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La manta corta de la UCR

Diego García
Maestrando Políticas Públicas (UTDT)

Licenciado en Filosofía (UBA). Militante en el radicalismo porteño.

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Mar, 03-02-2015
El impulso de una alianza de la UCR con el PRO deja al descubierto, para el radicalismo, un fondo de pesimismo, de escepticismo y, tal vez, de cansancio: aliarse es menos exigente que una estrategia de reconstrucción. Y aún si esa alianza ganara las elecciones ¿cuál sería el peso político de la UCR? ¿De dónde tomaría su fuerza si no encontró la forma de volver a aprender los rudimentos de la movilización popular, de la identidad colectiva, de la conciencia política?

Desde los buenos resultados electorales de las fuerzas de oposición en todo el país, o desde el prometedor segundo puesto de UNEN en la Ciudad de Buenos Aires, o incluso desde antes de todo esto, la propuesta de acuerdo entre la UCR y un sector del peronismo no-kirchnerista tiene apoyo en las dos orillas. La propuesta no es una innovación en la doctrina radical: la alianza con Francisco De Narváez en 2011 y, cuatro años antes, con Roberto Lavagna, son expresiones de la misma idea. Como en las últimas dos campañas presidenciales, abogados, científicos y actuarios políticos de toda laya explican la viabilidad, la necesidad, la oportunidad o la falta de obstáculo alguno para que la UCR y, esta vez, el PRO firmen un acuerdo electoral. Dos son los argumentos -valga la redundancia- públicos. Por un lado, dar con una fórmula presidencial que fortalezca a los candidatos radicales que pelean por la gobernación en varias provincias. Ahora bien, que el apoyo a la candidatura de Macri sea mejor estrategia que el apoyo otro candidato de raigambre peronista no está explicado en general, y depende de qué gobernación se este disputando. Que el apoyo a UNEN sea para esos candidatos a gobernador la peor opción electoral, es un resultado previsible de que los propios dirigentes nacionales de UNEN intenten aliarse a una vertiente del peronismo antes que haber hecho más atractivo al propio UNEN. Que esas victorias que se esperan sean un fuerte del radicalismo o un puente hacia el PRO, depende menos de la vocación radical de los radicales que de si Mauricio Macri resulta presidente o no.

Por otro lado, se argumenta que es necesario buscar un camino para que algún afiliado de la UCR represente alguna forma de radicalismo en la segunda vuelta, aunque sigue sin estar claro, con la crisis de los partidos políticos en plena vigencia, qué sigue uniendo a los afiliados de un partido o cuáles de todas formas del radicalismo son las que podrían desarrollarse en el marco de esa alianza. En este sentido, que el eventual gobierno sea una coalición de la que participa el partido radical o una difusa amalgama macrista con afiliados a la UCR, es algo más bien incierto en tiempos de crisis de partidos. Cómo hacer para que la previsible competencia de un frente progresista no peronista conformado, justamente, por los actuales compañeros del radicalismo en UNEN  -que, oportuno es recordarlo, sacaron 1.200.000 votos más votos que la UDESO, la coalición radical peronista a la que la dirigencia radical apostó en las últimas elecciones presidenciales-, no termine siendo un techo infranqueable para la eventual alianza, más aun con un radicalismo sin pacificar, no parece siquiera pensado.

No obstante, radicales de todos los niveles de la jerarquía política –pero, no todos los radicales de jerarquía política-, se afanan desde el mismo bautismo electoral de UNEN por aportar su grano de arena o su completo corralón de materiales, según sea el caso, para la construcción de una alianza con el PRO, aun cuando todas estas preguntas, eventuales obstáculos o posibles límites de una alianza son accesibles al mero análisis de los argumentos y de la coyuntura, aun cuando darle cuerpo y brillo a la fuerza que tan auspicioso debut tuvo, se viera, en aquel entonces, como la opción menos costosa e, incluso, con perspectivas prometedoras. Trabajaron durante meses con guerrilla de versiones, trascendidos y acuerdos inminentes sabiendo que el rumor de una posible alianza con el PRO llevaría a UNEN a un debilitamiento fatal. El anuncio del acuerdo entre el PRO y la Coalición Cívica de Carrió es el más reciente aporte a esta línea de acción. Movimiento quirúrgico, no tanto por el aporte que a la nueva alianza pueda hacer Carrió, ya tomada por la obsesión del protagonismo que desfigura tantas trayectorias políticas al final -obsesión que en los últimos años sólo esquivaron Alfonsín, Duhalde y Kirchner-, y con las ideas cansadas tras quince años de un torrente de originalidad en el discurso político sin parangón en la historia política argentina. Movimiento quirúrgico, en rigor, porque priva a los críticos de la política peronista de su más grande estandarte desde el 2001: la intransigencia que la misma Carrió puso en marcha. Empiezan ahora la búsqueda de un nuevo liderazgo.

