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La genealogía de lo inmoral

Carlos Daniel Lasa
Profesor de Filosofía en la U.N.V.M.

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Mié, 26-11-2014
El escenario político argentino da muestra de una praxis totalmente escindida de todo principio. ¿qué ideas han conducido al pueblo argentino, en general, y al mundo político, en particular, a instaurar una praxis ciega para con los valores pero bien despierta para con todo aquello considerado como una ventaja para el posicionamiento personal?

El escenario político argentino da muestra de una praxis totalmente escindida de todo principio. Se registran, por parte de los políticos, acciones que tienen como fines no valores a realizar sino posiciones de poder a conquistar. En este hecho innegable, muestra de un travestismo espiritual sin precedentes, radica, a mi juicio, la causa de la profunda crisis por la que atraviesa la Argentina desde hace ya bastante tiempo.

Considerando que no son los mecanismos autónomos los que orientan el devenir histórico sino las ideas que los hombres alumbran en su espíritu y dan sentido a su praxis individual y social, y en orden a develar la naturaleza de la profunda crisis que atraviesa el alma argentina, se nos impone el siguiente interrogante: ¿qué ideas han conducido al pueblo argentino, en general, y al mundo político, en particular, a instaurar una praxis ciega para con los valores pero bien despierta para con todo aquello considerado como una ventaja para el posicionamiento personal? El nihilismo que vivimos, dentro del cual la palabra ha perdido toda su densidad, ¿cómo se ha gestado?

Nuestro nihilismo es el fruto conclusivo de un proceso que tiene su inicio con la introducción en Argentina, por parte de Perón, del fascismo italiano, esto es, la versión política del actualismo de Giovanni Gentile. El actualismo tuvo su acta de nacimiento en aquel libro que Gentile titulara La filosofia di Marx[i]. Gentile, en este escrito, sostenía que para alumbrar una auténtica filosofía de la praxis era menester quitarle al marxismo el materialismo y quedarse sólo con la dialéctica. La consecuencia de esta operación no podía ser otra que la entronización del devenir en detrimento de todo valor. Esta operación fue llevada a cabo por quien, creyendo adherir a Marx, siguió en realidad a Gentile: Antonio Gramsci. Gramsci, más actualista que el propio Gentile, llevó a cabo lo que él denominara “revolución total”. Esta (digámoslo con una palabra de moda) “deconstrucción” total condujo a la disolución de la filosofía en ideología. Y esta dilatación extrema de la mentalidad ideológica, la cual considera a toda realidad en términos de instrumento para la acción (poder), ha terminado por disolver la mismísima fe revolucionaria[ii]. Es más: la disolución ha llegado a licuar el consenso mismo por cuanto la idea de consenso pierde todo significado si no existe siquiera un valor sobre el cual convenir.

La evolución histórica de Argentina sigue el proceso que he descripto. He sostenido, hace poco tiempo[iii], que Perón, dominado no por la idea de revolución total sino por la de evolución (equivalente a la categoría gentiliana de resurgimiento), pretendió mantener ciertos valores propios de la tradición argentina aunque otorgándoles una forma nueva. Sin embargo, esta estación no hubo de ser la última. El tren del pensar debía llegar a aquella que era verdaderamente la última estación: la negación de todo valor y la asunción del devenir como única realidad. Este último estadio del actualismo, que en Italia estuvo representado por Gramsci (el verdadero filósofo de la contestación, como lo señaló Mathieu[iv]), se manifestó en Argentina en la revolución total operada dentro del peronismo de la mano de los montoneros.

Esta visión nihilista, la cual acaba con la misma revolución y con toda forma de consenso, exalta sólo la voluntad, el querer, considerados ambos como auto-referentes. En este sentido, la misma ley es vista como un obstáculo por cuanto frena la expansión del querer. Es aquí donde se muestra, de modo harto palmario, la contradicción total entre el actualismo y la República. Y es precisamente esta realidad la que ha atravesado la vida política de los últimos 70 años de la Argentina y nos ha conducido, de un modo inexorable, a vivir dentro de una contradicción permanente entre nuestro encuadre normativo y la praxis político-social cotidiana.

Lo grave del caso es que este último estadio del peronismo no es patrimonio sólo del PJ sino de innumerables políticos que, sin advertirlo, han asumido las consecuencias de la lógica que el General había aprendido del actualismo gentiliano. Lamentablemente, Perón tenía toda la razón cuando dijo que toda la Argentina es peronista. Basta prestar atención a los discursos de los gurúes que desfilan por los programas televisivos y radiales sobre política, los cuales centran la crisis argentina en la falta de eficacia económica, política, etc. No advierten, siquiera, que sin la existencia de valores ningún hombre ni nación pueden gestar una política justa y una economía próspera. Uno se pregunta: ¿pueden ser tan ciegos como para no ver que de la calidad intelectual y moral de los hombres depende, de un modo directo, la grandeza de una Nación? La importancia dada a la educación es la prueba más contundente de esta ceguera que parece, por momentos, irreversible.

A juicio del gran filósofo de la política Eric Voegelin, el orden occidental se encuentra fundado sobre la filosofía de Platón, en particular en las reflexiones que el filósofo griego nos dejara en el Gorgias. En este diálogo platónico se plantea con claridad meridiana este dilema: o la vida individual y social se funda sobre un Bien en sí (que existe independientemente del querer humano arbitrario) o, en ausencia del mismo, la utilidad se establece como el principio supremo. La primera lógica es encarnada por Sócrates y se ordena a la excelencia del hombre y de la polis; la segunda está representada, en el referido diálogo, por los sofistas Gorgias y Calicles para los cuales la virtud resulta absolutamente inútil. Y si la virtud es inútil, entonces la justicia no tiene vigencia alguna en la organización de la ciudad. La organización jurídica no se ordena en dirección a lo justo sino al poder.

Cuando el alma de cada político argentino sitúe al bien y a la justicia en el centro de sus acciones, entonces, como en un “efecto cascada”, tendremos ciudadanos que comenzarán a hacer del bien y la justicia los más grandes de sus bienes y, con ello, se edificarán en torno a lo propiamente humano y proyectarán una sociedad construida en torno a la virtud. Cada político debe saber que, de su moderación o su inmoderación, dependerá, en gran parte, la moderación o no del pueblo de la Nación.




[i] Giovanni Gentile. La filosofia di Marx. Casa Editrice Le Lettere, Firenze, 2003.

[ii] Cfr. Augusto Del Noce. Il suicidio della rivoluzione. Milano, Rusconi, 1978, p. 333.

[iii] Carlos Daniel Lasa. Juan Domingo Perón: el demiurgo del praxismo en Argentina. Bs. As., Dunken, 2012, cap. 5, pp. 47-52.

[iv] V. Mathieu. Storia della filosofia. La filosofia contemporanea. Firenze, Le Monnier, 1971, vol. I. 

 

Imagen: Collage de Nora Iniesta

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