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La década de la educación estéril

Mariano Narodowski
Profesor de Educación de UTDT

Miembro de Pansophia Project.

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Vie, 24-05-2013
En educación, el peronismo de los 2000 no se parece a ninguno de sus antecesores. Es difícil encontrar un vector serio de política educativa para el kirchnerismo, una estrategia. La esterilidad político-educativa no es gratuita y sus efectos han sido tan negativos como los de los 90, o incluso peores.

Suele  afirmarse que el primer peronismo, el que va de 1946 a 1955, tuvo una acción sostenida de intervención y adoctrinamiento en el sistema educativo. La razón de mi vida de Eva Peron como libro de lectura obligatorio y los textos escolares donde se enseñaba a leer con imágenes de Peron y Evita y se exaltaba la figura de ambos líderes y de la Argentina Justicialista, suelen ser ejemplo.

Sin embargo, la investigación histórica más seria ha matizado esa visión de un peronismo omnímodo que hacía y deshacía en las escuelas. Los trabajos de Rubén Cucuzza han mostrado una capacidad relativa del primer peronismo para entrarle al sistema educativo, sea por la tradición liberal que ostentaba, sea por la resistencia del gremio docente, un colectivo laboral tildado de antiperonista (aunque el sindicato docente oficial acompañaba al gobierno). Según Cucuzza, el peronismo de entonces se resignó a construir una suerte de sistema educativo paralelo con los actos de masas, las justas deportivas, las colonias infantiles para los más chicos, la Unión de Estudiantes Secundarios para los adolescentes y la Universidad Obrera (hoy Universidad Tecnológica Nacional) entre otras acciones.

Nosotros mismos hemos contribuido a demostrar en varios artículos que esa introducción doctrinaria basada en libros de textos debe ser matizada. Al analizar las respuestas de los docentes se observa que los maestros resisten fuertemente esos intentos disciplinadores usando diversas tácticas escolares y con malos resultados para el gobierno peronista.

El peronismo del 73-76 intentó (y en gran medida logró) penetrar el sistema educativo especialmente en los cambios de planes de estudios, de nuevas materias muy desafiantes para la época (como “Estudio de la Realidad Social Argentina”) e incentivando la población de textos escolares con versiones no-liberales de la vida política argentina. El problema de este período es que mientras los primeros meses del gobierno esas medidas adquirían un color revolucionario, tras la asunción del propio Perón y de Isabel Perón en la presidencia y especialmente tras la asunción del ministro peronista Oscar Ivaninssevich (lamentablemente, uno de los más importantes cuadros políticos que le diera el peronismo a la educación argentina, quien ya había sido ministro en la época anterior) el contenido de las medidas se encuadró en las ideas peronistas originales y en el clima represivo y de disciplinamiento social que continuaría –de modo más encarnizado y brutal- después del golpe de estado de 1976.

El peronismo del 89-99 tuvo una agenda de reforma educativa, muy a tono con las de otros países latinoamericanos. Si bien sancionó la Ley Federal de Educación no hizo énfasis en cuestiones legislativas y se abocó directamente a la reforma del sistema, con un consenso muy importante en vastos sectores sociales, sindicales, empresariales, religiosos. Como bien señaló Adriana Puiggrós “con algunas pocas excepciones, todo quedó dentro de la familia pedagógica argentina”. Sólo algunos sindicatos docentes, una parte de la oposición política muy poco escuchada y muy poquitos profesionales de la educación tuvieron (tuvimos) una crítica franca, aun con motivos diferentes, a la política educativa de este peronismo.

A diferencia de los anteriores, este peronismo no estaba interesado en ideologizar los contenidos escolares sino en “modernizarlos”, aggiornarlos, ajustarlos a las demandas del mundo postcomunista dominado por un discurso neoliberal centrado en conceptos que ingresan al debate argentino en esta época: “calidad”, “eficiencia”, “gerenciamiento”, “demanda”, etc. eso que con Gabriela Diker llamamos, en 1996, la Pedagogía Fashion. La lógica de esta reforma peronista fue cambiar de raíz el sistema educativo, su estructura, sus contenidos, su estética. A diferencia de otras reformas de la época, esta no fue directamente “pro mercado”  aunque con una cierta estética managerialista.

Por otro lado, este peronismo generó, probablemente muy a su pesar, un enorme debate en la opinión pública sobre temas educativos: se publicaron centenas de libros y artículos alrededor de la reforma, surgían programas de radio y TV sobre educación, aparecían revistas en el mercado para docentes y personas interesadas en el tema, los sindicatos docentes conformaban centros de investigación y capacitación para estar a la altura del debate, las universidades ofertaban –por primera vez en forma masiva- posgrados en educación, los docentes vivían haciendo cursos para no quedar al margen de la reforma (el lema parecía ser “capacitarse o perecer”) se concretaban congresos multitudinarios para debatir la reforma (organizados por los gobiernos, las universidades y los sindicatos) y el gobierno inundaba las calles con su marketing pro reforma.