Sin embargo, toda esta incertidumbre acerca de la potencia electoral de una eventual alianza con el PRO no permite decir que la apuesta a esa alianza sea un sinsentido. Aun si la posibilidad de participar de los dividendos de una eventual victoria electoral fuera un aviso engañoso, la insistencia de diferentes sectores radicales para aliarse a un sector del peronismo es un acto estrictamente necesario.  

La racionalidad de la propuesta

Esta insistencia es resultado de la forma en la que los dirigentes radicales interpretaron su disputa contra el kirchnerismo y, a la luz de esta interpretación, su interpretación de la actividad política. Entendiendo que debían oponerse a los rasgos más identitarios del kirchnerismo -la apelación a la lucha, la búsqueda de un arraigo histórico, la movilización popular y la llamada a "poner el cuerpo”, además de su atracción por todas las formas autoritarias, su craso desinterés por la técnica y su vicioso vinculo con el Estado- renunciaron, también, a las formas fundamentales de la organización política. También ellos se vieron atravesados por la confusión kirchnerista cuando no pudieron salvar la organización política de la crítica al rentismo político -cuando no, liso y llano robo.

En todos los territorios donde esta confusión se hizo doctrina política, calaron los prejuicios contra las formas más clásicas de la organización política. En todos esos lugares el radicalismo retrocedió sin matices: no gana elecciones, se retiró del control de áreas del Estado, dejó de resultar atractivo para los reformistas democráticos, su militancia más característica. Quedamos, mayoritariamente, quienes participaron de la militancia orgánica durante los ochenta y nosotros, sus hijos.

De esta forma, con un radicalismo entumecido en su capacidad de organización política de la sociedad para defender ideario alguno, la opción de buscar resguardo electoral debajo de un sector del peronismo resulta económica. Más aun cuando, a causa de su propia interpretación de la actividad política, quienes impulsan el acuerdo con el PRO renuncian a liderar la reorganización de la cultura política radical, reorganización que genere el volumen político necesario para dar una disputa relevante en el nivel nacional. En todas estas limitaciones se revela, además, un fondo de pesimismo, de escepticismo y, tal vez, de cansancio: aliarse al peronismo es, a todas luces, menos exigente que una estrategia de reconstrucción de una mayoría electoral de cuño liberal progresista, socialdemócrata o radical. Reconstruir, representar, ganar, es una tarea ardua o miles de tareas arduas para las que quién tendrá energía. Organizar actos multitudinarios, ir encuentros pequeños en pueblos pequeños; exponerse en televisión; escribir; defender lo escrito; viajar incesantemente por todo el país; reservar mucho tiempo para hablar con muchísimas personas que no tienen poder de ningún tipo ni vienen a ofrecer negocio alguno; gastar dinero que no va a volver; jugarse el prestigio alguna vez ganado; arriesgarse a perder. Son tareas para las que no tienen tiempo quienes saben que ésta es su última ronda en la mesa grande de la política nacional. Son tareas que parecen enormes como un Aconcagua para todos los radicales que, aun jóvenes, no conocen la victoria en elecciones generales.

Las perspectivas

Y si esa alianza, finalmente, fuese concretada ¿cuál sería la fuerza de la UCR en ella si, por oponerse al kirchnerismo, los dirigentes radicales renunciaron a todo aquello que podría darles fuerza en tanto representantes del radicalismo? Y, más aun, si esa alianza se concretara y por algo imprevisto -o, simplemente, si acá no se hubieran hecho bien los cálculos- la alianza UCR-PRO ganara las elecciones presidenciales ¿Cuál sería su peso político en la escenario nacional? ¿De dónde tomaría su fuerza si no encontró la forma de volver a aprender los rudimentos de la movilización popular, de la identidad colectiva, de la conciencia política, de la reivindicación de un sentido de justicia? Acaso podría contar con la policía, con el ejército, con los jueces federales, con los grandes medios de comunicación, incluso con las llamadas ”estructuras sindicales”. Pero notemos que la experiencia histórica muestra que el peronismo ha articulado a estas fuerzas como mecanismos de control mejor de lo que el radicalismo lo ha hecho para que sean aliadas de una idea de emancipación.

El debate sobre una eventual alianza entra la UCR y el PRO, entonces, deja al descubierto los límites de una estrategia radical desmovilizadora. Estos límites no los sufre solamente la UCR, sino que durante estos años afectaron fatalmente las posibilidades de éxito de todo el arco liberal igualitario. En este debate el radicalismo decide frente a una bifurcación incierta. Por una lado, una apuesta de dudoso éxito electoral, en la que habría de participar sin fuerza relativa considerable; por el otro, intentar sentar bases de credibilidad para una reorganización política cuyos frutos recién se verían, en el mejor de los casos, en el mediano plazo. La primera opción se alimenta con una incuestionable vocación de no querer morir de inanición. La segunda, de no querer morir de intrascendencia. En el primer caso, el desafío radical sería lograr que el eventual gobierno de una alianza que no da señalas de buscar construir fuerza popular, no sea una nueva decepción que le gane al radicalismo el vituperio de su pueblo por segunda vez en menos de cincuenta años. En el segundo, encontrar la fuerza y los medios para sobrevivir al desierto varios años más.

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