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¿Hubo una derrota del peronismo en las últimas elecciones?

Carlos Daniel Lasa
Profesor de Filosofía en la U.N.V.M.

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Mar, 14-11-2017
Más allá del resultado electoral, la concepción de la política que Perón legó al Partido Justicialista está tan enraizada en el ser nacional que es discutible la idea de una derrota; según el autor, para que ello ocurra falta todavía un largo trecho.

La afirmación de que en las últimas elecciones el peronismo sufrió una de las peores derrotas de su historia supone la identificación del peronismo con una determinada fuerza política, sea la representada por el PJ, sea la representada por el kirchnerismo.

Sin embargo, si se considerase, como quien suscribe, que el peronismo representa una concepción global de la realidad enraizada en una concepción religiosa de lo divino inmanente, que ha generado un tipo antropológico que pareciera identificarse con el argentino sin más, no nos sería dado hablar en estos términos. En este sentido, resultará muy difícil vencer una posición que ha engendrado, a lo largo de más de 70 años, un peculiar modo de ser que, entre otras cosas, no es precisamente un amante de la República.

Perón tenía una concepción evolutiva de la historia. Para Perón, la historia era el escenario de una progresiva marcha de la humanidad hacia formas cada vez más perfeccionadas1. El líder del movimiento, en este pensamiento, se unge como tal cuando es capaz de sintonizar, en determinado momento histórico, con esta orientación. Su fe, su unión (religio) con esa lógica que gobierna los hechos históricos lo convierte, ipso facto, en líder. Su pensar y su querer devienen, entonces, universales. La individualidad da paso a la universalidad.

Del seguimiento o no de la voluntad del líder se siguen, para el peronismo, dos tipos de argentinos: los de buena voluntad y los de mala voluntad. Tanto unos como otros se determinan en virtud de la relación que mantengan con la voluntad del líder. Quienes la contrarían poseen una voluntad egoísta, anti-popular, siendo incapaces de hacerse universales; los que la siguen son aquellos que pueden acoger en su querer el querer del todo y, por eso, devienen en buenos.

Estas dos voluntades antagónicas, por su parte, son las que dan lugar a dos formas de ciudadanos: los hombres nacionales que pliegan su querer a la voluntad universal, y la de los cipayos, vende-patrias, anti-nacionales, que prefieren su propio querer. De allí que el peronismo no sea clasista: un argentino de buena voluntad puede ser tanto un rico como un pobre; lo propio sucede con el argentino de mala voluntad.

Esta dialéctica opositiva no puede sino generar enfrentamiento, lucha, la cual es interna al mismo país y se mantiene viva mientras las voluntades réprobas no adhieran a la voluntad del líder. La patria, en consecuencia, habrá alcanzado su salvación cuando en cada ciudadano exista un mismo pensar, un mismo querer y un mismo sentir. Esta voluntad unívoca no puede aceptar la existencia de tres voluntades diversas, como sucede en una República. Desde esta óptica puede comprenderse el permanente esfuerzo del Poder Ejecutivo en orden a plegar la voluntad tanto del Parlamento como de la Justicia a su querer.

Es dado advertir, asimismo, que esta visión de la realidad engendra una determinada praxis ético-política que determina un peculiar modo de ser humano. Para la concepción que venimos describiendo, el espíritu humano no configura la historia por cuanto carece de todo principio verdadero que pueda hacerlo. Las ideas de los hombres no pueden ser más que la expresión de la marcha de la historia en un determinado momento, al modo de un reflejo, que en cuanto producto de un sol esencialmente cambiante (la razón evolutiva que marca los momentos históricos), también estará sometido a un constante devenir. De allí que toda idea, mero reflejo de ese devenir, sea concebida como una herramienta apta para posicionarse, lo más ventajosamente posible, en determinada coyuntura histórica. Un activismo sin valores es el resultado de esta doctrina cuya manifestación ética es el oportunismo más desembozado2. Uno de sus maestros, Benito Mussolini, lo había expresado sin ambages: “Nosotros no creemos en los programas dogmáticos… Nosotros nos permitimos el lujo de ser aristócratas y demócratas, conservadores y progresistas, reaccionarios y revolucionarios, legalistas y no legalistas, según las circunstancias de tiempo, de lugar, de ambiente”3.

La lógica descripta, a nuestro juicio, no sólo le cabe al hombre del partido justicialista, sino que ha avanzado de tal modo que ha alcanzado al alma misma del hombre argentino. Consideramos que queda un larguísimo trecho, si es que se produjese un verdadero cambio cultural, para derrotar al peronismo.

Para comenzar, sería menester ocuparse de desentrañar la verdadera naturaleza del peronismo con la finalidad de auto-conocernos y, de esta manera, permitir el alumbramiento de un nuevo argentino respetuoso de la verdad, de la justicia y de la ley.

 

NOTAS

 

  1. Cfr. Conferencia del Excmo. Señor Presidente de la Nación, General Juan D. Perón. En Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía, Mendoza, marzo 30 – abril 9, 1949, tomo I, p. 150.
  2. Cfr. al respecto nuestro libro Juan Domingo Perón: el demiurgo del praxismo en Argentina, Bs. As., Dunken, 2012.
  3. Benito Mussolini, Scritti e discorsi, Milano, Hoelpi, 1934, vol. II, p. 153.

 

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