atarse a sus principios (lo cual está por verse) - y malos a los que hay que ganarles a toda costa. Porque dicha opción, si bien puede ser legítima, significa la guerra, y sus consecuencias - en este caso cien mil muertos de los que son responsables tanto el criminal Assad como la oposición.

Dicha postura fuerte de la oposición frente al régimen estuvo acompañada o empujada por promesas de apoyo internacional, el fervor regional con la primavera política, y análisis optimistas en los que se conjugaban cierta ilusión de palomas democráticas y el interés de halcones que querían hacer caer un viejo enemigo geopolítico; constelación usualmente nefasta ya que estos últimos suelen  saber lo que quieren y tienen los recursos, y cierta ingenuidad termina sólo legitimando una brutal geopolítica.  

Dentro de estos halcones se encuentran viejos enemigos regionales y religiosos vinculados a las  dinastías sunnitas de la región, que buscan además golpear a través de Siria a su gran enemigo estratégico que es Irán. Es notable el caso de Qatar: a pesar de ser un país pequeño, gracias a una política exterior agresiva, fondos abundantes e incluso una cadena televisa internacional,  además de lograr un peso internacional importante, ha apoyado muy activamente a la oposición siria y también en el caso de Egipto a la Hermandad Musulmana. Todo lo cual, más la lógica del conflicto, ha llevado a que dentro de las fuerzas militares de oposición siria hayan cobrado mucha importancia los grupos extremistas sunníes, brigadas de voluntarios internacionales, en algunos casos con vinculaciones a Al Qaeda; lo cual ya ha provocado choques más o menos abiertos entre las distintas facciones.

Estados Unidos también inicialmente mostró entusiasmo por la primavera siria, que además de estar en consonancia con una agenda relativamente “democrática” que impulsaba en la región, era una gran oportunidad para golpear por proximidad a Irán. Luego se volvió  más reluctante en brindar apoyo y armas a la oposición (en especial por el crecimiento islámico), limitando las  transferencias de armas (al menos las públicas y directas) a tecnologías menos sensibles. Ahora aparentemente marcha hacia un ataque de tipo punitivo y restringido con misiles Tomahawks a Siria. Más allá de sus motivos geopolíticos,  la necesidad del presidente Obama de salvar su cara luego de haber trazado una línea limite, dobles estándares entre dictaduras amigas y enemigas, y antecedentes de pruebas falsas como las presentadas por Colin Powell, hay una cuestión sorprendente y además un gran interrogante.

Lo sorprendente es que Estados Unidos se ha vuelto malgré lui nuevamente aliado táctico de Al Qaeda, como ya lo fue de su proto-organización, de Bin Laden y de los talibanes en la guerra en Afganistán contra los soviéticos; lo cual si no fuera un tema tan serio despertaría alguna sonrisa y una recomendación de ir al psiquiatra, sobre todo luego de la guerra aun no finalizada en dicho país, el conflicto en Iraq y el ataque del 11 de septiembre de 2001. 

El interrogante es cuáles pueden ser las consecuencias de dicha intervención, y al respecto vale la pena recordar el viejo pero frecuentemente olvidado dicho de que las guerras se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan. Un escenario relativamente positivo es que no tenga efectos y sea sólo una puesta en escena, lo cual es algo que miembros de la oposición siria ya señalan. Otro escenario, deseado por la oposición, es que permita derrocar a Assad,  pero tampoco es claro a qué costo, cómo va a ocurrir y qué va a suceder luego con todas las facciones armadas y toda la larga cadena de venganzas que están pendientes. El peor escenario es el escalamiento, en una región muy conflictiva, en un país que efectivamente tiene armas químicas; situación en la que por ejemplo se puede llegar a provocar un ataque químico sirio a Israel y un contra-ataque atómico de este último, sin contar lo que puede ocurrir con los vecinos, para empezar Irán (que es aliado de Siria), Hezbollah en el Líbano, el todavía inestable Iraq o la base militar naval rusa que hay en Siria. 

A pesar de la situación, hasta ahora las potencias occidentales no parecen haber empujado eficazmente un proceso de paz,  sea por esperanzas de ganancias geopolíticas, errores de cálculos o no querer pagar los costos de obligar a las partes a sentarse con Assad, quien a pesar de ser un dictador, es la otra parte del conflicto. Ya sabemos cuáles han sido los efectos hasta ahora de la guerra civil; queda por ver cuáles van a ser los resultados de una intervención “quirúrgica” o, peor, de un escalamiento.

Como ejemplo de los esfuerzos poco serios en el tema basta recordar la promoción de una conferencia de paz en Ginebra, inmediatamente seguida por el anuncio de transferencias de armas por Estados Unidos y el Reino Unido a la oposición, respondido inmediatamente por Rusia, con un tit for tat de manual  informando un embarque para el gobierno sirio; o la condición sine qua non de la oposición para una negociación, que es la caída del régimen. La gravedad de la crisis actual, y lo que es peor los riesgos potenciales del conflicto - riesgos que incluyen la posibilidad de ataques químicos masivos y respuestas atómicas - hacen que se deba aprender la historia y que las potencias deban buscar un proceso de paz en forma real.

Por otro lado, y ya en un nivel personal, resulta difícil escribir desde un cómodo escritorio opiniones sobre tal nivel de horror – el cual, además, va a continuar - sin sentir que uno le falta el respeto a tantos muertos o sacrificio más allá de su bando; cuestión que también le molestaba a Orwell respecto al poema de Auden y otros  comprometidos “de salón”. Sin embargo, desde el común es poco lo que se puede hacer salvo plantear interrogantes, como es el caso, o como recientemente señalaba Timothy Garton Ash: ante la imposibilidad de elegir entre dos males, al menos se puede donar para los comités de refugiados (luego de lo cual aclaró posiblemente con auto ironía que salía de vacaciones a Francia).

De todas formas, quizás después de tanta sangre corrida es imposible un proceso de paz; finalmente ganará el más fuerte sea quien sea, y los cien mil muertos y los otros por venir son el precio a pagar (en vano o no) por la libertad, pero esto le toca a los sirios y a los familiares de los muertos juzgarlo, no a mí. Eso sí, si no logran un proceso de paz, corren el riesgo de que a pesar de sus luchas, como decía Auden, queden abandonados a su suerte, condenados meramente a pasar a la Historia.

Fuente imagen: Wikipedia Commons

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