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Inundaciones (otra vez)

Santiago del Solar
Productor agropecuario y directivo CREA

Ingeniero Agrónomo UBA

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Jue, 19-01-2017
Diluvios descontrolados se llevaron en pocos días las ilusiones de muchos productores, contratistas rurales y pueblos del interior. El estado tiene mucho para hacer, no solo en lo concerniente a infraestructura, sino a adecuar sistemas impositivos y crediticios que contemplen la actividad agrícola–ganadera que desde tiempos bíblicos tiene altos y bajos que a veces son extremos. No existe “renta extraordinaria” en una actividad donde los 7 años de vacas gordas son precedidos de 7 años de vacas flacas.

No hay época del año en la cual la producción del campo sea indiferente a un evento climático de la magnitud al sufrido a fines de diciembre 2016 y principios de enero de 2017. 

Diluvios descontrolados, totalmente alejados de la media pluviométrica ocurridos en las provincias de Santa Fe, Buenos Aires ( Norte ) Entre Ríos y Córdoba se llevaron en pocos días las ilusiones de muchos productores, contratistas rurales y pueblos del interior que aliviados habían comenzado un 2016 con esperanzas y confianza en las nuevas políticas Agro implementadas por el presidente Macri.

Un nuevo impulso inversor rural con aumentos del 50 % de venta de fertilizantes, 40 % de aumento de producción de trigo y aumento stock ganadero, ya mostraban un envión centrífugo desde el interior hacia las ciudades.

El cultivo de soja, los tambos, el maíz (que aumentó un 25 % el área siembra nacional en relación al año anterior), todos en mayor o menor medida sufrieron el impacto en las zonas mencionadas. Frenando así de golpe el impulso inversor al menos hasta que se disipen los efectos de “La bomba” de agua que cayó en menos de un mes. Es importante destacar que costará bastante más tiempo poder remontar económica y socialmente tanto a los productores como a las localidades del interior afectadas.

Las estadísticas y datos que intentan pintar la realidad son impotentes a la hora de describir la situación en los días que sucedieron los eventos y sus consecuencias. No existe tal cosa como el “Promedio” de afectación de los cultivos, cuando la cantidad de chacras y chacareros, contratistas y todos los que trabajan en zonas rurales, pueblos y ciudades ven como su situación particular no encaja en los números fríos de la estadística. Números que prolijamente serán archivados una vez que bajen las aguas.

Las imágenes que se virilizaban tanto en los medios de comunicación social, grupos de watsapp y redes sociales ilustraban mejor los problemas más agudos.

Es humano que ante tamaña circunstancia se busque algún responsable, alguien a quien cargar las culpas , o encontrar alguna manera simple y de ser posible que quepa en 140 caracteres para explicar que pasó. Pero la respuesta a lo que sucedió es por demás intrincada. 

Resulta en este caso lo más prudente es enumerar algunas de las cuestiones que inciden para que estos eventos sucedan. Y sin lugar a dudas, y también es natural, que cada cual intente desde su punto de vista dar más o menos importancia a cada uno de los factores que causan el problema. 

Cierto es que hubo inundaciones de magnitudes similares en años anteriores. También es cierto que la mayoría de las zonas productivas cuentan solamente con registros pluviométricos desde fines del siglo XIX, lo cual hace que las series estadísticas sean escasas.

También el relieve de las zonas pampeanas con pendientes sumamente suaves hacia el este, hace que el escurrimiento sea naturalmente lento agravando el problema.

Florentino Ameghino en su libro “Las secas y las inundaciones en la provincia de Buenos Aires” (1884 ) remarcaba estos procesos cíclicos para los cuales ya en su momento promovía obras para atenuar los efectos.

En relación a las inversiones necesarias ya sean viales e hídricas, claro está que no se han hecho, y la magnitud de estos eventos se exacerba más cuando las producciones agro innovadoras del siglo XXI se topan con caminos y canales del siglo XIX y principios del XX. El contraste es inevitable. 

Por otro lado, el consenso de la comunidad científica internacional, es que el cambio climático es un hecho, y también se coincide que estos cambios son producto de la actividad antrópica, donde lógicamente la agricultura moderna es parte. Asimismo este cambio se manifiesta impiadosamente al exacerbar los fenómenos extremos. Este año podíamos ver incendios en el sur de la provincia de Bs As y La Pampa, mientras al norte de las mismas provincias los excesos hídricos hacían estragos.

La huella y el impacto del hombre está a la vista.

¿Pero cómo hacer para satisfacer la necesidad de bienes y servicios de los actuales 7400 millones de personas y los 9600 millones que seremos en el 2050 en el planeta con el menor impacto ambiental? ¡Sin lugar a dudas esa es la pregunta de los 9600 millones!

De todas maneras, los compromisos del milenio de la ONU contemplan políticas que tienen en cuenta el Desarrollo sostenible de todas las actividades. Hay países que ya han demostrado poder aumentar su Producto bruto disminuyendo el impacto ambiental. Argentina está mejorando, y la conciencia que no hay desarrollo sin equilibrar lo ambiental, con lo económico y lo social está cada vez más presente. 

El estado tiene también mucho para hacer, no solo en lo concerniente a infraestructura, sino a adecuar sistemas impositivos y crediticios que contemplen la actividad agrícola – ganadera que desde tiempos bíblicos tiene altos y bajos que a veces son extremos. Por lo tanto, no existe “renta extraordinaria” en una actividad donde los 7 años de vacas gordas son precedidos de 7 años de vacas flacas indefectiblemente. 

Las tecnologías agro están en un proceso de mejora continua, lo cual quiere decir que siempre hay margen para mejorar y expandir a todos los productores las prácticas de menor impacto en el ambiente alineadas también con una mayor productividad. 

En CREA trabajamos desde 1957 buscando divulgar las tecnologías y buscar soluciones adecuadas a cada situación, trabajando en grupos, compartiendo experiencias en el campo. Siempre con el concepto de desarrollo sostenible en mente.

Sabemos que vamos a tener que producir más alimentos con menos superficie. La población crece y las áreas cultivables disminuyen. Datos de la UN nos muestran como en 1950 había 0,52 ha de tierra cultivable por cada habitante del planeta, en el 2000 ya eran 0,25 hectáreas por habitante y en 2050 serán solo 0,16 hectáreas cultivables por habitante. La productividad va a ser la llave para alimentar al mundo. Comprender esto seguramente nos va ayudar a priorizar las políticas que apunten a mitigar fenómenos como los que acontecieron y seguramente volverán a acontecer.

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