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La explicación del kirchnerismo

Sofía Mercader
Profesora de Filosofía (UBA)

Cursando PhD en la Universidad de Warwick (Reino Unido), Departamento de Estudios hispánicos.

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Lun, 03-11-2014
Martín Rodríguez escribe hace años sobre el kirchnerismo. Dijo, primero, que el FPV era el partido del orden. Cuando estalló el conflicto con el campo y con Clarín acuñó el término “batalla cultural”. Publicó hace poco "Orden y Progresismo", un libro que recopila sus “escritos kirchneristas” y que explican el fenómeno que nos gobernó estos años. 

Martín Rodríguez es conocido por muchos como Tintalimón, el nombre que le dio a su usuario de twitter y a su blog, quizás parafraseando al Cooke que le mandaba cartas escritas en tinta de limón a Perón o quizás, también, citando un viejo escrito de Horacio González sobre esa correspondencia entre el líder de masas exiliado y el intelectual con ideas marxistas inspirado por la revolución cubana . Lo último no sería extraño, cuando le pregunto cuáles son los tres autores que más lo influyen nombra al actual director de la Biblioteca Nacional, a Sarlo y a Fogwill.

Martín Rodríguez escribe hace años sobre el kirchnerismo; dijo, primero, que el FPV era el partido del orden, un concepto difícil de compatibilizar con las expectativas de muchos de sus adherentes. Cuando estalló el conflicto con el campo y con Clarín acuñó el término “batalla cultural”, cuando muchos no sabíamos cómo nombrar a ese fenómeno que todavía persiste en el seno de la clase media progresista. Sus ideas van teniendo eco, de a poco, en el universo de los que leen la política, en el mundo de las personas que se detienen en la sección de opinión y que están dispuestos a perder media hora de su día en leer lo que otro piensa. El origen primigenio de esta actividad de escritura sobre política comenzó en 2006 cuando Martín Rodríguez publicó por primera vez un post en su blog “revolución-tinta-limón”, progresivamente los formatos se fueron ampliando y hoy escribe desde diarios, revistas y libros. Publicó hace poco Orden y Progreso, un libro que recopila sus “escritos kirchneristas” y que explican el fenómeno que nos gobernó estos años.

¿Por qué no empezar, entonces, de atrás para adelante? Es decir, ¿cuál es el punto de llegada de los años kirchneristas? Porque, quizás, para entender al kirchnerismo haya que situarse imaginariamente en su posteridad, lo que ahora se nos presenta como un problema que aparece en el horizonte cercano: la transición. Quizás también la transición diga mucho más del kirchnerismo como época (la década fue, en definitiva, vivida por todos) que otros acontecimientos que sucedieron en los últimos años, ¿cómo llegamos a esa transición? Hay que prestarle atención nuevamente a lo que dice MR cuando escribe, desde su columna dominical en el Ni a Palos, que “la transición política en la Argentina –parece ley- sólo se sabe hacer mal”, nos dice que “el sueño de los republicanos argentinos es llegar al poder pisando tierra arrasada, refundando todo. Fundar más que continuar”. Y el problema es que el pueblo no quiere una refundación, la sociedad es conservadora en algunos aspectos (¿quién no lo es?) y quiere continuidad, necesita saber que no se cae el mundo en 2015. “Yo creo que habría que pensarlo por el lado de la sociedad -me dice sentado en un café cerca de Radio Nacional, en donde trabaja diariamente- porque también hay un problema que tenemos muchos que es que nos la pasamos preguntándonos qué es lo que le pasa al kirchnerismo y no qué le pasa a la sociedad.”

Pero la clase política, que según Rodríguez está a la izquierda de la sociedad, no pensó que quizás el tema de la transición, después de tantas experiencia traumáticas, era importante. Mucha politización en los últimos años, pero ahora sobreviene la sensación del vacío porque no existe, en palabras de MR, “alguien que le organice eso a la sociedad en forma de relato y que le diga ‘el contramodelo es esto’, no existe. El deterioro del relato del kirchnerismo no hizo parir un nuevo relato. En esta etapa lo que hay es la ausencia de un articulador. Al kirchnerismo lo asusta un futuro gobierno peronista que continúe algunas líneas de racionalidad económica, y detenga en tal caso su revolución política.”