No es este el lugar para evaluar los logros y dificultades de esta época: ya en el medio de ese frenesí he publicado un libro criticando muy fuertemente estas políticas. Sí se debe resaltar que el peronismo de los noventa fue el que más se le animó al sistema educativo, pretendiendo reformas de fondo muy superadoras de la vieja pasión doctrinaria que el peronismo ostentaba.

El kirchnerismo y la esterilidad educacional

El peronismo de los dos mil no se parece a ninguno de sus antecesores. En principio porque sus principales logros, según sus propios funcionarios, fueron leyes: un ámbito en el que el anterior peronismo nunca había actuado recurrentemente. Con amplia mayoría parlamentaria, en esta época se sancionaron innumerables leyes cuyo cumplimiento es muy relativo (como la de  180 días de clase) y de dudosa eficacia (como la de financiamiento educativo).

Segundo, a diferencia de todos los peronismos anteriores el de los dos mil tuvo el apoyo, si no del colectivo docente, de la totalidad de su dirigencia sindical, quienes adhirieron explícitamente al gobierno por primera vez en la historia argentina.

Ni las amplias mayorías parlamentarias ni el apoyo político de los sindicatos docentes contribuyeron a grandes reformas como en los 90, ni a la revisión doctrinaria de los 70 ni a la creación de un sistema educativo paralelo como en los 40. En realidad, es difícil encontrar  un vector serio de política educativa para el kirchnerismo, una estrategia.

Una vez desmontada una parte (ni siquiera la más importante) de la reforma de los 90 (por parte de muchos funcionarios que, paradojalmente, la habían implementado) como la estructura formal del sistema educativo y la épica managerialista de los 90s, el kirchnerismo educativo navegó en acciones muy publicitadas en los medios como la distribución de libros en estadios de fútbol y playas, el material escolar analizando el mundial 2006; el suplemento dominical que publicaron los grandes diarios argentinos (apenas dos años antes de que fueran acusados por el mismo gobierno por delitos de lesa humanidad) con ejercicios de matemática y lengua para resolver en familia o el canje de deuda por educación. Algunas medida fueron relevantes como el intento de mejoramiento de las escuelas técnicas, la construcción de escuelas y la distribución de netbooks en las secundaria.

Pero el peronismo de los dos mil, al contrario de sus predecesores, no tiene una agenda política educativa y su esterilidad teórica y ciertamente práctica es notoria. Incluso es descabellado afirmar que este peronismo pretende ser adoctrinador: la distribución de juegos como “El Nestornauta” en escuelas, la introducción de ciertos contenidos de materias en algunas provincias no constituyen más que esfuerzos por existir, por parte de los funcionarios. Y el intento, convengamos, no es serio como el del primer y el segundo peronismo.

Suponer que el cartel de “Presidencia de la Nación” en las netbooks que se entregan a los estudiantes es un acto de adoctrinamiento implica no solamente desconocer la historia que aquí hemos resumido sino también la realidad actual de los adolescentes y de las escuelas. El marketing impotente está muy lejos de ser adoctrinamiento. Si el adoctrinamiento está en la mente de los funcionarios no lo sabemos pero, hasta ahora, lo que se ha implementado parece estar muy lejos de eso. Muy lejos, solo por tomar un ejemplo actual, de las Misiones Educativas Bolivarianas en Venezuela.

La esterilidad político-educativa –obviamente- no es gratuita y sus efectos han sido tan negativos como los de los 90, o incluso peores. Por un lado un proceso de privatización de la educación post 2003 como nunca antes había vivido la Argentina. Por otro lado, indicadores educacionales que hablan, en palabras del sociólogo afín al gobierno Artemio Lopez, de un Apagón Educativo que se ha documentado fehacientemente y que ni siquiera está a la altura de la política social del propio gobierno. Los indicadores sociales de la educación apenas han mejorado en 10 años de peronismo de los dos mil.

Para colmo, a diferencia de otras épocas ahora la educación, nos guste o no, es medida internacionalmente y cada vez que aparecen los resultados de Argentina en las pruebas, la estrategia marketinera cruje y la esterilidad pedagógica se hace patente. Pero a diferencia de los 90, el debate educacional en la Argentina está aplanado: poco y nada en los medios, en la política, en la academia.

Un fantasma recorre la educación argentina: el fantasma de la resignación. Antes o después del 2015, se requerirá un amplio debate para decidir si la Argentina quiere salir de esta resignación efecto de la esterilidad o si queremos continuar con este esquema de creciente deterioro.

Fuente imagen: Descarnizados.blogspot.com y Anses

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