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La democracia ante el acoso populista

Leandro Querido
Director Ejecutivo de Transparencia Electoral

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Vie, 17-03-2017
Pierre Rosanvallon se anticipó y en 2015 detectó un cambio en la forma que adquiere la democracia contemporánea. Notó que la relación representante-representado perdió fuerza y su lugar fue ocupado por el de la relación gobernante-gobernado. La personalización de la política fue de la mano de la emergencia e importancia del Poder Ejecutivo y de la función de gobernar. 

Dicho sintéticamente, se trataba del fenómeno conocido como la presidencialización de la democracia. Rosanvallon escribió su libro “El buen gobierno” cuando Donald Trump era un outsider de la política sin chance alguna de ser presidente de Estados Unidos y cuando el proceso populista todavía celebraba elecciones en Venezuela. Pero todo se precipitó. 

Hoy la democracia se encuentra arrinconada. El populismo le encontró la vuelta al sembrar falsas y simples dicotomías. Cuando no está en el poder desestabiliza a los gobiernos actuando como verdaderos partidos anti sistema. Cuando llegan al poder continúan machacando sobre la herida social que generaron al solo efecto de dominar o fortalecer la fase democrática de autorización, es decir, la que se nutre de una elección para actuar luego sin límite alguno, forzando la normativa y las instituciones para desplegar un verdadero proyecto autoritario que suprime derechos políticos. El ejemplo más acabado es la Venezuela de Nicolás Maduro. En este país la emergencia chavista impregnó a toda la región de un supuesto cambio democrático que devino en un proyecto autoritario que cuenta hoy día con cientos de presos políticos y en donde se han suprimido las elecciones hasta tanto el “gobierno las pueda ganar”. Las últimas encuestas le dan al gobierno de Maduro un rechazo popular que supera el 80%. Por su parte, la organización internacional Freedom House, en su último informe 2017, ha clasificado a este país como el segundo “no libre” del continente. Cuba es el otro. El país “ejemplo” de la región hoy devino en una dictadura cívico militar insoportable e inaceptable, un retroceso económico, social, cultural y político.

Es momento entonces de reflexionar acerca de lo que plantea el historiador francés para salir de esta encrucijada que afecta a muchos países de América pero que en realidad se trata de un fenómeno mundial. De qué manera podemos pasar de esa democracia de autorización que le abrió las puertas a proyectos iliberales y antidemocráticos para pasar a una democracia de ejercicio. El reclamo y las propuestas de la sociedad tienen que pasar por allí si lo que se busca es esa consolidación democrática que inevitablemente superará las “grietas” inventadas por los populismos autoritarios.

Ese gobierno debe comprender, en primer lugar, su carácter transitorio, no puede insinuar siquiera su deseo de eternidad. Las reelecciones indefinidas fueron mala palabra en este continente cuando muchos países recuperaron la democracia. En la etapa de transición el debate pasaba por cómo consolidar los sujetos políticos de una nueva democracia. Hoy ese clima de época parece ha cambiado. Daniel Ortega en Nicaragua decidió mimetizarse con Anastasio Somoza al consagrar recientemente la reelección indefinida, Rafael Correa impulsó y consagró la misma iniciativa, aunque correrá desde el próximo mandato. A Evo Morales no le gustó el resultado del referéndum sobre su reelección y ahora busca atajos para consagrarla. Este fenómeno no solo involucra ahora a los referentes del chavismo regional. En Paraguay Horacio Cartes quiere reelegir y asegura que su deseo está en “manos de Dios” y no en las normas que se lo impiden, en Honduras Juan Orlando Hernández del partido Nacional, que es un poco producto de la frustrada intentona reeleccionista de Manuel Zelaya, forzó a todo el sistema político para presentarse en las elecciones de este año nuevamente.

En segundo lugar, los gobiernos que asuman el compromiso por la democracia de ejercicio deben rendir cuentas permanentemente. Por el contrario, los gobiernos que abrigan la concepción de democracia de autoridad tienden a la larga a suprimir la voluntad general. En realidad, la absorben, la privatizan al transformarse ellos en único soberano autorizado a actuar.

Estos gobiernos democráticos modernos e innovadores deben mostrarse abiertos, hablar claro, no tener miedo a equivocarse y a reparar el error. Esos gobiernos no tienen un “destino manifiesto”, una verdad revelada. Son gobiernos que se centran en la gestión y en la rendición de cuentas. Resulta paradójico que los grandes relatos, altamente ideologizados, devengan en sus contrarios. Utopías que se vuelven distópicas. Ese “otro mundo posible” que proponía la izquierda latinoamericana devino en el estado de naturaleza venezolano en el que nadie quiere vivir, y al que conocen al detalle por más que no vivan allí los sectores populares de toda la región.

En la actualidad las sociedades se han complejizado y estas hacen llegar sus demandas y reclamos a estos gobiernos. Son demandas sensatas que requieren respuestas sensatas. Lo que advierte Rosanvallon es que la ciudadanía no quiere tanto imponer sus demandas a través de la democracia directa, tal como lo sostuvo la izquierda latinoamericana para luego llevar a cabo un proceso de sustitución de la soberanía popular, sino más bien lo que reclama es gobernantes que hagan su trabajo con competencia, dedicación y vocación por servir al interés común.

Mauricio Macri y Cambiemos en Argentina, Pedro Pablo Kuczynski en Perú parecen encuadrarse en esta última concepción. Se han mostrado receptivos a las demandas de una ciudadanía. El escenario político no es fácil. En Argentina, por ejemplo, una ex presidente acorralada por los procesos judiciales relacionados con la corrupción actúa como líder de un partido antisistema, que no busca votos sino más bien desestabilizar al gobierno. En Perú la situación no es más fácil. El presidente se encuentra ante una Asamblea en manos de la oposición con una impronta populista.

Habrá que ver qué resultados nos arrojan la segunda vuelta en Ecuador y las presidenciales en Chile de este año, aunque este último país se ha mostrado impermeable al populismo por ahora. Además, es determinante saber cómo se resuelve el año que viene la transición brasileña luego de la destitución de Dilma Rousseff. No obstante, esta puja entre populismo y democracia aún no tiene un resultado claro ni definitivo y esto genera tensiones agudas en los sistemas políticos de la región porque a las diferencias partidarias se le han sumado las diferencias entre concepciones políticas antagónicas.

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