Uno de los valores de sus escritos -y un recurso que utiliza hábilmente en un medio al que le importa demasiado los hechos inmediatos (el periodismo)- es que introducen una perspectiva histórica en la explicación de los acontecimientos, hay una memoria de los hechos pasados que MR aplica al presente: la transición no es sólo un problema de la Argentina del 2015 (parece ley) y el relato no es sólo kirchnerista (“el menemismo fue un relato y la Alianza fue un gran relato, quizás el caso más extremo de relato sin gobierno, a pesar de lo que se dice”). La misma conciencia histórica es lo que le permite fundamentar su teoría de la política argentina como “estado-céntrica”. “La Argentina -me dice- a diferencia de otros países de América Latina como Brasil, Paraguay y Chile, tiene una tradición estatista mayor. Me refiero a que tiene una cultura universalista de derechos. Se discuten mil cosas sobre la salud y la educación, pero acá no se discute si son gratuitas. Tampoco se discute la extensión del Estado. Esa famosa conquista del desierto se llevó a cabo; no sólo la llevó a cabo Roca contra los indios en la Patagonia, sino que se llevó a cabo como concepción de unidad espacial de la Argentina moderna: hay un Banco Nación, hay una escuela, hay un hospital o una sala de atención en todos los pueblos de la Argentina. Tuvimos la tradición de YPF, tuvimos el gran tema de Malvinas como cuestión espacial. Hay una especie de genérico militar-desarrollista  y a la vez democrático, en el sentido de distribución, que está muy presente en las tradiciones políticas. Está presente en el peronismo, está presente en el radicalismo y estuvo presente en sectores militares. Me parece a mí que cuando uno dice Estado en la Argentina, está diciendo eso.”

Y después, ordenando su discurso, como quien ya tenía la respuesta a mi pregunta sobre ese estado-centrismo del que él habla, Martín cita a Martínez Estrada, valiéndose de otro ámbito -el literario, o intelectual- para justificar sus afirmaciones. Me dice que hay otro sentido en que la Argentina es estado-céntrica, es un sentido geográfico, espacial, teñido de un fuerte simbolismo, es eso que el autor de Radiografía de la pampa define como la macrocefalia de la Argentina: “nuestra política y nuestros símbolos tienen un gran centro que es la Plaza de Mayo. O sea, Plaza de Mayo para ir a protestar, para ir a celebrar la democracia, para ir a escuchar a Perón, para ser echados por Perón, Plaza de Mayo para celebrar a Alfonsín, para sostener a Alfonsín y para que Alfonsín nos desilusione, Plaza de Mayo para discutir contra el campo. En algún sentido la política argentina es clara y ordenada en torno a esa geografía política.”

Pero así como puede ser una generalización ordenadora decir que la Argentina tiene problemas de macrocefalia, o que lidia mal, terriblemente mal, con las transiciones, ambas cosas no explican lo que de particular tuvo el fenómeno del kirchnerismo en esa onda larga de la historia nacional. ¿Qué es lo que hicieron los actores de carne y hueso para que hoy tengamos la sensación de que estamos entrando en un abismo? Tenemos la idea de que el 2015 es una nebulosa en que las opciones no son claras: ¿Massa? ¿Macri? ¿Scioli? ¿Cómo se llegó al punto en que las tres opciones presidenciales son tres caras de algo que parece ideológicamente, discursivamente, exactamente lo mismo? No es que haya que repartir culpas, pero sí hay que encontrar responsables; podrá ser que una mano invisible de la historia determine algunos hechos, pero no podemos pasar por alto las decisiones que toman los actores concretos y, en este caso, las que tomó el kirchnerismo como clase política. ¿Qué pasó con ese movimiento que hasta el 2011 parecía arrasar con todo? Ahí MR marca un punto de inflexión: Once. La tragedia del Sarmiento levantó el velo que había impuesto el relato, mostró que había errores humanos que no se podían maquillar tan fácilmente: “Once es como la irrupción de algo real e insoportable para el kirchnerismo. Una presidenta que tenía ganas de hablar sobre la relación de Víctor Hugo Morales con Magnetto y no pudo hablar de 51 muertos, ese momento para mí es el momento en que se quiebra algo, que se descompone ese ‘gobierno de sentido sobre la sociedad’ de un modo casi definitivo. Me puedo abrazar a las Madres de Plaza de Mayo, me puedo abrazar a los piqueteros, pero no me puedo abrazar a los muertos que produzco (aunque sea en un sentido de omisión).”

