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La esperanza del aprendizaje

Jimena Zúñiga
Economista (UNC), Master en Políticas Públicas (Harvard)

Antes Directora de Innovación en Políticas Públicas en la campaña Sanz-Llach, Barclays Capital, Banco Mundial, Africare Senegal y GDN. Columbia Publishing Course. Fundé BASTION Digital.

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Lun, 27-01-2014
Aunque parezca una crisis repetida, la aceleración de los tiempos económicos de los últimos días tienen la excentricidad de ocurrir en una América latina que parece haber alcanzado un punto de no retorno en la consolidación de sus instituciones macroeconómicas. Esto abre la esperanza de que, al estar rodeados de países sin populismo, en la Argentina la retórica populista se vuelva imposible de mantener. 

Para cualquier argentino de más de 25 años, la aceleración de los tiempos económicos de los últimos días, las marchas y contramarchas de anuncios y la creciente sensación de caos conjuran una frustrante sensación de retorno a una historia circular. Pero es una sensación engañosa. Los acontecimientos de los últimos días son únicos desde una perspectiva histórica porque por primera vez ocurren como una excentricidad en una América latina que, por lo demás, parece haber alcanzado un punto de no retorno en la consolidación de sus instituciones macroeconómicas.

Cinco de los países más grandes de la región –Brasil, Chile, Colombia, México y Perú—los cuales representan más de tres cuartos del PIB regional, llevan más de una década de instituciones macroeconómicas estables: un sólido régimen de metas de inflación, un tipo de cambio flexible que les sirve para amortiguar shocks externos, e instituciones fiscales que como mínimo aseguran la sostenibilidad de las finanzas públicas y en algunos casos contribuyen a suavizar los ciclos.

En todos estos países el poder ha cambiado de manos en los últimos 5 años sin amenazar estas instituciones. Esto es porque contrariamente a lo que indican los voceros de falsos trade-off, la estabilidad macroeconómica no tiene ideología y convive tanto con un Estado grande en Brasil, donde los ingresos fiscales alcanzan 37% del PIB, como con Estados chicos y de bajos ingresos fiscales en Perú (20,4%), México (22,4%) y Chile (22,9%).

En ninguno de estos países la estabilidad macroeconómica se alcanzó gracias a endeudamiento. En la mayoría de estos países la evolución del ratio de deuda pública a PIB ha sido declinante. Y para 2013, salvo en Brasil, donde ese ratio todavía se ubica cerca de 70%, en todos los países ha llegado a niveles menores al 47% de Argentina: México, 44%; Colombia, 32,3%; Perú, 18,6% y Chile, 12,9%.

La mayoría de estos países, ya en 2012, podía mostrar ratios de reservas internacionales a deuda externa mayores al entonces 35% de Argentina: Colombia, 46,8%; México, 47,1%; Brasil, 84,7% y Perú, 118%. Lo que es más, tras años de estabilidad han superado el “miedo a flotar” y cuando hay presiones de depreciación, no necesitan usar reservas para intervenir en el mercado cambiario y evitar que se espante la demanda de dinero. La presidente incluye algunos pronunciamientos correctos en su colección de falacias y medio verdades: en algunos casos las reservas no importan.

Todos estos países han convivido con inflación baja y de baja volatilidad. Salvo en Chile, donde el promedio de inflación de 2013 (1,7%) fue menor al rango meta del banco central (3% +/- 1%), todos los otros países tuvieron un promedio de inflación dentro de su respectivo rango meta: Brasil, 6,3%; Colombia, 2,2%; México, 3,6% y Perú, 2,8%. Salvo en Brasil, donde el rango meta consiste en una tolerancia de 2 puntos porcentuales hacia arriba y hacia abajo del objetivo de 4,5%, en todos los países el rango meta es de apenas un punto porcentual hacia arriba y hacia abajo del objetivo de 3% (Chile, Colombia y México) ó 2% (Perú). Cuando en Argentina decimos que la inflación se ubica aproximadamente entre 25% y 30%, el tamaño de nuestra imprecisión abarca y supera al rango de tolerancia entero de cualquiera de estos bancos centrales.

En ninguno de estos países la estabilidad macroeconómica comprometió el progreso social. La reducción de la pobreza en la última década fue común a toda la región, así como la reducción del desempleo (salvo en México donde es solamente 4,8%) a niveles de 5,8% en Brasil, 6,0% en Perú; 6,2% en Chile y 10,3% en Colombia –la única tasa mayor a la de 7,4% en Argentina. Y ni hablar de los avances en calidad educativa revelados en la publicación de PISA 2012, los cuales muestran el desplazamiento de Argentina de su tradicional lugar de vanguardia en la región –ahora los alumnos de Chile, México y Brasil obtienen mejores resultados en matemáticas y los de Chile, México, Brasil y Colombia obtienen mejores resultados en lectura.

Todos estos países siguen teniendo desafíos económicos por delante; en particular, aumentar su crecimiento potencial a través de un salto en su tasa de inversión y/o la tasa de crecimiento de su productividad. Pero al menos están parados sobre un sendero de crecimiento sostenible.

¿Por qué no estamos en la misma situación? En Argentina, al igual que en Venezuela, estamos viendo los resultados de una década de políticas de demanda orientadas a acelerar el crecimiento a corto plazo, en detrimento de su sostenibilidad.

Estas políticas han sido típicas de gobiernos populistas dispuestos a explotar la dificultad de los votantes de verificar si un resultado económico dado deriva de políticas del pasado, de políticas del presente o de factores externos. Y también su dificultad de prever que ciertas políticas con aparentemente buenos resultados en el presente (por ejemplo, seguridad social financiada con emisión) darán lugar a calamitosos resultados en el futuro (por ejemplo, inflación que creará oportunidades de renta fácil para pocos y barrerá las conquistas sociales de muchos).

Los gobiernos populistas, además, explotan la tendencia de muchos votantes a creer en teorías conspirativas que reafirman su Weltanschauung. La inflación, por ejemplo, es el resultado de la avaricia corporativa. El desmoronamiento de la infraestructura es culpa de inversores perezosos. El estancamiento refleja un fenómeno global o, peor, es un ataque directo de los capitalistas globales contra la soberanía de un país. En muchos votantes estas creencias (así como las opuestas, para ser justa) están testarudamente arraigadas. El filósofo afroamericano Thomas Sowell dice en “A Conflict of Visions" que “somos capaces de hacer cualquier cosa por nuestras visiones, excepto reflexionar sobre ellas”.

Pero aunque el populismo parece difícil de erradicar, dos factores podrían augurar su extinción.

Primero, después de varios años en el poder, los gobiernos populistas de nuestra región comienzan a enfrentarse a las consecuencias de “largo plazo” de sus propias políticas.

Segundo, estamos rodeados de países que sin populismo, sin luchas contra intereses especulativos, sin revolución, sin fuerza del amor, sin pecheras, sin dar la vida por nada, lograron similares o mejores resultados.

Los gobiernos populistas pueden prodigar cada día un nuevo ejemplo de su poder, pero compiten cada vez más con el poder de otros ejemplos. Mientras sus políticas insostenibles se vuelven cada vez más evidentemente fallidas, las políticas de sus vecinos se evidencian cada vez más exitosas. Excepto para los fanáticos, la retórica populista se hace entonces imposible de mantener. Y esto permite la esperanza del aprendizaje.

Fuente imagen: clarosenelbosque.com

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