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Juan Molina, el último descamisado

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Vie, 18-10-2013
Siempre me llamó la atención la brecha entre la poética del primer peronismo y su auto comprensión sociológica. La primera apeló a una variedad de recursos para registrar las señas del hecho nuevo. La segunda se desvivió por fijarle un sentido definitivo. 

“El rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y, enseguida, su letra: ‘Yo te daré/ te daré, Patria hermosa, / te daré una cosa, / una cosa que empieza con P/ Perón.’ Y aquel ‘Perón’ resonaba periódicamente como un cañonazo.” Leopoldo Marechal, “Desde el Oeste un rumor.”

Esas líneas pertenecen a un género literario que difícilmente confundiríamos con una explicación de algún tipo reconocible o a cualquier forma del ensayo. Es, más bien, algo parecido a alguna forma de poética popular. Su intención deliberada no es explicarnos nada nuevo sino, antes bien, conmovernos. En esas líneas el autor trata de transmitirnos algunas de sus sensaciones y emociones más viscerales sobre el 17 de octubre, el hecho inaugural del peronismo.

“El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente desde sus fábricas y talleres. (…) Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fe.” Raúl Scalabrini Ortiz, “Emoción para ayudar a comprender.”

Scalabrini Ortiz, otro integrante del canon literario y ensayístico del primer peronismo, pero de orígenes culturales e ideológicos bien distintos a los de Leopoldo Marechal, escribió un texto breve de donde extrajimos ese fragmento.  Marechal o Scalabrini parecen poco sobresaltados por el hecho de admitir que las creencias de los sectores populares estaban en gran parte forjadas por la política conservadora y radical, pero también socialista, de las décadas anteriores.

¿De dónde vienen nuestras creencias? ¿Por qué elegimos creer en las cosas que creemos y no en otras? ¿Cuál es el estatus de esas creencias? Por mucho tiempo, tal vez por mucho más del que soy acabadamente consciente, he tendido a pensar que solemos ser portadores de ideas o creencias que en parte nunca han sido enteramente nuestras, es decir, que no nos pertenecen en un sentido acabado.

El hecho de que habitemos un mundo social de significados,  un mundo moral, que  nos trasciende no quiere decir que seamos completamente conscientes de ese aspecto de nuestra vida social. A veces no lo somos en absoluto. Ese aspecto suele ser opacado por las versiones canónicas del 17 de octubre; el peronismo ha tendido a presentar las jornadas inaugurales de su existencia política como un punto de ruptura absoluto e inconmensurable con el pasado. El discurso de los intelectuales peronistas ha procedido a enfatizar esa línea divisoria de un modo que nos resulta sorprendente a quienes hoy deseamos acercarnos a aquellos episodios cruciales de la vida del país.

Al hacerlo, los intelectuales peronistas han disfrutado del privilegio de presentarse como los portavoces excluyentes de una nueva verdad en un mundo de ideas que necesitaba ser fundado desde la nada. Con ese propósito, toda la tradición política anterior debía ser inscripta en una gran narrativa de la decadencia argentina.

Ese enfoque decadentista debería sernos familiar hoy que esas apelaciones vuelven a ser parte de cierta retórica política en el país. Como si se tratara de fanáticos del Nuevo Testamento, procedieron ignorando la existencia de un mundo de símbolos compartidos con el resto de las escrituras contenidas en los libros sagrados. Es decir, como si sus propias creencias no fueran parte de un mundo plural de creencias. Los evangelistas del primer peronismo solo podían ver ruptura y creación allí donde una mirada más larga y matizada estaba obligada a detectar las trazas de la continuidad junto al cambio. El conservador Jerónimo Remorino, los radicales  Jauretche y Alessandro, los laboristas Reyes y Gay o los socialistas Borlenghi y Bramuglia, fueron testigos de los lazos de continuidad entre aquella novedad y el pasado.

Esos dirigentes traían consigo unas creencias relacionadas con su experiencia política anterior, que solo al precio de un empobrecimiento de la cultura política, el peronismo podía negar. Hoy, con la ventaja que da la distancia, sería adecuado enfatizar esos lazos de continuidad entre el primer peronismo, con su legado plebeyo, y la tradición política anterior que muchos se apresuraron a dar por muerta.

Una parte significativa del peronismo contemporáneo ha hecho el esfuerzo de reconciliar aquella tradición política legada por el país del centenario con su propia innovación: creo que el peronismo renovador fue un esfuerzo en esa dirección.  Pero una parte igualmente importante del peronismo ha vivido y vive de presentar al peronismo como pura novedad; es del discurso de la revolución. Una revolución que Perón decretó finalizada hace tanto tiempo como años han pasado desde  1952.

La constatación de Perón de que su revolución (una designación exagerada para su política de redistribución del ingreso) era incompatible con la democracia ha estado en el meollo de la política argentina. Desde 1983, los argentinos empezaron a desandar un camino que buscó, con avances y retrocesos, reconciliar uno y otro sistema de creencias y parecían haberlo logrado con relativo éxito.

68 años después de aquellos episodios trascendentales para la política argentina y casi 30 años después de recuperada la democracia, el balance es menos despejado de lo que debería. La propia existencia de una democracia pluralista exige que la política sea un genuino mundo de discusión y debate, pero también un mecanismo de reconciliación y unidad en la comunidad política.

El peronismo, que aportó una novedad como canal de expresión en la vida política de varios aspectos del mundo popular, no logró plasmar una organización política que reemplazara a la democracia constitucional de tipo pluralista, habiéndolo intentado una y otra vez.

Es curioso que ello ocurra de ese modo: el mejor argumento que conozco a favor de los que pusieron “las patas en la fuente” es que las puertas de la democracia estaban clausuradas para ellos. Así visto, no tendría mayor sentido que el propósito de semejante esfuerzo fuera cerrar, en lugar de abrir, las compuertas a la participación y a la deliberación.

Uno de los protagonistas de aquellos días (el segundo hombre de traje oscuro desde la izquierda en la foto que acompaña esta nota) confesaba antes de morir un 10 de julio del 2010 a la edad de 82: “estuve en la plaza aquel 17, sigo siendo peronista.” Juan Molina, a quien tuve la suerte de conocer, era un dirigente del sindicato de la sanidad y un activo militante del Partido Justicialista de la zona oeste de la provincia de Buenos Aires.

En aquella curiosa entrevista que ahora tengo en mis manos, Juan Molina hacía una confesión reveladora y desbordante de perplejidad

"Busco a alguien que no guarde odios ni rencores, que tenga vocación de servicio y piense en un futuro de grandeza para el país. Alguien que se incline por el amor y la solidaridad. En fin…todavía no lo encontré.”

La política, más que postularse como una custodia celosa de ortodoxias asfixiantes, debería ser un medio para que las tradiciones puedan ser recreadas una y otra vez y, en ese proceso, ella misma vuelva a ser la posibilidad de disponer de opciones genuinas.

Lo que Juan Molina reclamaba en aquellas palabras sencillas, era el derecho a mantener abierta aquella tradición—y para el caso, cualquier otra—en la medida en que ella sea capaz de hablar, de diversas maneras, acerca de los distintos rostros del futuro.

Imagen fuente: Claudio Iglesias

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