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La década del monopolio político

Andrés Rosler
Profesor de Filosofía del Derecho

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Lun, 20-05-2013
El kirchnerismo tiene razón en sostener que la política es autónoma y conflictiva. El problema es que pretende aprovechar todas las ventajas de la reivindicación de la política - el conflicto en nombre del pueblo y los derechos humanos - sin sus desventajas: se trata de una lucha entre iguales.

Si hubiera que resumir en una palabra el credo kirchnerista sobre la política, esa palabra sería indudablemente “conflicto”. En las antípodas se encuentra el credo liberal, cuyos fieles creen que la política es básicamente consenso. De ahí que para el kirchnerismo el liberalismo sea la anti-política por excelencia. 

Esta negación liberal de la política admite a su vez tres grandes variantes. (1) Una moral o rawlsiana, según la cual la política es básicamente un sucedáneo de la ética, como si existiera una razón pública capaz de lograr el asentimiento de cualquiera que fuera razonable. (2) Otra, judicial o dworkiniana, cree que la política es esencialmente un desacuerdo jurídico resuelto por un tribunal. (3) La última, mercantil o neohobbesiana, entiende a la política como una negociación o intercambio que intenta alcanzar un punto de equilibrio de los intereses en disputa. El corolario en los tres casos es en el fondo el mismo: el liberalismo, en lugar de obtener un consenso genuino, impone hipócritamente cierto estado socio-económico de cosas injusto, confiriéndole una pátina de objetividad o neutralidad en términos del Estado de Derecho, de la Constitución o del Mercado—o una combinación de los tres—. 

Es por eso que el kirchnerismo, según algunos debido a la influencia de Carl Schmitt, se niega a entender a la política como la continuación de la ética, del derecho o de la economía por otros medios. De ahí no se sigue por supuesto que la política sea inmoral, ilegal o ineficiente. El punto es que, por ejemplo, si bien todos aceptamos que la libertad es un valor, que los tribunales deben resolver conflictos jurídicos y que la economía debe ser eficiente, eso no nos ayuda a resolver si las retenciones al campo son restricciones injustificadas de la libertad, si los tribunales tienen suficiente representatividad política para resolver desacuerdos constitucionales, o si la redistribución del ingreso es nociva para la economía. Lo que caracteriza al conflicto político entonces es que se trata de un enfrentamiento entre partes con argumentos igualmente atendibles, incluso partiendo de premisas compartidas, y muchas veces la búsqueda del consenso enmascara la defensa del status quo. Hasta aquí, el kirchnerismo tiene razón.

El kirchnerismo, al igual que Schmitt por supuesto, no se conforma con enfatizar el conflicto sino que tiene su propia versión del orden. En otras palabras, cree ser revolucionario pero está lejos de ser anarquista. Según el kirchnerismo la única solución genuinamente política del conflicto consiste en las decisiones tomadas por un líder elegido de manera democrático-plebiscitaria. Esta confianza K en las decisiones de su liderazgo explica por qué para un K la cuestión de quién gobierna es mucho más importante que el control a dicho gobierno. Dado que quien gobierna es el representante del pueblo soberano, no hay razones para desconfiar de dicho gobierno. En realidad, la persona que desconfía del representante del pueblo en el fondo duda del pueblo mismo y por lo tanto nos da razones para desconfiar de ella misma. ¿Existen acaso razones valederas para desconfiar del gobierno del pueblo? 

De ahí que el problema principal con la filosofía política K es que reivindica la política siempre y cuando provenga del Estado K. En efecto, si la sociedad civil marcha en contra del kirchnerismo eso no es considerado pueblo ni política en sentido estricto, sino una manipulación corporativa (si alguna vez el kichnerismo se llegara a encontrar en el papel de opositor, toda su Kulturkampf en aras del monopolio estatal de lo político se le volvería en su contra; de hecho, el macrismo ya le está administrando en Buenos Aires una generosa dosis de su propia medicina). 

Esta descalificación del enemigo es un rasgo constante del kirchnerismo, pero no así del pensamiento schmittiano, lo cual nos hace dudar de si los kirchneristas han leído correctamente a Schmitt (si es que lo han leído en absoluto). En efecto, la suposición según la cual nuestros enemigos son idiotas o perversos útiles para los intereses corporativos es muy extraña, ya que la otra cara de la autonomía de la política, tal como Schmitt insiste una y otra vez, es que la política es una lucha entre iguales. Incluso personas bien intencionadas y con información suficiente pueden enfrentarse políticamente. 

Creer que la política es una lucha del bien contra el mal, por el contrario, implica una asimetría tal entre los contrincantes que necesariamente moraliza y/o criminaliza el conflicto político en beneficio obviamente de quien dice ser el representante del bien. Y dado que el relato K no sólo invoca al pueblo como sujeto de la acción política sino que además su trama gira alrededor de los derechos humanos, todo aquel que se le enfrenta corre el riesgo de convertirse no sólo en un enemigo de la soberanía popular sino además de los derechos humanos, algo así como un Luis XVI redivivo (hablando de la nobleza, que siempre obliga, la identificación de un enemigo interno a los fines de lograr cohesión nacional no es ajena a la obra de Schmitt, pero sólo pertenece a su período nazi, el cual fue muy breve en comparación con la totalidad de su producción). 

Finalmente, cuando el kirchnerismo se encuentra en inferioridad de condiciones morales o legales (v.g. en relación al patrimonio de Lázaro Báez), o debe explicar sus alianzas con gobernadores cuasi-feudales (v.g. Insfrán o Alperovich), o experimenta más o menos rápidos cambios de humor político (sobre Clarín, YPF, Irán, el Papa, el dólar, etc.), no tiene empacho en abandonar su superioridad moral para ensuciarse en el lodo cotidiano de la política, justificando su acción en términos instrumentales debido a la infalibilidad de su liderazgo. El problema aquí no es sólo su oscilación entre los derechos humanos y la Realpolitik según mejor le convenga, sino que además no admite que sus adversarios políticos puedan hacer lo mismo. 

En resumen, el kirchnerismo tiene razón en sostener que la política es autónoma y conflictiva. El problema es que pretende aprovechar todas las ventajas de la reivindicación de la política (el conflicto en nombre del pueblo y los derechos humanos) sin sus desventajas (se trata de una lucha entre iguales). La conclusión parece ser inevitable: el kirchnerismo reivindica lo político sólo si le concedemos el monopolio de lo político. No hace falta leer a Schmitt para recordar que se suponía que esa actitud hipócrita era la liberal, no la de quienes reivindican el conflicto.  

Andrés Rosler se dedica a la filosofía política y del derecho. Es hincha de River y trabaja en el CONICET y en Filosofía y Letras en la UBA. Tiene publicadas obras sobre Aristóteles, Hobbes y Carl Schmitt. 

Fuente imagen: Clarín. 

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