Sigamos avanzando retrospectivamente. Si hubo una caída del kirchnerismo es porque en determinado momento tuvo una gran eficacia, y eso se explica -en parte- porque pudo construir desde arriba esa articulación que hoy falta.  Martín lo decía en su blog en 2007: “Cada nuevo gobierno gozará del derecho (a una retórica) para refundar la República (cimentando sus logros, finalmente, en la continuidad)”. El kirchnerismo supo construir exitosamente desde el poder “una retórica” para cohesionar un país que pedía a gritos ese tipo de orden, MR explica al kirchnerismo de esa primera etapa como “una suerte de gran dispositivo nacional de gobierno, con concentración de poder y con una forma inédita de hacer convivir agendas de minorías que acompañan al gobierno con la posibilidad de una economía de mayorías que no se identifican con esas minorías, pero que en el bienestar económico, conviven.” Doble eficacia: primero, compatibilizar intereses (no sólo de la población en general sino también de lo que MR llama “el peronismo institucional”); segundo, fundar una retórica progresista por la que NK y CFK lograron “consumar un nuevo sentido común, una nueva historia oficial, porque el progresismo -dice- es la primera versión sólida de la historia”.

Pero no nos engañemos, ese progresismo no permeó todas las capas de la sociedad,  “creer que Estela de Carlotto gobernó este país durante doce años es decir muy poco; gobernó una parte, gobernó la mente de una parte de los gobernados, gobernó los sentimientos de un sector, pero no se puede decir que los derechos humanos gobernaron”, me dice sentado en el café de Maipú y Lavalle. La batalla cultural funcionó, pero fue más intensa que extensa (la “minoría intensa”, la llama él). Sirvió, generó adhesiones e instaló un discurso dominante poderoso, pero que no necesariamente era el discurso de una mayoría, nuestro entrevistado explica el error de cálculo en que incurrió el kirchnerismo: “Mucha gente creyó que 678 ocupaba el lugar de Clarín, o que desde esa plataforma crítica se disparaba una nueva cultura de masas, un Estado capaz de producir el espectáculo de masas.” Era un error pensar que con la batalla cultural “se consagraba una popularidad”, 678 no llegaba a la masividad a la que pretendía llegar y la sociedad argentina no quería una revolución cultural, esa revolución imaginaria de la que habla Jorge Asís. Es que no había revolución posible, se podía tomar algo de la prédica del 73 de Cámpora (una de las notas identificatorias del kirchnerismo según MR, junto con el 83 de Alfonsín), pero al igual que esa oscura época, ni el pueblo iba a adherir intensamente a la revolución, ni el peronismo institucional la acompañaría cuando las cosas se complicaran. Es que el error, la soberbia del progresismo -y también del antiprogresismo- es pensar que la sociedad argentina se puede dividir en dos cuerpos comunes y homogéneos (los buenos/los malos, los de izquierda/los de derecha, los ricos/los pobres). Es mentira -dice MR- lo del business del país dividido, “la sociedad argentina es más compleja, atomizada y fragmentada de lo que se cree. No hay un país dividido en dos, entre kirchneristas y no kirchneristas, al menos no de arriba hacia abajo. Hay un país dividido en muchas realidades al que el gobierno supo por momentos gobernar. Pero la ‘división’, la ‘grieta’, existe en un sector de la sociedad, en la clases medias urbanas, en los medios de comunicación, pero no en un corte de clase de arriba y abajo”.

¿Qué podemos saber de esa sociedad argentina en realidad? Pareciera que sólo podemos conocer determinadas realidades fragmentariamente, MR lo sabe y se cuida de hacer generalizaciones de las que no puede dar cuenta, pero aún así trata de entender lo que puede tocar de esas variadas Argentinas. Le pregunto sobre la corrupción porque creo que se cuida mucho en sus escritos de hacer referencia a ese problema, y tiene un argumento muy válido al respecto: “es un tema del que no puedo hablar, porque no quiero hablar de la corrupción de los que la denuncian, porque yo no me hago cargo de la corrupción del gobierno que defiendo, es como un circulo vicioso”. Sin embargo, me dice que le parece que es un tema que tiene una importancia en la sociedad, lo ve en esas otras argentinas, trata de correrse del prejuicio progresista que hay con respecto a eso: “decir  que a los pobres no les importa la corrupción de los que gobiernan es una discriminación positiva hecha por el populismo de clase media, eso es populismo mal entendido, plenamente.” Me cuenta una anécdota de cuando fue a visitar a su abuela un día y el taxista le habló, preocupado, del programa de Lanata y las denuncias de corrupción. “Mi abuela vive en Villa Tesei -y aclara- una zona medio picante del conurbano, o lo que para alguien que viene de la capital sería picante.” Martín Rodríguez se hace cargo de donde viene, él también forma parte -de una manera crítica- de esa mentalidad progresista capitalina. Habla con el tachero, habla con el mozo, me pregunta qué pienso yo, ejerce una especie de peronismo que recibe bien todas las corrientes, y después se sienta a escribir.

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