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La salida de Correa

Raul Aldaz
Candidato a PhD (King's College London)

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Vie, 30-12-2016
La salida de Correa marcará la agenda de Ecuador del próximo año y las próximas elecciones generales en febrero. El cierre del ciclo de Correa se da en un escenario de deterioro económico y de reconformación de fuerzas dentro y fuera de su partido. Pero además hay dos elementos coyunturales adicionales: las denuncias de corrupción sobre exfuncionarios del régimen y la alta indecisión del electorado. La intención del voto hasta ahora no sugiere un desenlace probable.

Rafael Correa es un parteaguas en la historia política de Ecuador. Entre 1996 y 2006, Ecuador tuvo ocho presidentes, tres de ellos electos democráticamente pero que no terminaron sus mandatos; mientras que, en la década siguiente, 2007-2017, Ecuador habrá tenido un solo presidente, ganador en tres elecciones consecutivas. Y a pesar de que Correa y su partido, Alianza País (AP), buscaron reformar la constitución para permitir la posibilidad de reelección indefinida, su intento quedó corto: al menos tendrá que esperar un período presidencial antes de regresar. La salida de Correa, además de cerrar un ciclo político, marcará la agenda del próximo año y especialmente las próximas elecciones generales en febrero, ¿qué se puede esperar? Primero daré una mirada hacia el inicio de este ciclo, para luego presentar la coyuntura de su cierre, y con ello – ojalá – mirar mejor lo que podría venir los próximos meses. 

Existen dos fuerzas que moldearán la conformación de intereses y subjetividades del electorado de cara a las elecciones: el estado del sistema de partidos y la evolución de la economía ecuatoriana. El sistema de partidos que conformó tras el retorno a la democracia se asentó en fuertes clivajes regionales, costa-sierra, lo que trajo dificultades para formular una visión y políticas públicas nacionales. De otro lado, los partidos tradicionales recibieron la responsabilidad del manejo de un sistema político que no satisfizo las expectativas económica y políticas de la población. La irrupción de Correa y AP, un outsider guayaquileño apoyado en una sociedad civil principalmente quiteña, terminó de enterrar al sistema de partidos tradicional y se constituyó en la organización política más influyente y electoralmente exitosa de las últimas décadas (controla el 75% de legislativo actual). Pero sus limitaciones son cada vez más notorias.

Alianza País inicialmente fue un paraguas bajo el cual se juntaron diversos sectores de la sociedad civil con demandas específicas (ecologistas, feministas, economistas heterodoxos, entre otros) y con una retórica de izquierda. Su organización y evolución se dio de la mano del gobierno. Tanto es así, que le ha costado trazar una línea divisoria; por ejemplo, Rafael Correa es también el presidente del partido. Ahora, AP es una organización heterogénea, compuesta de facciones (¿dos, tres?), en donde es difícil encontrar puntos en común, más allá de la lealtad al presidente. La última discordia fue la designación del binomio que competirá por la presidencia, que Correa debió solucionar. Más adelante volveré sobre este punto.

Parte de la popularidad de Correa se debe al alto precio del petróleo – el principal producto de exportación. El segundo ‘boom’ petrolero de Ecuador permitió extender la provisión de servicios y la implementación de otras políticas públicas; Ecuador tuvo recursos para mucho, para reducir la pobreza, para reconstruir su sistema vial y para financiar la colocación de satélites en el espacio. Pero tras la caída del precio del petróleo, vino un paulatino ajuste del gasto público (que en parte se mantiene gracias a la colocación de deuda), y una contracción económica. Tras una década de gasto y estabilidad, la población mira con preocupación el estado de su economía.

El cierre del ciclo de Correa se da en un escenario de deterioro económico y de reconformación de fuerzas dentro y fuera de AP. Pero además hay dos elementos coyunturales adicionales que tendrán un papel propio en los próximos días. El primero son las denuncias de corrupción sobre exfuncionarios del régimen. El exgerente de la empresa estatal de petróleo (Petroecuador) se encuentra preso y bajo investigación, mientras que dos exministros de la misma área (Sectores Estratégicos) tienen orden prisión. La trama de corrupción en el área petrolero puede extenderse a otros casos (mejoras a la principal refinería del país) y a otras personas, incluyendo el actual vice-presidente, que también es candidato a vice-presidente. 

El segundo elemento de la coyuntura es la alta indecisión del electorado; a menos de dos meses de las elecciones, las encuestas dicen que más de la mitad de electores aún no sabe por quién votar a pesar de conocer ya a todos los candidatos participantes. Ahora existen más indecisos que un año atrás. Cuando la posibilidad de que Correa pueda ser candidato estaba presente, su figura polarizaba al electorado y lo movía a tomar posiciones a favor y en contra; con Correa fuera de la papeleta, las posiciones se diluyen entre cuatro candidaturas.

La intención del voto hasta ahora no sugiere un desenlace probable. Las encuestas presentadas en las últimas dos semanas le otorgan al binomio oficialista (Lenin Moreno y Jorge Glas) entre un cuarto y un tercio de la intención del voto, y cayendo, en parte por los casos de corrupción. Guillermo Lasso (centro-derecha) tendría entre 16-25%, Cynthia Viteri (centro-derecha) entre 9-16% y Paco Moncayo (centro-izquierda) entre 8-13%. Aún es temprano para sugerir un resultado, pero parece muy probable un balotaje entre el candidato oficialista y alguien más.

Más allá de cuál sea el binomio ganador, el nuevo gobierno heredará tareas difíciles y enfrentará condiciones políticas adversas. Por un lado, deberá afrontar una realidad económica de menores ingresos, de una creciente deuda y de un ritmo de gasto insostenible: la política pública deberá readecuarse. Pero además tendrá que hacerlo en un congreso fraccionado. Incluso si el oficialismo ganase, las brechas abiertas en la selección de candidatos le dejan a Moreno marcado por dos hombres de Correa, quienes buscarán proteger su legado (e incluso las espaldas de otros funcionarios): el vicepresidente Glas y su primer legislador nacional, José Serrano.

La necesidad de ajustes económicos en medio de un escenario político fragmentado es una realidad que Ecuador vivió por décadas. Su resultado es inmovilismo, reformas incompletas, parciales o volátiles; tras ello, desgaste, pérdida de legitimidad de los políticos y sus partidos, crisis económica, y la esperanza puesta sobre un outsider. Una vuelta a los ochentas, noventas y a la primera mitad de los 2000s. La otra alternativa es un presidente que conforme una coalición social y política que le permita navegar la tormenta. Pero esa alternativa es algo que el electorado, hasta ahora, no lo ve. Correa se va y deja incertidumbre. 

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